MI PRIMERA FILOSOFACIÓN VENTANERA.

LA FOTOGRAFÍA TOTAL Y EL FOTÓGRAFO IDEN


Puesto ya en acción, y con la ventana abierta a todo aquel que quiera ver a su través lo que hay al otro lado de la misma, mi primera filosofación va a ser, ¡cómo no!, acerca de la fotografía como experimento, como diversión, y como medio de logar satisfacciones varias.

Claro que, lo de “satisfacciones” siempre hay que matizarlo, porque bien sé que muchos que se adentraron en el cuarto oscuro esperando esas satisfacciones, creyendo que “la discoteca” de la fotografía era cosa de poca monta, y que a los cuatro días se podía dominar a la luz como si fuera un potro joven, se hallaron con aquello de que lo de “joven” para la luz, es sólo la apariencia externa, ya que no se arruga por nada, pero ¡anda que no es vieja, ni nada, anda!...(Y ya que hablamos sobre esto, los sabios de la cosa de la luz, los científicos más escientes y aplicados han llegado a la conclusión de que la luz, al igual que el Universo, tiene al menos unos 15.000 millones de años de sabiduría andante. ¡Pues ya tiene que saber, cosas, ya, teniendo todos esos años! ¿Cómo se arregla para seguir tan joven, tan alegre y tan jovial, cuando debiera estar “acarcamalada” de vieja que es? ¡Ya quisieran saber su secreto todas aquellas personas que, como ella, (la luz), también llevan el artículo “la”, o “las”, genéricamente, delante de su nombre común!)

Pero volvamos al cuarto oscuro para seguir con nuestras disquisiciones y empezar la filosofación en plan serio y formal: La fotografía, como todos sabemos, no es simplemente apretar el botón disparador de un cámara fotográfica que tenga un objetivo de poco o mucho precio (digo esto porque, para muchos, si el objetivo no cuesta más que un riñón, la fotografía es siempre mala), sino que luego hay que realizar la imagen positiva sobre el soporte adecuado, que generalmente es de papel. En la fotografía de color, salvo excepciones, esto lo venía haciendo el laboratorio comercial del pueblo, para los fotógrafos desinteresados, pero que los fotógrafos de gran nivel las enviaban a positivar a la capital, no ya de la provincia, sino de la Nación, que da mucha más categoría. (Y resulta que, a veces, esto puede acabar por ser cierto) En la fotografía de blanco y negro, normalmente, el propio fotógrafo se ocupaba de la labor de hacer la toma con su cámara, revelar su carrete y luego positivar él mismo sus propios negativos (y los ajenos, según conveniencias), y como consecuencia se solía ganar una cierta consideración entre sus vecinos, amigos y familiares. A este fotógrafo, que lo hace todo él, lo podemos considerar como “fotógrafo total”, aunque, realmente, no necesita ser adjetivado, en absoluto.

De todas formas, hay muchos fotógrafos que, aunque son llamados así, (fotógrafos), de hecho su labor de fotógrafos es algo solamente parcial, totalmente fraccionario, y dividido en su concepto de totalidad, porque la fotografía debería ser así como algo totalmente integral por concepto y teoría; al menos en lo de hacer todo el proceso cada uno. En este caso, el fotógrafo “parcial”, el que se queda en sólo “disparar”, es decir, en la simpleza de sólo “mover el dedo” nada más, en realidad es un mero “cazador de imágenes”, que puede ser muy bueno como tal, pero que como fotógrafo deja mucho, pero mucho, que desear. Realmente no es otra cosa que un “pseudo” fotógrafo.

