Del "calibre" 35 mm en fotografía

Un repaso rápido por los "calibres" históricos de cámaras y películas, hasta la actualidad





En la cosa de las cámaras fotográficas, el invento del calibre de 35mm por el “aficionado” alemán Oskar Barnack, ha cambiado universalmente el panorama fotográfico que históricamente transcurrió entre los años del descubrimiento de la fotografía por Fox Talbot, Nicéphore Niepce y Daguerre (1835-1844 aprox.) y los años de 1924 en el que apareció la primera Leica comercial en el mercado, primer aparato, también, de calibre 35 mm

Antes del calibre 35mm, las cámaras tuvieron otros muchos y diferentes calibres, ya que en el principio mismo en que se estaba “inventando” el invento, cada “fotógrafo” (que aún no lo era porque el nombre de la fotografía aún no se había inventado tampoco) se hacía él mismo su propia cámara, y le daba el calibre que se le antojara en el momento mismo de ponerse manos a la obra. Al fin, lo que se buscaba era lograr una imagen que se autoformara a sí misma, y que no fuera pequeña, sino de un tamaño que se pudiera observar bien y claro…

Sin embargo, las primeras cámaras experimentales, posiblemente fueran todas de pequeño calibre, lo que permitía un ahorro considerable al no haber seguridad alguna en los resultados: La más antigua imagen fotográfica negativa que se conoce, es de William Henry Fox Talbot, (verdadero inventor de la fotografía por el método negativo-positivo), y se trata de una ventana con rejas de su casa (en Lacock Abbey, Wiltshire). Este negativo posee un tamaño de 2,5 x 2, 5 centímetros, y según parece fue logrado en un día de sol con un tiempo de 30 minutos de exposición. Tiempo considerable, no cabe duda, pero que es un gran triunfo para una época en que todavía se andaba a tientas en la cosa de la invención de la fotografía, aunque en este caso concreto ya se había “hecho la luz”…

Como se ve, el tamaño de 2,5 x 2, 5 centímetros no es mucho para poder observar una imagen con cierta profusión de detalles, y menos con aquel material tan rústico y defectuoso. Pero era el comienzo de la gran andadura de la cosa fotográfica, no cabe duda, y poco a poco, y andando el tiempo, (al ir mejorando el asunto y los resultados obtenidos), el “crecimiento” del calibre de las cámaras, los negativos fotosensibles, y las imágenes, estaba asegurado ya desde aquel mismo instante histórico.

Andando el tiempo, entre calibres “caseros” y luego calibres “comerciales” que se iban estandarizando de alguna manera, como lo de hacer grandes copias no era factible por ampliación debido a problemas técnicos de la época, la única manera de acceder a grandes tamaños era la de hacer cámaras de gran calibre que pudieran también alojar placas de gran calibre, y llegados a cierto tiempo histórico, las cámaras y las placas comenzaron a “crecer” en sus calibres, intentando obtener así copias de gran envergadura que mostraban de esta manera una belleza insólita en sus imágenes, y que posiblemente causaban más admiración y respeto por su propio tamaño, que por la belleza misma de las imágenes que mostraban aquel “esplendor” y hermosura de su singular atractivo estético.

Buscando esa sensación especial y simultánea de la “grandeza” física y estética aunadas en perfecta simbiosis ilustrativa de la belleza agigantada y ostensible, en 1858, el fotógrafo inglés C. Thurston Thompson construyó una cámara que tenía una envergadura de más de cuatro metros de largo y de calibre 100 x100 centímetros. El calibre “metro cuadrado” de cada placa era algo engorroso de manejar, pero la expectación y el negocio que representaba, iba precisamente a la par de tamaño calibre, con lo cual merecía bien la pena el afanarse en tales menesteres aun siendo engorrosos. Las historia no nos dice si acabó con una hernia, finalmente, pera hasta es posible que haya podido acontecer. ¡Quién sabe!...

