Del diletante, y la diletación.

De la serie, "Filosofando, que es gerundio". Una filosofación sobre la importancia del discurso "diletántico" humano, y su necesidad psicológica...



En el Universo hay más indoctos, que doctos, por cuestiones que son de estadística, aunque sin que la estadística tenga culpa de ello. Por otro lado, también en el Universo hay más diletantes que doctos, y tampoco es culpa de la estadística. Pero estadísticamente son más los indoctos y diletantes, que los doctos. Ahora bien, los indoctos no pueden ser nunca doctos, por una simple cuestión de lógica: Si se hacen doctos, simultáneamente dejan de ser indoctos, por lo cual, siendo doctos, no pueden ser indoctos, aunque lo pretendan.

Sin embargo, respecto a los diletantes, éstos tanto pueden ser doctos como indoctos. Porque ni todos los doctos lo saben todo, ni los indoctos son doctos. Pero lo que es “diletar”, tanto “diletan” los unos como los otros, pues todos ellos tienen campo para hacerlo, y además, por la lógica de la vida, tanto los unos como los otros tienen por fuerza que ser diletantes de alguna cosa, materia, asunto, o profesión, ya que a nadie se le escapa el “deber” de tener que ser, forzosamente un “manitas” (o chapuzas, en los peores casos) porque siempre hay “encomiendas” que hacer en la vida, sin que sean las de la carrera o profesión: En la casa, en el jardín, con la instalación eléctrica, en el coche, con el muro que se cae, con el lavabo que pierde agua, y con un sinfín de etcéteras parecidos en los cuales todos tenemos que “diletar” forzosamente, bien por economía, o bien por emergencia insoslayable… Pero es que también en el campo intelectual todos “diletamos” lo nuestro, y nuestras conversaciones dan buena fe de ello casi todos los días. Y digo casi todos los días, por si hay algún ser apático e indolente que pueda, de vez en cuando, pasarse 24 horas durmiendo luego de haberse ido de juerga en día de fiesta y haberse tomado una tremenda borrachera…¡que haberlos, “haylos”! Claro que este “descanso” de la “diletación”, por un día, ya habría sido “cobrado” el día anterior, durante sus discursos, sus “ponencias” y sus consejos, a todos aquellos que hubieren estado a su alcance en pleno apogeo de su cogorza, y antes de haberse quedado dormido….

Es que “diletar”, es una cosa a la que la misma vida obliga, y es a la vez una cosa a la que uno mismo está obligado, y es también a la vez una cosa que se impone, (además de imponer respeto), por normas sociales, por cuestiones familiares, por demandas políticas, por súplicas religiosas, por instancias vecinales…¡y hasta por coacciones del perro, el gato o de cualquier otro animal de compañía que podamos tener en casa, o que el vecino nos haya dejado a su cargo! ¡Tiene gracia la cosa, tiene!

¿Quién no “dileta” en esta vida, decidme? ¿Conocéis a alguien que no lo haga? ¿Sabéis de alguien que pueda escurrir el bulto a esto de ser diletante de algo? ¿Echáis de ver que alguien se escape de esta inexorable ley de la naturaleza y no sea diletante en caso alguno? ¿Estáis al tanto de si hay alguna manera de librarse de “diletar” aunque sea un día al año? Porque la acción de “diletar” se da en todos los ámbitos de la vida: En la filosofía de las cosas; en la “ciencia” de aconsejar al que tiene problemas; en la guía de los hijos; en las “ayudas” morales; en las opiniones de la marcha política; en cómo anda el futbol de mal y en cómo se arreglaría el asunto; en…. ¡Bueno, bueno, lo que sobra es campo para “diletar” y “diletar”...!