Porque no se puede considerar fotógrafo, técnicamente, y aún con mayor razón moralmente, a uno que sólo dispara para cazar imágenes y no hace nada más para presentar esa misma imagen que ha cazado, teniendo que hacer la valoración final de la imagen y su presentación visual, un tercero. Podríamos poner un símil con un cazador de liebres, (o para darle más categoría, a un cazador de ciervos) que, por ser el que consigue al bicho, disparando su escopeta, se arroga el derecho de llamarse cocinero sin saber ni siquiera de qué va la cocina, excepto la teoría que oye de sus amigos, (cocineros ellos), o que saca de los libros para tener medio de conversación cuando está de comilona con éstos en la mesa… Está claro que en fotografía pasa exactamente lo mismo; y hay más “cocineros” pseudo, que cocineros reales; y por encima, “saben” siempre más de cocina, guisos y estofados, entre otras cosas, los “pseudo” que los reales, y por ello son también los que más hablan de lo que no conocen como si realmente conocieran. Pero… ¿quien se atreve a decirles que no son cocineros, sino simples cazadores? ¡Cualquiera se expone a enfrentarse a sus iras, y, por encima, hacer que el “pseudo” ya no vaya a por el bicho al monte para nosotros, y que lo haga luego para otros… ¡Pues… ¡que siga la fiesta, oye!

Y ya nos hemos salido del cuarto oscuro con esto de los “cocineros” y los simples “cazadores”. Con todo, hay que reconocer que la caza es un arte, y que tanto el cazador de bichos como el cazador de imágenes tienen, categóricamente, su merito y su extraordinaria y singular capacidad para esa labor artística, cuando va más allá de una mera practica de rutina. Pero, no hay que confundir el “gatillo” con la “cocina”. El cocinero no tiene por que ser cazador, igual que el cazador no tiene porque ser cocinero; pero el que quiera ser llamado “cazador-cocinero” con propiedad, tendrá que hacer las dos cosas, sino estará “jurando” en falso. Y con el fotógrafo, pasará exactamente igual: El cazador de imágenes no tiene por qué conocer el laboratorio en absoluto, para serlo, como tampoco el laborista fotográfico tiene por qué ser cazador de imágenes para ser laborista fotográfico. Pero si ambos quieren ser llamados fotógrafos, con propiedad y con decencia, tendrán que saber hacer las dos cosas, como está mandado, aunque se les permita serlo, sin serlo realmente, en esta nuestra sociedad actual tan complaciente.

Y como decía al principio del párrafo anterior, ya nos hemos salido del cuarto oscuro con nuestras filosofaciones acerca de fotógrafos, cazadores y cocineros. Retornemos pues, a la “discoteca”:

Pues bien: La fotografía no es fácil, no; sobre todo cuando se quiere hacer una buena labor y presentar imágenes de gran impacto emotivo, bien elaboradas técnicamente y con sus valores de luz y sombra bien distribuidos y dotar de atmosfera llena y envolvente al todo que representa la escena. El negativo puede ser una maravilla de estética, y puede contener la mejor gama tonal habida nunca y poseer los mejores matices de luces y sombras y el mejor claroscuro distribuido y otras muchas virtudes, como una relación optima de densidades y contrastes, definición extrema ¡y qué se yo cuantas cosas más!...Pero todo eso tiene que caber en un papel fotográfico (por lo cual hay que saber escoger el papel adecuado) y además hay que “darle la vuelta” a todos esos valores que tiene invertidos el negativo, y hacerlos caer justamente en su sitio, y que no pierdan su preciosidad de escalonamiento gradacional, conservando los más leves y delicados matices, y a la vez llenar de atmosfera adecuada al motivo, en la copia…¡Y puedo asegurarle al amigo lector que no sea fotógrafo (porque si no es fotógrafo no tiene por qué saber esto), que tal labor es hartamente difícil, fatigosa, y a veces, desesperante!