Pero volviendo al asunto, debemos recordar que tales tamaños por encima del calibre 30 x 40 eran la excepción en los primeros tiempos de la fotografía, y los tamaños más usuales también eran aquellos que resultaban más manejables y sobre todo no tan onerosos. Con todo, también debemos recordar que la fotografía, en sus comienzos, y hasta que esta se “liberalizó” de la engorrosa manipulación del “cuarto oscuro” primitivo, (cosa que realmente hizo Eastman con su Kodak circular de calibre 6 cm de diámetro) siempre estuvo en manos de ricos y pudientes, que eran los únicos que realmente podían acceder a estos “objetos de deseo”, y a cualquier calibre de cámara e imagen que se les antojara.

Sin embargo, con el invento del daguerrotipo ya puesto en la calle, se adoptó, como estándar para esta “tecnología”, el tamaño de placa de cobre de calibre de 16,5 x 21, 5 cm, y que acabó por llamarse como de “placa entera”, para diferenciarlo de otros calibres menores, ya que muchos fotógrafos cortaban estas placas en tamaños más pequeños, por ahorro, para hacer mayor cantidad de placas, y obtener así más fotografías por el mismo precio. Luego de esto, los fabricantes, viendo en ello una fuente de negocio fueron haciendo esos otros tamaños a partir de la “placa entera” y de esta forma aparecieron nombres comunes que definían los tamaños ofertados como calibres de “media placa”, y “cuarto de placa”, y por lo tanto, también aparecieron así las cámaras de calibres “media placa” y “cuarto de placa”.

Claro que, usar una placa de calibre “placa entera” daba más prestigio que usar una de “media placa” o de “cuarto de placa, para un fotógrafo pudiente. Así mismo, un retratista, por ejemplo que tuviera una cámara de calibre “placa entera”, era considerado como mejor fotógrafo que aquel que sólo poseía una cámara de calibre “media placa” o “cuarto de placa”. Pero la cosa era así, y así fue históricamente aceptado. (De todas formas, los fotógrafos más prestigiosos trabajaban con cámaras y placas de todos los calibres, como era preceptivo para no perder ocasión económica alguna a la hora de las posibilidades de los clientes…)

En cuanto a las personas que se hacían un retrato, por ejemplo, también consideraban y eran considerados como de más prestigio, cuando se hacían el retrato en el calibre de placa entera que cuando lo hacían al tamaño de media placa o cuarto de placa. Y así andaba la cosa por aquel entonces histórico con esto de los calibres de las cámaras fotográficas, las placas, y las imágenes obtenidas…

Más tarde en la historia, y ya con el procedimiento del colodión en uso, los calibres de 50 x 60 y 40 x 50 y 30 x 40 se usaron para hacer grandes copias, pero siendo el calibre de “placa entera” posiblemente el más habitual porque ni era demasiado grande, ni demasiado pequeño, y permitía una buena observación de todos los detalles significativos de la imagen. Pero claro, sólo para los bolsillos más pudientes o aquellos que se permitían endeudarse “ligeramente”…

Y esto siguió así, en la historia, por bastante tiempo, en todos aquellos sistemas fotográficos que siguieron al calotipo y al daguerrotipo, tales como el sistema a la albúmina y el colodión, (casi simultáneos en su aparición histórica), así como algo más tarde las “placas secas” de gelatina inventadas por Richard Leach Madox en 1871.

Lo de los calibres grandes de cámaras, pues, era casi una necesidad ineludible ya que en el principio histórico de la cosa fotográfica se trabajaban los negativos obtenidos por contacto, para poder copiarlos sobre papel salado, o a la albúmina, o sobre “papel luz de gas” (papel al cloruro, o al citrato de plata), ó, en el caso del daguerrotipo, ambrotipo y tintipo, para hacer obras únicas, (“incopiables”), que no podían ser menores de un tamaño de imagen dado para poder ser observadas con meticulosidad en sus detalles más insignificantes, ya que era una gran expectación y deleite, en la época, recrearse viendo todos esos finísimos detalles que podían registrarse en los daguerrotipos, o en las copias fotográficas de gran calidad, en papel. Los calibres pues, de las cámaras fotográficas históricas y las películas, siempre estuvieron fluctuando en pro de intereses muy diversos, según las ideas, los usos, las tendencias, los precios, y otras muchas y caprichosas maneras de hacer, ofrecer y desear hacer las imágenes fotográficas…