A mí no me molesta que se pueda “diletar” en presente. En pasado y en futuro no se puede, porque el pasado ya no existe, y en futuro tampoco se puede, porque aún no ha llegado. En presente, sí; en presente se puede “diletar” cuanto se quiera y hasta donde se quiera. Y no suele molestarme, como ya digo, siempre que se “dilete” en indirecto. Pero sí me molesta cuando algún diletante me “dileta” directamente, como aconsejándome o diciéndome cuanto sabe de esto o de aquello, o de alguna otra cosa más que yo. Por otro lado, aunque no se puede “diletar” en pasado ni en futuro, si se puede hacer en gerundio. Y en este caso hasta se puede hacer colectivamente, en cualquier número o grupo de seres que quieran hacerlo. Se puede hacer por turno, por junto, y por separado, cosas estas que son contingencias útiles (o inútiles, según), de la cosa del gerundio que permite hacerlo así con todas las de la ley. (Sin que esto signifique que pueda ser o no, legal) De aquí aquello de decir: “Diletando”, que es gerundio”… El “ando” del gerundio, por su lado, se las trae, ya que cuando las gentes se ponen a “diletar”, “diletando” y “diletando” se pueden pasar horas sin que se cansen. Pero claro, solo “diletan”, (cuando es lo del gerundio), entre ellos mismos, porque los otros se cansan y los mandan a… ¡Bueno, a cualquier sitio que haya que mandarlos! (Entre ellos sí: entre ellos se pueden pasar horas “diletando” de lo lindo sobre cualquier cosa, cuestión o asunto, sea útil, o inútil; pero más bien esto último casi siempre…)

Y como vamos a seguir hablando de la “diletación” y ya hemos entrecomillado bastantes palabras sobre el asunto que ya nos dan pábilo para saber de qué se trata sobre la cosa, de aquí en adelante dejaremos de entrecomillar, ya que el hacerlo da bastante trabajo, y a estas alturas ya sabemos de qué va el tema y podremos derivar fácilmente lo que las palabras diletacionales quieren significar para el hombre entendido y esciente en las cuestiones de la vida, las conversaciones y los escritos conspicuos como este… Pues, ¿no iba a ser conspicuo este escrito?: ¡¡Pues claro!! (Es que la “conspicuación” es la ciencia de hacer las cosas claras y sobresalientes…)

El diletante, como sabemos, es una persona (porque las cosas no son diletantes nunca, en caso alguno) que se deleita en algo; es decir que tiene complacencia, satisfacción o fruición en alguna cosa que le arroba o extasía. Porque de “deleite” es de donde se deriva la palabra diletante (del italiano dilettante) que nos ocupa. La definición de diletante que da el Diccionario de la RAE, en su segunda acepción, es: Que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional. Esto nos da una idea definida de lo que se intenta expresar al hablar de la cosa, en cualquier situación de las muchas situaciones en la que nos colocan las mismas cosas de la vida, a lo largo y ancho de nuestros días sobre la tierra en nuestro devenir diario, y en el trato con nuestro prójimo cercano, y lejano. Que hay prójimos a todas las distancias, a pesar de que la palabra prójimo significa etimológicamente próximo (del latín proximus); es decir, cercano, y no lejano. (Cosas de la “extensión” en cuestión de palabras, donde “extensión” no quiere decir una palabra más amplia o más grande en tamaño, no, sino que quiere decir que el sentido de la palabra se “extiende” a otro concepto con relación al que lo origina, aunque sea totalmente contrario, como aquí sucede…)

No es fácil diletar. Pero tampoco es difícil, vaya. Y que no es difícil lo “explica” bien el hecho de que en la vida diletan hasta los que menos saben de cualquier cuestión, tema, o materia. (¡Ah! Y al decir “materia”, nos referimos, en este contexto precisamente, al asunto, disciplina científica, cuestión o tema que conlleva la conversación o la peroración sobre la cosa que sea, y no a las excreciones purulentas de los granos infectados, ni es en referencia tampoco a los materiales como elementos físicos componentes de la masa universal de todas las cosas). Pues bien, el diletante sobre la materia que sea que toque a discutir, descifrar, desenmarañar, desmenuzar, desentrañar, o “destripar”, soltará un tremendo discurso expositivo sobre el asunto, que nos dejara perplejos, apabullados y hasta arrobados con su “sabiduría” sobre la cosa, de tal manera que sólo nos quedará, como salida, callarnos la boca y marcharnos, dado que nada podremos objetar ante tamaño “conocimiento”, sapiencia y elación…

Hay varios tipos de diletantes:

1)-El que dileta porque siente la necesidad de diletar para sentirse persona importante y escuchada por los circunstantes, lo cual puede ser indicativo de una forma psíquica de complejo de inferioridad que necesita realzar su ego.