Y me maravilla el que haya tantos que se inicien en el cuarto oscuro fotográfico en un curso de Ayuntamiento o Agrupación, y, a los cuatro días, se conviertan en sabios gurús que se atreven a discutir de todo lo que es la fotografía, sin tener rodaje suficiente como para realmente saber algo de algo; y lo peor es que pueden hablar como diputados (con perdón) pero no pueden mostrar sus copias porque son tan malas que entonces ya sabríamos lo que realmente saben y son, en este terreno Y es que la cosa fotográfica es muy, muy complicada en sus interioridades, pero los ignorantes que llegan a la cosa, al ver que se puede conseguir con cierta facilidad hacer copias vulgares como se hacen churros, ya se creen con todos los derechos de saberlo todo por el simple hecho de ser ellos mismos, y no otros… Y es que la ignorancia, además de arrogante, es atrevida, osada, y vanagloriosa. Porque, ¿quién se atreve a enfrentarse a un ignorante? ¿Perder el tiempo y por encima acabar sucumbiendo a la ira, al desaire y al desprecio? ¡No, hombre, no; que siga la cosa! ¡Y así nos va, claro!

Un buen Fotógrafo, (con mayúscula), que se pueda considerar así viendo su obra por la calidad técnica y estética de sus fotografías y su nivel de producción, no se hace por si solo (e incluso con ayuda, muchas veces) en menos de cinco-diez años, dependiendo del tiempo que se le dedique a la “discoteca”. Muy pocos se habrán “hecho” en menos tiempo. Pero conocer los intríngulis de todo lo que significa realmente la fotografía, sus interioridades más íntimas, sus reacciones, sus alternativas, su física y su química, eso ya es otro cantar. Eso ya es otro mundo, que, aun estando lejos del mundo de la simple o complicada imagen externa, sigue formando parte íntegra de la misma desde el nivel atómico o molecular y es completamente inseparable e indivisible de todo lo que el observador externo puede percibir. Pero es más: Muchos cambios externos, que pueden afectar grandemente a la estética de presentación visual, y lo que es más importante, a su conservación al tiempo, dependen siempre de ese poder interno que posee toda emulsión fotográfica para cambiar externamente si se sabe como manipular ese interior tan privadamente singular e intrínseco…

Siempre he dicho que un buen fotógrafo es una persona que ha sido capaz de archivar en su cabeza multitud de alternativas para positivar un negativo, a base de haber positivado muchos anteriormente y de emplear mucho tiempo en buscar maneras de combinar adecuadamente tipos de papeles, de reveladores; tiempos de exposición, diluciones, viradores, máscaras, viñetas, y usar posiblemente toda una serie de artilugios para apantallar zonas de imagen mientras queda con las manos libres para apantallar otras distintas, etc.

Toda esta memorización de métodos personales de aplicación de medidas correctoras, la búsqueda de solucionar problemas que surgen sobre la marcha, y muchas otras alternativas que se barajan a la hora de un positivado particular para salir del paso, una vez efectuadas todas las medidas y habiendo salvado la dificultad, quedan todas estas experiencias como archivos mentales para próximas aplicaciones en casos similares. Porque, negativos buenos, siempre hay una multitud de ellos, pero de negativos malos y difíciles, no hace falta decir que se prodigan, con respecto a los buenos, de forma exponencial….

¿Cómo es pues, un buen fotógrafo? (Que no un fotógrafo bueno) ¿Cómo se debería juzgar al Fotógrafo, (con mayúscula), del simple “fotógrafo” cazador de imágenes, o “pseudo”?

Bueno, la respuesta se halla escrita de manera implícita en la propia historia: Cuando se descubrió la sensibilidad de las sales de plata a la luz y sus propiedades de formar imagen, y al tiempo de que en 1839, según parece, el científico y astrónomo inglés Sir John Fréderick William Herschel le diera ese nombre tan peculiar a aquello de que se trataba de “escribir con luz”, no había investigador de la cosa que no tuviera que hacer, él mismo, todas las operaciones pertinentes a la preparación de la emulsión, la exposición, el revelado, el fijado y todo el inmenso etcétera de cosas que la cosa ésta de la fotografía requiere, aunque todavía entonces no se usara el nombre de “fotografía” para describirla. Por ejemplo, Fox Talbot, el descubridor del método negativo positivo, la llamó “dibujo fotogénico” en sus inicios, pero el nombre definitivo como fotografía se lo concedió el astrónomo Herschel.