Los calibres de cámaras y películas americanas, se concebían en pulgadas, y con una cierta liberalidad, por lo que había numerosas fracciones entre calibres muy diversos. En Europa, sin embargo, al calibrar mediante el sistema métrico, estos fueron algo más regulares, pero, por supuesto, también hubo de todo, como en botica. (¡Ah!, las boticas de antes!… ¡En las de ahora ya no hay de todo, no: ahora depende del porcentaje que les deje el fabricante en los productos que venden!…)

Cámaras de muy gran formato, como de calibre 50 x 60 cm, aunque no fueron muy habituales, sí que existieron con una cierta profusión en los tiempos históricos de la fotografía, como ya se ha dicho antes. Luego, el siguiente calibre menor, de 30 x 40, fue algo más prodigado por los fabricantes y usuarios, y tal calibre fue muy usado por Julia Margaret Cameron, por ejemplo. Simultáneamente los calibres de 13 x18, 18 x 24, 20 x 25 y otros intermedios, tuvieron grandísima aceptación pública y uso masivo por fotógrafos de todo tipo, y el calibre específico de 9 x 12 cm. (ó 10 x 12 como “calibre americano”) tuvo un éxito realmente notable por sus dimensiones verdaderamente “manejables” tanto en lo respectivo a la cámara, como al peso relativo de las placas, en comparación con los calibres superiores que requerían medios de transporte especiales, además de su tremenda lentitud de montaje, manejo y otras particularidades, entre las cuales se pueden contar el coste económico de las placas de gran calibre, los objetivos y el gigantismo de los medios necesarios para el revelado tal como cubetas, volumen de los químicos necesarios y todo lo respectivo al engorro y lentitud de manejar sistemas demasiado grandes y pesados para trabajar con cierta libertad y holgura…

¡Ah!, hubo también un calibre especial, llamado “postal” (aproximadamente 10 x 15) que precisamente era el que usaban los fotógrafos que se dedicaban a la toma de fotografías para luego confeccionar las tarjetas postales tan recurridas, hasta el día de hoy, por los viajeros, los turistas y todos aquellos que quieren enviar mensajes postales breves a otras personas o familiares, por los motivos que fueren, desde otros puntos de la geografía nacional o internacional, con facilidad y muy buena acogida sentimental.

Otro calibre “especial”, pero en este caso verdaderamente monumental y específico, (y nunca más vuelto a ser producido) fue el de la cámara “Mamut”: Una gigantesca caja oscura con un fuelle de tremenda envergadura, y un objetivo descomunal, cuyo calibre era de 1,30 x 2,40 metros, construida según parece en el año 1900. La cámara “Mamut” pesaba 700 kilos, y era transportada en un vagón de tren especialmente preparado para este fin concreto, y para montarla y manejarla era necesario un equipo de unas quince personas. Esta cámara fue diseñada y construida por los ingenieros de la empresa de ferrocarriles “Chicago and Alton Railroad Company” con el sólo propósito de poder fotografiar al mayor tamaño posible, al más moderno y lujoso de sus trenes expreso. Dado que el calibre de cada placa era, como se dijo, de 1,30 x 2,40 metros, su peso alcanzaba los 250 kilos, y el volumen de las soluciones químicas necesarias para su revelado, fijado etc., era de unos 40 litros de cada una de ellas. ¡Todo un monstruo de la fotografía, en cuanto a calibre de cámara y calibre de placa fotosensible.

Con la cámara “Mamut” parece que no se hizo ninguna otra fotografía con ella (ó al menos, no pude conseguir información sobre la cosa), y luego desapareció. Su gigantismo y la fuerza de la gravedad, eran un obstáculo demasiado grande para su manejo y aprovechamiento. Cosas de la vida. Sin embargo déjenme decir que la imagen del ferrocarril que fue obtenida en tan tremendo tamaño con la cámara “Mamut”, gano el “Gran Premio del Mundo” en la exposición de París de 1900. No cabe duda que los jueces, posiblemente admirados y atónitos, sucumbieron a la belleza y grandiosidad de semejante “ampliación”, en un tiempo en que hacer ampliaciones fotográficas era un reto, y tan sólo con ´cámaras gigantescas se podía acceder a grandes copias para obtener nitidez y abundancia de detalles…