2)- El que dileta porque cree que sabe de la cosa más que los otros circunstantes y se siente obligado a ello para que nadie se dé a engaño sobre las verdades del asunto de que se trate.

3)- El que dileta “por narices” (aunque la tenga pequeña y respingona) porque se cree estar por encima de los demás (aunque tengan narices más grandes) que están tratando del tema que sea, y tiene que demostrar su saber sobre la cosa, interrumpiendo continuamente a quien quiera que tenga la palabra…

4)-El que dileta porque si lo hacen los demás, él no va a ser menos que ellos, ya que él también “es uno de los demás”, y considera que su opinión también está a la altura del tema a tratar.

5)- El que dileta por no estar callado, no vayan a pensar los demás que es mudo o un ignorante sobre la cosa, lo que tampoco conviene al ego personal.

6)- El que dileta porque le gusta diletar, y si no dileta se halla a disgusto, por lo cual para diletar va y se arma de filosofías creadas según las necesidades del momento y según los argumentos que vayan “cayendo” sobre la cosa de parte de los demás contertulios.

7) El que dileta porque se lo piden los demás, (y él lo estaba deseando, en secreto) y está “obligado” a hacerlo al ser compelido a ello con insistentes ruegos de parte de los circunstantes que le jalean para que lo haga...

8)- El que dileta porque cansado de las diletaciones de los demás, y para “descansar” quiere dejar caer su opinión después de haberla elaborado in situ luego de ir oyendo, analizando y concluyendo que su opinión sobre la cosa se puede plantear en mejor manera que aquellos que lo hicieron antes.

9)- El que dileta porque siendo director de un banco que patrocina una exposición de pintura de mucha categoría (de otra manera no hubiera aparecido por allí) tiene que dar un discurso de inauguración y debe “forzosamente” hablar del Arte, sus manifestaciones y sus filosofías a través de la historia, dando, de paso, una descripción de “los sentimientos prehistórico-artísticos de los primitivos Homo que elaboraron las pinturas de las cuevas de Lascaux y de Altamira”, por ejemplo…

10)- El que dileta porque siendo político tiene el “deber” de diletar que otorga la política, y porque además se cree capaz de solucionarnos todas las papeletas de andar por la vida, y dileta libre y alegremente sobre la moral y honradez de pagar los impuestos sin protestar, sobre el deber patriótico de ser ciudadano (y además honrado) y sobre la democracia, la libertad y el derecho a tener un trabajo digno en tiempos de paro, un sueldo digno (también estando en el paro) y una vida digna (también a pesar del paro), y…

Y es que diletar es fácil. Tan sólo hay que darle a la lengua y tratar sobre cualquier asunto que venga al caso. Por ejemplo, un obrero de la construcción podría diletar fácilmente “…sobre el cemento Portland y sus constituyentes metafísicos en base a la construcción teórica y práctica de edificios del próximo siglo XXII en función del conocimiento actual de la sílice y sus estados morfológicos, antes, en, luego, después, y más allá de después, luego de su trasformación estructural cristalina para el logro de la estructura potencial de endurecimiento progresivo simultaneo al paso del tiempo, como material técnico de construcción para los edificios, plataformas, diques y demás”…

Un obrero metalúrgico nos podría fácilmente también hablar “…del hierro como material líquido en el núcleo del planeta Tierra sin tener que haber pasado previamente por un alto horno bilbaíno para tornarlo en un fluido que actúa como una dinamo creando campos magnéticos y eléctricos y otros efectos asociados en el ámbito del planeta”…

Un peón de carreteras nos podría diletar durante horas sobre “…el betún, el asfalto y los petróleos superficiales de la región de Judea, o de los lagos de asfalto de diversos países, y como en la actualidad se han quedado sin explotar comercialmente porque es mucho más barato el asfalto derivado del petróleo, ya que este es un subproducto de la refinación del mismo”…

Y si vamos a ello, una simple aprendiz de bruxa gallega nos podría diletar profundamente en cuestiones de “…embruxos, sortilegios, santas compañas, unciones, pócimas, emplastos; filtros de amor, brebajes amatorios, julepes enervantes, quitamurrias; escobas voladoras, lunas llenas, crecientes, menguantes y nuevas; conjunciones astrales; lobishomes y pepalobas, etc.…”