Y por eso, por que en ese momento histórico en el que se le “colocó” el nombre genérico a la cosa, no había ningún experimentador que sólo le diera al disparador (que hasta ni eso había entonces, pues todo era quitar y poner un tapón después de un cálculo de tiempo dado) sino que todos, (¡TODOS!), tenían que hacerlo todo desde principio a fin, (es decir, desde preparar la emulsión hasta hacer la copia fijarla, etc.), es precisamente por eso, repito, que el nombre de fotógrafo, de “escribidor” con luz, sólo puede ser aplicado, con total propiedad, al fotógrafo actual que también lo hace todo de principio a fin; es decir, al “fotógrafo total” (Ya dije que a éste no hace falta adjetivarlo, pero es por si hay alguno duro de mollera)

Y esto de hacerlo todo el propio interesado en la cosa, duró luego un montón de años en la historia, hasta 1888, en que comenzó la “era industrial” de la fotografía cuando Kodak comenzó a manufacturar rollos de película de 100 fotos circulares con cámara incorporada que incluía el revelado y las copias, y vuelta a cargar la cámara en la fábrica, y de nuevo vuelta a lo mismo cada vez, en donde el fotógrafo “Kodak’ero” ya sólo era un simple y rudo (de aquella) cazador de imágenes que luego se fue sofisticando y también volviéndose menos rudo a medida que se sofisticaba el equipo e iban apareciendo laboratorios comerciales de alta producción automática…

Si en el momento histórico en que se le puso el nombre de fotografía al método, y el de fotógrafo al que manejaba el cotarro ese de la fotografía, hubiera unos que preparaban el asunto de las emulsiones y otros los que disparaban, y aun unos terceros que hicieran las copias, en ese caso el nombre genérico de fotógrafo sería correcto para cualquiera de las categorías de usuarios de la cosa. ¡Pero no!: No había entonces más que seres humanos que se lo hacían todo en este terreno. Y repetimos que se tenían que preparar la emulsión (la que fuere), luego incluso recubrir el soporte, luego exponer a la luz del sol, más tarde revelar, y, finalmente, (excepto con el daguerrotipo), realizar también el proceso de copiado, una vez que se descubrió el increíble fenómeno de la dualidad negativo-positivo…

Así que, en tiempos actuales, un medio fotógrafo (el que sólo “dispara”) no puede existir, si partimos de la base histórica de la cosa. Tampoco puede existir un medio-medio fotógrafo (que podría serlo, si queremos ser justos, el ayudante que carga las cámaras a ciertos “fotógrafos” famosos y que realmente seria un cuarto de fotógrafo, que es lo que significa medio-medio fotógrafo), ni tampoco podría serlo un laborista que sólo sepa hacer copias, por muy bien que lo haga, pues éste también sería un medio fotógrafo, sólo que por el “otro lado” de la cosa…

Claro que, leyendo esto habrá quien se encabrite, se enfade, se revuelva en sus entrañas más compulsivas y se exacerben sus irascibilidades mentales, se le calientes los parietales, los frontales y los occipitales, y se le inyecten los ojos de sangre enardecida y furibunda…pero ¡que le vamos a hacer!: La historia es la historia, y si alguien no está de acuerdo con la historia, ¡que se querelle con ella! ¡A mí que me cuentan!: Los datos están ahí, y yo sólo los manejo, pero no los manipulo. (Que aunque las dos palabras pueden decir lo mismo, el contexto les otorga distintos significados. Porque, el texto y el contexto, aclaran por lo que apuesto)

Con todo, quede claro también que el cazador de imágenes, aunque es sólo “medio fotógrafo”, la vulgaridad del pueblo y la “comercialidad” de las empresas, les dan carta de certificado a los medio fotógrafos como para poder presentarse en sociedad como “fotógrafos enteros”. Claro que, esto, lo de fotógrafos “enteros”, puede llevar un doble sentido en ciertos casos, ya que un fotógrafo real no necesita de aclaraciones profesionales; y dado que hay mucho “retranquista” por ahí suelto, a ningún cazador de imágenes, aunque le permitan llamarse fotógrafo en la sociedad actual, le gusta que lo califiquen con eso de fotógrafo “entero”, y se conforman, aun siendo medio fotógrafos con respecto a la cosa histórica, que los titulen en la actualidad como “fotógrafos de cámara”, simplemente… (Que no significa lo mismo que músico de cámara, se entiende)