Más, sigamos con la historia: Los calibres intermedios entre el gran formato, antes mencionado (9 x 12 y superiores) y el de 35 mm inventado por Oskar Barnack en 1914 (fecha del primer prototipo de cámara de calibre 35 mm) fueron así mismo múltiples y muy variados en su presentación estética, ya que cada fabricante intentaba darle a sus aparatos una cierta “personalidad” propia que pudiera, con el tiempo, forjar un “estilo” de prestigio que delatara la marca del fabricante en su diseño exterior. Esto, aparte de que siempre llevaban, de manera ostensible, la marca de la casa bien colocada para que la vista del observador pudiera enterarse de quién lo había fabricado, o el nombre que designaba el estilo del aparato, su clase “social” y su poderío tecnológico en prestaciones que redundaran en seguridad, rapidez de operación, fiabilidad repetitiva de resultados, y ausencia de averías, entre otras cosas, lo cual vendía, y vendía muy bien el producto.

Así, en el “formato medio”, como más tarde se designó al calibre inferior al 9 x 12 (ó 10 x 12, americano) hubo calibres de 6 x 9, 6 x 7, 6 x 6, 4,5 x 6, y algunos otros raros tamaños intermedios.

El calibre de 6 x 9 fue muy usado por todo tipo de fotógrafos desde los tiempos del “papel luz de gas” en adelante, para realizar fotografías de “tipo cartera”, por contacto, ya que su tamaño cabía perfectamente en cualquier cartera, y había una gran afición a este tipo de recuerdo que se llevaba encima y permitía hacer conocer a otros, a la madre, el padre, los hermanos o la novia de uno, o lo que se precisara. El calibre de 6 x 9, pues, se fabricó en ingente multitud de aparatos de todo tipo, marca y precio:, en cámaras de foco fijo, muy baratas; en cámaras de tipo medio, fáciles de usar; en cámaras algo más complejas y “profesionales”, y en cámaras de gran lujo y precio, con todos los adelantos que cada fabricante era capaz de investigar, (o copiar de otras marcas), y luego sofisticar al máximo en sus mecanismos, versatilidades y posibilidades prácticas de uso. Las telemétricas y con fotómetro, cuando salieron al mercado, fueron la gran atracción de las gentes adineradas, y permitían una gran seguridad de resultados al no tener que calcular la exposición los usuarios poco o nada versados en fotografía. El invento del telemetro y el fotómetro acoplados a todos los calibres de cámaras fotográficas, incluido el 6 x 9, dieron un gran auge y movimiento comercial y social a la fotografía de aquel entonces histórico.

Por supuesto, en aquel “entonces histórico”, no se hacían apenas ampliaciones, puesto que los calibres de negativo que se manejaban eran utilizados tal cual, copiados por contacto, y daban imágenes que, unas algo más grandes y otras algo más pequeñas, era todas ellas lo suficientemente aptas para su contemplación y disfrute tal cual eran, pues se aceptaban rigurosamente las limitaciones que la cosa de la fotografía resultaba tener en la época, y lo consideraban, pues, “natural” y correcto en todos los sentidos. Sobre todo, porque la economía era quien limitaba el tamaño. (La cámara grande, de foco fijo, que era la más barata, también costaba más que la pequeña, por ejemplo, a igualdad de prestaciones y “tecnología”, y esto limitaba la compra por parte de las gentes con pocos recursos económicos)

Pues bien: con la estabilización del comercio fotográfico ya como una gran industria, sobre todo en los tiempos históricos luego de la aparición comercial de la “placa seca de gelatina”, se prepararon entonces películas en rollos más o menos largos que daban para hacer varias imágenes consecutivas de manera continuada sin necesidad de cargar una emulsión cada vez, como sucedía con las cámaras de placas, sino que se accedía a la nueva imagen simplemente haciendo avanzar el rollo mediante un mecanismo de arrastre dispuesto estratégicamente en un lugar externo de la cámara fotográfica.