Y alguno se preguntará: ¿Y qué puede diletar un fotógrafo cualquiera, por ejemplo? Pues es bien fácil: Un fotógrafo cualquiera, también puede ser cualquiera que acabe de hacer un curso de esos que se dan en los Ayuntamientos, en alguna Agrupación Fotográfica, en la Obra Social X, y hasta en el INSERSO, si vamos al caso. ¿Y qué podría diletar? Pues, sin muchos remiros, ni esfuerzos, bien podría diletar sobre “…la facultad facultativa de la emancipación de los electrones libres que, liberados de sus “cepos” o “trampas” en la red cristalina del haluro de plata por la corriente de fotones que entra tras abrirse el obturador de la cámara, y sumándose a esta corriente los electrones liberados de los iones bromo, también por esa entrada de fotones, todos ellos van a dar empujones y codazos a los iones plata positivos a fin de hacerse un hueco entre ellos y quedar así alojados en los tales dando lugar, sin duda alguna, a grupúsculos de átomos de plata que forman entonces los centros de imagen latente y centros de revelado de los cuales nunca vemos rastro alguno, pero que se hallan descritos en los libros que hablan sobre la cosa”…

Otro fotógrafo más “avanzado”, con más cursos de Ayuntamiento, Agrupación Fotográfica, etc., y además con varios cursos magistrales con un amigo aficionado, y un “master” de desnudo en un curso de “Fotografía del Cuerpo Humano Femenino para Crear Arte, Belleza y Armonía” diletaría de manera más completiva y conspicua, por ejemplo, sobre… “…Cuando la luz del cielo tamizada por las flotantes nubes que esbozadas yacen sobre el celeste espacio, llega al objeto,(en este caso el cuerpo femenino), los fotones rebotan delicadamente en esa piel sutil y sedosa de la modelo, y extasiados a su contacto, y un tanto aturdidos de arrobo y embeleso, se dirigen dócilmente hacia el objetivo de construcción aesférica, y penetran por el mismo hasta el fondo de la cámara fotográfica, pasando medio beodos por el diafragma y enchufándose directamente en la emulsión allí dispuesta, a fin de reposar de su mareo y recuperarse de esa bella visón sobre la que rebotaron cuando, tras pasar por las difusas y delicadamente esbozadas nubes, etéreas ellas y finamente dibujadas en el cielo, perdieron algunas de sus longitudes de onda corta en cesión gratuita y amistosa, como tributo admirativo a la vaporosidad veleidosa de las mismas… ¡El resultado de toda esta movida de los fotones que bajan del espacio, flirtean con las nubes y se obnubilan al roce voluptuoso con la delicada y sedosa piel de la modelo, es un hermosísimo negativo de un cuerpo de mujer, bellísimo, delicadamente modelado, y perfectamente registrado con la precisión y la delicadeza del trazo sutil, delicado y perfecto, de la escritura de la luz por mediación de los fotones”…

¡Delicado, poético y “perfecto" discurso! ¿A que sí?

Y es que no es difícil diletar, como antes se dijo. Lo que sí es difícil, es estar callado; es decir, no diletar, cuando hay algún tema que se está hablando, discutiendo o filosofando y de alguna manera todos toman parte en la cosa, dando opiniones, desmintiendo otras; opugnando ciertas teorías, apoyando otras; abstergiendo ideas, percudiendo otras; solapando pensamientos; absorbiendo otros; difluyendo pensares, erogando ideas, instilando sofismas, endilgando remoquetes y minorando otros discursos anteriores intentando arredilar a los circunstantes y ganárselos para su confianza…

¿Quién no dileta, pues, en la vida, cuando se halla en presencia de circunstantes, sean amigos, compañeros de trabajo, vecinos, o simples usuarios del autobús o del tren en viajes no demasiado cortos? ¿Quién puede pasar sin poner de puertas afuera de su propia mente sus pensamientos, sus ideas y sus proyectos de cómo mejorar el mundo familiar, local y estatal y hasta mundial, si le dejaran explayar sus ideas y ponerlas en práctica? ¿Quién no…

¡Bueno, vamos a dejar de decir lo que cada uno, diletando, podría enunciar, proponer, suputar, requintar y conseguir si le dejaran el mundo en sus manos para escamondar, descepar, entroncar, endilgar, erogar, rabosear, improbar, irrogar, arredilar, arrodelar, atafagar, atrochar, solmenar, sofaldar, soliviar, roborar, y todos los demás “ar” que quedan en el tintero, para poder cambiar el mundo y sus modos de ser, de pensar y de comportarse!