Pero, curiosamente, al laborista profesional, al copiador, al positivador que también lo hace para terceros, aunque realmente sea fotógrafo en toda la acepción histórica de la palabra, si es más conocido por positivar, que por hacer imagen con la cámara (aunque haga las dos cosas), entonces no se le llama fotógrafo, sino “positivador”. ¿Por qué esta tremenda diferencia de criterios entre el simple cazador de imágenes y el positivador simplemente? Porque, aunque el positivador no sea usuario de la cámara sino llanamente un positivador, nada más, históricamente habría que calificarlo igual de “medio fotógrafo”. ¿Por qué, pues, no se hace, si el positivador tiene exactamente el mismo derecho que el cazador de imágenes a ser calificado de fotógrafo por la sociedad actual?

Porque, si el cazador sólo hace la imagen por el disparo de la cámara, que es la mitad del proceso total, el positivador resuelve el presentar la imagen sobre el soporte adecuado, que es igualmente, la otra mitad del proceso total. ¿No son, en definitiva, los dos, “medio fotógrafos”? ¡Pues si! Entonces, ¿por qué la sociedad actual considera como fotógrafo al que hace la primera mitad del proceso, y al que hace la segunda mitad, la más importante, (porque es la que se ha de contemplar), le llaman positivador, a secas, en vez de fotógrafo? ¡No lo entiendo! ¿Hay “claras” intenciones de favorecer al primero por andar a plena luz, y hay “oscuras” intenciones en desfavorecer al segundo por hacer siempre su labor en el cuarto oscuro, en la “discoteca” de la fotografía? ¿Es más importante la luz clara del día, que la luz “oscura” de la cueva-laboratorio. ¿Habría fotografía sin la primera? ¡NO!. ¿Habría fotografía sin la segunda? ¡TAMPOCO! ¿Entonces qué? ¡Sigo sin entenderlo!…

Pues bien, después de hablar de todo esto que ya se ha expuesto, es difícil hacerse entender en este mundo moderno de la fotografía porque hay conceptos fotográficos que no puede conocer el simple cazador de imágenes por muy “fotógrafo” que se sienta, y hay también otros conceptos que tampoco los puede entender un simple positivador si él no realiza la primera parte del proceso y revela sus propios negativos. Las lecciones emocionales e intelectuales que para el perfecto entendimiento de la fotografía ofrece el revelar los negativos, y por otro lado el positivar y revelar las copias, no se pueden aprender desde el ángulo obtuso de las teorías sacadas de los libros, por muy acertadas y fieles que sean a los fundamentos científicos de la cosa.

Porque un simple cazador de imágenes no tendrá jamás idea de las atenciones, finezas y cuidadosos mimos que requiere el positivado de una copia fotográfica para que realmente sea una gran imagen. Por otro lado, un simple positivador tampoco tendrá jamás idea de lo que se siente cuando el ojo, una vez alcanzado el punto de éxtasis que proporciona visualizar una buena imagen en la cámara, ordena al cerebro que mueva el dedo para aprisionar esa imagen. Pero tampoco ni uno ni otro “pseudo”, si no revelan ellos mismos los negativos, sabrán jamás la emoción que se siente ante la incertidumbre del revelado; pues el revelado es la clave para obtener un buen negativo, correcto en densidades, contrastes, gama tonal, resolución de líneas etc., etc. Y cualquier error, cualquier descuido, cualquier fallo técnico, puede estropear las más bellas imágenes obtenidas. Por eso la emoción contenida en esa espera, en esa impaciencia, en esa demora en alcanzar la seguridad de no haber fallado en nada de todo aquello que es necesario para obtener esos negativos con corrección y fidelidad al medio, son una parte muy importante de la vida emocional intima del fotógrafo, a solas él con sus películas, sus reveladores, y con todas las operaciones pertinentes que requiere esta especialidad.