El primer éxito comercial de la película en rollo lo obtuvo George Eastman, en 1885 cuando, junto con William Walker diseñó un chasis portarrollos que se adaptaba a las cámaras que ya existían y que podían portar un rollo de papel fino y resistente que permitía obtener unas 48 exposiciones. Ya en el año1888, Eastman puso en el comercio una pequeña cámara de cajón con chasis propio que llevaba un rollo de papel que permitía obtener 100 exposiciones de tamaño redondo, y de un calibre de 6 cm de diámetro. La cámara estaba avalada por un servicio eficiente de revelado y positivado de las copias logradas (las que fueran, según la destreza del fotógrafo) y esto permitía que incluso aquellas gentes que no eran fotógrafos ni tenían laboratorio pudieran acceder al medio fotográfico como “cazadores de imágenes”, libremente.

Al año siguiente, en 1889 el infatigable Eastman introdujo en el mercado la primera película de celuloide, material plástico trasparente que se cargaba en la que fue la primera cámara Kodak, de calibre 6 x 9 aproximadamente. A partir de aquí, la cosa fue sobre ruedas en lo que toca a la invención y calibre de las películas en rollo para cámaras de formato medio que eran fabricadas expresamente para poder portar estas nuevas películas en rollo para diversos tamaños de imagen.

Sin embargo, antes de que el mercado se inundara con cámaras de diversos calibres para las películas en rollo sobre soportes transparentes, primero de celuloide y andando el tiempo de acetato y triacetato de celulosa, seguían en uso las cámaras antes mencionadas de diversos calibres para las placas de cristal, primero que lo fueron para la albúmina y el colodión, y más tarde para las películas rígidas de también los materiales mencionados.

Pero un día, como ya se dijo, Oskar Barnack se inventó la Leica, de calibre 35 mm, cuyo prototipo parece ser que vio la luz en 1913 ó 1914 (según quien nos cuente la historia, hay un año de diferencia) y fue lanzada al comercio en 1924 (ó 1925, según qué historiador lo cuente) para ser usada con la película perforada de cine, y que sólo se usaba para este fin cinematográfico. Era una cámara de calibre 35 mm ideada expresamente para poder ser usada con película de cine de calibre también de 35 mm en perfecta simbiosis adaptativa y sincronía inmejorable en todas sus parametrías técnicas y funcionales. Poseía un obturador plano focal con velocidades de entre 1/25 y 1/500 de segundo, y un objetivo retráctil de abertura máxima de f 3,5. (Normalmente un Elmar).

Así, el calibre 35 mm, aunque surgió tímidamente en la historia, como una alternativa cómoda contra la incomodidad de los grandes y medianos formatos de placas y las lentas y pausadas cámaras de Kodak de rollo de calibre 6 x 9, habría de acabar imponiéndose como calibre estandarizado de cámara y película, en toda la historia moderna de la fotografía rápida, y en la de reportaje, especialmente.

Ahora bien, el calibre de 35 mm al principio no daba la calidad que daban los calibres mayores de 6 x 9, por ejemplo, y la salida histórica hacia la popularidad y el uso masivo de este calibre de 35 mm, fue paulatino y lento durante un tiempo, en tanto no mejoraron las películas y no se prodigó el uso de las ampliadoras por parte de los fabricantes para hacerlas asequibles a la mayoría de la población trabajadora.

En 1928, la casa alemana Rollei, puso en el mercado la primera cámara réflex de dos objetivos, que, aunque otros fabricantes habían intentado en años anteriores darle salida comercial, no se pudo llegar a ello, tal vez porque el momento histórico propicio no era aquel.. Sin embargo, ahora, en 1928, realizada de manera compacta, estilizada exteriormente y con un diseño agradable, y con una mecánica fiable y duradera, junto con la nueva calidad que ofrecían las películas de calibre 120 ya disponibles comercialmente con abundancia, la cámara Rollei de dos objetivos acabó por desbancar definitivamente a las cámaras de placas que hasta este momento histórico prevalecían en ser las preferidas, todavía, de los fotógrafos comerciales, industriales, paisajistas y etc.