Claro que, dado que los humanos aunque somos todos Homo’s sapiens sapiens, en el fondo somos disímiles en lo que toca a ideas, ideales, pensamientos, opiniones, filosofías, ontologías, ideologías, teologías, sociologías, teleologías, psicologías y psiquiatrías (esto último, por desgracia, muy abundante) y otras “ías” que también dejamos de enunciar… Y así como antes nombramos muchos “ar”, y ahora muchos “•ía”, el resultado de todo ello (de los “ar” y los “ía” susodichos) es que todos tenemos disparidad de criterios en qué o en cómo sería la manera de hacer del mundo ese vergel de paz y armonía que en el fondo de nuestro ser llevamos como añoranza, posiblemente inconsciente, del Paraíso Terrenal primigenio que hemos perdido allá muchísimo antes de antes de la prehistoria… Y ahora, dada nuestra tesonería pugnaz y voltaria, rolamos, como los vientos, de uno a otro punto cardinal de la vida según nos van las cosas, lo que nos hace errátiles, impróvidos e introversos, y nuestra voltariedad es notable entre nosotros mismos por nuestro brujulear, nuestro ínsito in promptu: impredecible, adventicio… ¡Somos más movibles y veleidosos que una simple grímpola catavientos!

Por eso que, siendo notable nuestra voltariedad, y rolando siempre libremente según los vientos de la vida, (como antes se dijo), unas veces para un lado y otras para otro lado en función de nuestras ideas, de nuestras metabólicas sustancias hormonales y de nuestras inconstancias intelectuales y morales, dejando ir nuestras mismas vidas como un célere velívolo, pero sin tener idea de cómo velejar para manejarlo, nuestro singlar va entonces a la cosa de los antojos del viento, ora así, ora asá, ora del otro modo…

Y si no podemos dirigir nuestras propias vidas ni arreglar los problemas de nuestras propias familias, ¿qué hombre, pues, entre todos los hombres podría ser un buen vergelero para cuidar de un nuevo Edén, (si pudiera establecerse, tal como enunciamos en nuestros anteriores diletares), siendo tan vulpinos de carácter y tan radicales en ideas, tendencias y filosofías de vida, y con esos prontos rábidos, y ferinas bramuras? ¿Quién, decidme? ¡¡¿Quién?!!

Por eso que, a no poder hacer otra cosa, cada uno en sus adentros intelectuales se hace su propio mundo sobre las cosas de la vida y acaba por diletar sobre todo lo que se le pone por delante según las circunstancias, las ocasiones y las oportunidades de intervenir en conversaciones, que es en donde, sobre todo, se puede diletar largo y tendido si los circunstantes, por alguna razón no hallan escusa para iniciar de pronto una escurribanda sutil y silenciosa, o de socapa.

Y es que la autarquía de la diletancia está en poder de todo humano que de alguna manera halla la circunstancia adecuada en cualquier momento en el que surge la ocasión de demostrar sus saberes sobre la cosa que sea, e incluso sin antes atreguar en ningún momento se pone directamente a erogar ideas, teorías, y otros arrequives intelectuales según vengan al caso en el posible tira y afloja de la conversación.