Y esa incertidumbre, por un lado, y por otro lado la certeza y la seguridad de que nada fallará por ser fotógrafo avezado en esta labor, crean una emoción especial, un estado de ánimo entre nervioso y excitante que premia los centros cerebrales del placer lúdico, y del placer intelectual y sentimental del fotógrafo. Ese momento del revelado del negativo no tiene parangón comparado con otras muchas emociones, sin contar con que luego aun viene la emoción final de poder contemplar, con profunda y grata satisfacción, el perfecto negativo que permitirá obtener las más bellas y sugerentes imágenes fotográficas…. ¡lo que añade un nuevo y maravilloso placer a las neuronas del fotógrafo que se lo hace él mismo todo, de principio a fin, como corresponde al nombre genérico de fotógrafo según indica la propia historia de la cosa, desde donde se dignifica el nombre, y no como ahora que son fotógrafos hasta los más simples cazadores de imágenes. ¡Y que conste que no lo digo con retintín, sino por ser fiel a la demanda histórica de lo que es ser fotógrafo, para que la misma historia vea que aun hay gentes que la respetan y la consideran, cosa ya no muy habitual en estos tiempos de componendas y contemplaciones esotéricas!

El momento de iniciarse en el cuarto oscuro siempre ha sido algo maravilloso y mágico, tremendamente impactante y a nivel emocional, excitante. Y todo esto tanto por sus frustraciones, que no faltan, como por sus delicias y placeres, que tampoco faltan y suelen ser abundantes…. El nerviosismo es la norma, en todos los casos, y la inseguridad de manejar bien la cosa toda, es realmente la dueña del cotarro, apoderándose de uno de manera subrepticia y pertinentemente machacona.: ¡Todo son dudas; todo son vacilaciones; todo son dilemas!… Luego, al fin, terminadas todas las elementales operaciones, bien en el revelado del negativo, (sin poder ver como se desarrolla la imagen maravillosamente bien o mal, dentro el tanque, duda esta que dura hasta el final del revelado), o bien durante el revelado del papel, el fotógrafo, tendrá en sus manos el fruto total de su esfuerzo y de sus esperanzas… ¡Esa emoción no la puede sentir nadie que no haga él todas estas operaciones! ¿Y qué pasa si la cosa ha salido mal? Pues, inevitablemente, tras la frustración, llega el ánimo y la voluntad de repetir de nuevo hasta aprender, y aprender, cueste lo que cueste… ¡Que un Fotógrafo no se forja en dos días, ni nadie alcanza a serlo tras sólo hacer dos revelados, ¡caramba!

La labor de ser fotógrafo con todas las de la ley de la historia; es decir ser fotógrafo en el sentido histórico de hacerlo todo uno mismo desde disparar la cámara hasta hacer la copia de manera total, es un estudio del espíritu interior (el espíritu “exterior” es otra cosa basada en la apariencia y en la banalidad) de uno mismo, por lo cual es una continua lección de humanidades por lo que se aprende, por lo que se aprecia y por lo que se comprende de la vida y de sus cosas.

No cabe duda que el tratar fotográficamente y de manera total toda imagen observada en un visor de cámara fotográfica, (el observar solamente, en principio no aporta nada) desde la toma (el “disparo”) hasta la copia final, pasando como es preceptivo por el revelado de la película, nos hace sentir cosas allá en nuestras mentes que no puede sentir cualquier otro que no realice todos los pasos pertinentes al curso del procedimiento fotográfico completo.