Pero las mejoras de las emulsiones también llegaron, ¡cómo no! a las películas de calibre 35 mm, y con ello el camino quedaba expedito para el triunfo masivo de este formato como el ideal para todo tipo de reportaje de acción, principalmente, pero de manera igual para todo otro tipo de fotografía instantánea de calidad, así como también para cualquier otro tipo de fotografía más reposada y reflexiva. Leica, en 1930 lanzó nuevos modelos de calibre 35mm con objetivos intercambiables, telemetro acoplado y un obturador de más altas velocidades. En 1932, Zeiss Ikon lanzó su propio modelo de calibre 35 mm: La Contax, de características similares a la Leica, y en 1934 la Contax ya iba equipada también con telemetro, visor óptico de gran calidad y excelentes prestaciones mecánicas. El salto definitivo a la popularidad y el uso masivo de la fotografía de calibre 35 mm, ya estaba asegurado para el resto de la historia futura de la fotografía mundial.

Con todo, nunca se dejaron de usar las cámaras de calibres mayores, siendo tal vez el más popular de ellos el de 6 x 6 cm, y que proporciona a las imágenes una cualidad “distinta” por su formato cuadrado que enmarca ciertos motivos de manera más elegante y sugestiva que el formato rectangular del calibre 35 mm. Los otros calibres de tipo medio, tales como el 6 x 9, el 6 x 7 y el 4,5 x 6, fueron y son también muy usados a la par que el calibre 35 mm, pero el rey de todos los calibres fotográficos, es el 35mm, sin duda alguna.

Yo uso de cuando en cuando películas de todos los calibres (18 x 24, 13 x 18, 9 x 12, 6 x 9, 6 x 6, y 4,5 x 6) pero más bien para disfrutar de un placer distinto y singular, ya que la mayor lentitud relativa que requiere el uso de cada calibre progresivamente mayor con respecto al anterior, proporciona una manera más reflexiva de realizar la imagen, y el acto fotográfico a programar en todas sus etapas de preparación conlleva otras formas de pensar, de preparar, de actuar, y de convivir con el medio fotográfico, lo que produce una distinta satisfacción en el mismo hecho de tener que estar en esta labor reflexiva de programar concienzudamente cada toma para que no resulten en tiempo perdido y en fracaso moral por la pérdida de una bella y esplendida imagen que se quería dejar atrapada entre las misteriosas interioridades del enrejado cristalino del haluro de plata fotosensible, como imagen latente en espera del oportuno y adecuado revelado…

Pero no cabe duda de que el calibre 35 mm, por su adaptabilidad, funcionalidad, y por poder de alguna manera ser usado de una forma un tanto “irreflexiva”, rápida y más bien intuitiva en la mayoría de las ocasiones, nos permite obtener imágenes que sería impensable poder obtenerlas con las películas del calibre de 120 en cualquiera de sus formatos habituales desde el 4,5 x 6, al 6 x 9, por ejemplo. Porque las cámaras del calibre 35 mm, así como también las películas de este mismo calibre, poseen todas las virtudes prácticas de la rapidez de mandos, rapidez de carga, rapidez de medida fotométrica, rapidez de obturación, rapidez de cambio de focales, rapidez de adaptación a situaciones difíciles, rapidez de disparo, etc., etc.

Por otro lado, el calibre 35mm es un peso liviano de gran “peso” en todo lo que representa el medio fotográfico: Seguro, adaptable, versátil… Flexible en sus prestaciones; rígida en sus deberes; seria en sus exigencias; inagotable en sus esfuerzos; inenarrable en sus logros, y etc., etc., etc.…. ¡Ah, el calibre 35 mm! ¡Es el calibre “de bolsillo”, el calibre personalizado, que deja libertad de acción, que es discreto, que es funcional al 100%, que es “amigo” y que no deja perder ocasión fotográfica alguna sean cuales sean las circunstancias!...

¿Cuándo le hacemos un homenaje al “padre” del invento, al inspirado Oskar Barnack, que nos hizo disponer del “arma” fotográfica más eficiente, rápida y versátil, y de un calibre tan conveniente y útil?

¡¡¡¿Cuándo?!!!...

Xosé Gago
Derechos reservados





VOLVER