Porque, de cierto, pensar en la vida sin diletar es pensar en algo tremendamente aburrido, soso, anodino, pesado y murrioso, por no haber causación que movilice el ingenio, el ego personal, la cosa aquella de poder remesar continuamente ideas in extenso para deslumbrar a los demás con nuestra sapiencia sobre el asunto, por muy enriscado que sea… Claro que, si se da tal ocasión y nos dejan, todos somos capaces de adquirir un grandor finchado y demagógico de tal manera que nos olvidamos de que podemos acabar hablando en demasía, y pasar del discurso morigerado y cauto, al panegírico “ringorrangado” en donde sobra un poco de todo, y algo más. Y si durante nuestra diletación, o al final de la misma, oímos a alguien que dice sobre nuestro discurso aquello de “menos la tara”, hasta podemos enfadarnos y soltar otra diletancia reprobatoria recriminando la insipiencia del opugnador… ¡Y es que a nadie le gusta que se le opugne su diletación sobre aquellos asuntos en los que se cree arrodelado por el saber sobre la cosa! ¡Normal! ¡Es propio del género humano! ¿Es que nosotros no hubiéramos hecho lo mismo?

De todas formas, aunque diletar es fácil como antes hemos dicho, por otro lado resulta que hay diletantes y diletantes. Y al decirlo así, sin más, parece que no debe de haber diferencia entre esos diletantes y diletantes que acabamos de nombrar. Pero sí, la hay. Y la hay porque no todos los diletantes son verdaderos diletantes, y de ahí que se haya dicho que hay diletantes y diletantes. La “y”, como es copulativa, según las leyes de la gramática, une a la vez que separa a unos y otros diletantes. Es decir al expresar que hay diletantes y diletantes, esa “y” en medio de los diletantes, por su poder copulativo, tiende a unir dos grupos separados por su medio, pero expresando la separación de manera específica al “decir” que hay los unos (y) los otros, con lo cual, aun cuando los junta para decir que haberlos “hailos”, por otro lado también nos dice que pertenecen a grupos anteriormente separados, pues, si no fuera así, esa “y” copulativa no los juntaría si ya estuvieran juntos…

Y hay dos grupos porque, aunque todos diletan y diletan sin cuento cuando viene al caso la cosa de diletar, lo cierto es que hay los diletantes verdaderos, y los falsos diletantes, con lo cual aquí sí que la separación se hace patente de manera total. Y dirá alguno que esté leyendo, y que, sin saber a qué grupo pertenece se sienta ligeramente ofendido por aquello de la duda… ¿Y cómo es posible que haya falsos diletantes, si todos son diletantes, ya que no hay títulos oficiales que otorguen a uno el derecho de serlo y a otro no? Y aquí entiendo que casi me tienen cogido entre la espada y la pared. Pero no; la verdad es que no:

El verdadero diletante es todo aquel que sabe diletar con abundancia de conocimiento sobre la materia que toque en el momento de su diletación sobre el asunto que fuere. Cierto que ningún diletante es profesional en la materia, sino un aficionado en poco o en mucho grado, pero no dileta igual un diletante que sabe poco sobre una materia, que otro que casi sabe tanto como un profesional… ¡Hombre, cae de cajón! ¡Este último es un verdadero diletante! Incluso un profesional sobre la materia diletantizada en ese momento y que se halle presente durante la diletación que sea, podrá darse cuenta de lo bien que dileta sobre la cosa el diletante experto. Y si le hace alguna pregunta capciosa para hacerle caer en algún error, puede llevarse la desagradable sorpresa de que el diletante le devuelva perfectamente contestada la pregunta, pero envuelta en otra pregunta que a lo mejor el profesional no es capaz de responder, por lo cual intentará iniciar una bien disimulada escurribanda a fin de alejarse de allí antes de que se enteren los demás que él es profesional…

Por el contrario, el diletante falso, el que dileta pero sin saber hacerlo en profundidad porque le falta conocimiento, caerá en seguida ante las opugnaciones de los circunstantes en cuanto diga algo incierto o inconveniente sobre la materia de la que se esté tratando, descubriéndose que es un diletante “aficionado”, y quedándose enseguida solo y sin “auditorio”, ya que sus circunstantes al no poder ver provecho en la cosa y ante la mofa de algunos del corro, se irán yendo entre risas o comentarios sarcásticos. Y el diletante habrá entonces de aceptar, aunque sea malamente, la malparanza de su discurso por su poco y ralo conocimiento del asunto del que iba la cosa… (La próxima vez, si no es un “cascosligero” no se entremeterá en otra conversación para diletar alegremente a menos que sepa bastante sobre el asunto. Así es como se aprende a diletar. Pero hay que llevar bastantes fracasos primero y estudiar muchas materias también, para convertirse en un buen diletante, ¡un diletante verdadero!)