El seguimiento secuencial de cada una de las fases del proceso tiene a la mente del fotógrafo en vilo, por lo que se ejercita en tomar decisiones, en ser prudente, en ser conciso, en ser exacto; cavilando continuamente sobre cada paso del método para asegurarse de que la cosa va bien, de que el negativo tendrá la correcta exposición, la debida escala tonal, la debida densidad mínima, y la correcta y necesaria resolución…

Porque son muchas las decisiones a ponderar y muchas las posibilidades a tener en cuenta, así como, a la vez, son muchas las “constantes” que pueden ser inconstantes: Primeramente, el enganche del carrete en la cámara que no falle; luego que el ISO sea el deseado según se vaya a disparar a sensibilidad nominal o forzando; luego, el contraste de la escena nos hace pensar en como medir o cómo exponer; seguidamente, el objetivo nos plantea también sus dudas: ¿Qué focal es mejor para la escena en juego? ¿Normal, angular, tele? ¿Qué ángulo de toma? ¿Normal, picado, contrapicado?... Y surgen otras dudas: ¿Con filtro o sin filtro? ¿Obturación para toma estática o dinámica? ¿Enfoque diferencial, o no?... Y del momento del disparo: ¿Cuándo?... ¡Cuántas dudas hay que resolver y cuántas resoluciones hay que tomar en cuestión de segundos, (que no minutos), normalmente, cuando se tiene ya la cámara en el ojo, o dicho de otra manera, el ojo en el visor!...

Y luego, el “trasvase” de la película al tanque también pone en guardia a los sentidos con la misma alerta y la misma y cuidadosa atención para que no haya un arañazo ni un atasco en las espirales; momento éste de verdadero apuro en el que muchas veces no faltan contratiempos adventicios por la causa que sea que hay que resolver con rapidez y sabiduría, cosa que sólo da la experiencia.

A más de esto, luego se presenta el dilema del revelador: ¿Revelar a alta o baja densidad?; ¿Microdol-X ó Stac P2?; ¿tipo Beutler, o Rodinal?; ¿D-76 ó Tonal Plus?; ¿PMK, pirocatequina, o glicina?... ¿Y cuánta agitación?: ¿Cada minuto, o cada 30 segundos? ¿Y qué sobre el tiempo de revelado?: ¿Revelar por tiempo normal, o un leve sobrerevelado?... Porque, realmente, ¿qué densidad de plata revelada necesito para la imagen final que quiero lograr?...

Todas estas preguntas tienen su utilidad, y los resultados de aplicar unas si y otras no, se verán reflejados, sin lugar a dudas, en el negativo: Tomar unas resoluciones en este momento crucial, darán de si una imagen negativa que ya no se podrá cambiar posteriormente, y hay ciertos tipos de imagen final que se pueden conseguir revelado el negativo de una cierta manera y con un cierto revelador, pero no con otro revelador cualquiera. No cualquier tipo de negativo puede dar cierto otro tipo de imagen positiva, aunque se crea que un buen positivador puede hacer la misma imagen con negativos revelados con distinto tipo de revelador. ¡No!: Los reveladores que dan plata atómica de tipo esponjoso nunca darán una imagen que se parezca a aquella que puede dar un revelador que proporcione plata atómica densa, de tipo mucho más compacto: La copia dada por ambos puede ser buena, en cualquier caso, pero tanto técnica como estéticamente serán diferentes en sus valores expresivos. Claro que, para poder discutir este tema, hay que haber trabajado con ambos tipos de reveladores, ya que tales ambos tipos de reveladores son diferentes de los reveladores llamados “normalizados”, y de manera general estas diferencias no las aprecia el fotógrafo aprendiz o aquel que nunca se ha preocupado de estas cuestiones, que haberlos, haylos…

A la hora de realizar la copia final, el fotógrafo se enfrenta también, ciertamente, a ponderaciones y dilemas de índole parecida a las que tiene que ejercer a la hora de elegir como revelar sus películas. No puede dejar nada al azar: Tiene que considerar multitud de elementos abstractos, como son interacciones luz-papel (el papel bromuro responde distinto del clorobromuro, a la luz); interacciones papel-revelador (el papel bromuro no responde bien en reveladores para papel clorobromuro). Tiene que considerar interacciones visuales observador-imagen para buscar la tonalidad impactante más adecuada para la estética constructiva de la imagen final (cálida, neutra, fría, posibilidad de virado), pues no todos los papeles responden bien a estas demandas. También tiene que considerar, a la vez, el contraste general y el local, la intensidad del negro máximo y del mínimo con independencia del contraste, o a pesar de él; y habrá de ponderar asimismo la conveniencia o no de hacer tapados, locales, viñeteados puntuales y solventar otras muchas pequeñas dificultadas que siempre se presentan a la hora de positivar las copias a partir de aquellos negativos que ya primero han requerido exhaustivos mimos y cuidados, de manera parecida al que requieren ahora todas las decisiones que tocan a la obtención de esa copia final deseada…

Como antes decía, los sentimientos del fotógrafo se ponen a prueba es toda su extensión y profundidad: Su capacidad creativa, su sutileza técnica, su ponderación selectiva, su profesionalidad lentamente adquirida, su experiencia más sofisticada, ahora son puestas a prueba; pero además todas estas cosas siguen cultivando su espíritu, pues añaden nuevas sensaciones y se aprenden nuevas experiencias, pues, normalmente, en cada copia siempre se aprende algo nuevo por necesidades que surgen sobre la marcha y que hay que solventar con eficiencia y rapidez, ya que, una vez iniciado el proceso, normalmente no se puede dejar para otra hora o para otro día, a menos de estropear la copia ya en curso de tratamiento…

La “fotografía total”, obliga al fotógrafo a tomar decisiones; a cultivar la gimnasia mental de mantener la agilidad de ideas y ponderar situaciones difíciles que hay que resolver de inmediato; a valorar adecuadamente situaciones controvertidas que surgen esporádicamente sobre la marcha; a tener en guardia la imaginación y la creatividad mental; a esforzarse por ser mejor todavía; a…. ¿Habrá mejor escuela de humanidades? Porque, además, la “fotografía total” ayuda a comprender al prójimo y a la naturaleza; a tratar directamente de tú a tú, con la luz; a tratar directamente de tú a tú con las emulsiones de haluros; también con los reveladores, por muy distintos que sean unos de otros, ¡con qué se yo cuantas cosas más !...

El fotógrafo reflexivo, es, además, un estupendo sociólogo, y no menos bueno como psicólogo. Normalmente está acostumbrado a tratar con todo tipo de gentes y situaciones y aprende y enseña a controlar sentimientos, a impartir ayuda, a calmar estados exaltados, a ponderar ideas, a disponer recursos… ¡Es un todo terreno de los sentimientos, de las situaciones, de los recursos, de los procedimientos!…

¡Ah el fotógrafo total, el realmente fotógrafo! ¡Cuántas satisfacciones, cuantos placeres, cuantas delicias espirituales tiene en su haber, “estudiando” a través del visor de su cámara; disfrutando a través del revelado de su película, (y sufriendo con satisfacción, a la vez, no cabe duda) y volviendo a disfrutar y a sentir enorme placer al positivar!... ¡Quién le diera a los “pseudo” poder sentir estas cosas; disfrutar de esta enorme delicia del cuarto oscuro, de la “discoteca” de la fotografía total, sus papeles, sus baños, sus olores peculiares y toda aquella parafernalia intelectual de poner el cerebro en marcha para obtener la mejor y más perfecta copia fotográfica conseguida con sus propias manos y construida por su propio cerebro! Al menos, éste, (el fotógrafo total), sabe que tiene cerebro, porque tiene necesidad de usarlo, quiera o no quiera, guste o no guste! ¡No le queda más remedio! ¡Y sólo el hecho de poder darse cuenta de que uno tiene y le funciona el cerebro, ese placer es la mayor satisfacción y premio que puede recibir un ser humano!... Y ese placer sólo lo tienen los fotógrafos… ¡pero los auténticos! ¡Los otros, ni se dan cuenta!


Xosé Gago
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