Así, podemos ver, a través de estos ejemplos, que en efecto, aunque todos los humanos somos diletantes por naturaleza, el oficio hay que aprenderlo. Y, entretanto, hay dos tipos de diletantes en la vida bien diferenciados: Un grupo pertenece a los diletantes verdaderos, como venimos diciendo, y otro a los falsos diletantes, o pseudodiletantes, como también podríamos llamarlos. Cierto que, a nivel “académico”, (dado que no hay estudios académicos ni titulaciones oficiales), todo humano es, ciertamente, un diletante en potencia en todos los casos y bajo todas las apariencias. Pero, sin embargo, ante las circunstancias de la vida, cuando toca a diletar entre una cantidad de gentes que tiene una cierta cultura general, el diletante verdadero y esciente dileta con extraordinaria facilidad y sabiduría sobre el asunto que toque, mientras que el pseudodiletante es sólo un hablistán indiestro cuyo discurso siempre sufrirá detrimento por su ignorancia sobre la materia tratada. ¡Y no se puede andar así por el mundo!

Un buen diletante, por ejemplo, cuando se encuentra en algún corro de gentes, sean amigos, compañeros, seres cercanos o lejanos, conocidos o desconocidos, y ve lugar en la conversación para poder lucir sus conocimientos sobre la materia tratada en ese momento, intervendrá, no sólo para alimentar su ego y salir contento del debate, sino mismo para que este no cambie de signo y no se vaya, por derivación, a otro tema del cual ya no se halle en disposición de diletar, porque entonces perdería su preponderancia discursiva y tendría que dejar el debate para que lo tomase otro diletante con saber sobre el nuevo tema, cosa que no concibe un ego dispuesto a ser el protagonista de cualquier cuestión que se presente para alardear de sapiencia y conocimiento sobre la cosa…

Y es que el buen diletante es, por encima de todo, un ser orgulloso y hasta algo repelente en su afán de darse a conocer como un entendido de cualquier tema, cuestión o asunto que se tercie cuando la ocasión se presenta para ello. No es de extrañar, pues, que ante una conversación que va por derroteros en donde uno sabe lo suyo de la cosa tratada, que se inmiscuya “libremente” en la tal y ponga en práctica su discurso metiéndose en medio, primero de manera modosa hasta coger confianza, y luego cada vez más activo y encendido hasta que logra tener casi él solo la palabra, dados los muchos conocimientos que demuestra tener sobre la cosa y en donde los demás pueden acabar de dos maneras, según sea su orgullo personal:

A)- Que unos, por su terquedad en querer que las cosas sean como ellos dicen, se pongan a “lidiar” de manera ardionda y pugnaz, procurando contradecir y deshacer las argumentaciones del diletante, y acabe la cosa en una ristra de descalificaciones e improperios en donde simplemente se provoque una escurribanda o se abandone el tema al irse de madre ya las palabras y no guardar relación alguna, finalmente, con aquello en lo que se iba, con lo cual aquí se acaba la reunión o el tema, sin más; situación esta que suele darse más a menudo de lo debido cuando las cosas no van al gusto de todos y sobre todo si hay quien se sienta herido en su amor propio porque le han desmentido eficazmente alguna teoría o le han quitado el protagonismo en algo, o le han dejado en ridículo, cosa esta última que duele más y que casi siempre es la mayor causante de situaciones de este tipo…

B)- Que la cosa vaya tomando interés y los circunstantes vayan preguntando cada vez más, con lo cual dan lugar a que el diletante se pueda explayar larga y tendidamente sobre la cuestión en debate, lo que, además, servirá al mismo para remozar sus argumentos, y seguir llevando la voz cantante hasta que la conversación o el debate se acabe…

Si el lance es como en el primer caso, como se comprende, el diletante puede a veces salir mal parado del debate, y no precisamente porque no pueda tener razón en sus argumentos, sino porque durante el pulsear dialectico, el contendiente, o los contendientes opugnadores, heridos en su orgullo por la causa que sea, pueden acabar agrediéndole si los ánimos se caldean y llegan al punto finible de la paciencia donde, perdiéndose los estribos, se puede acabar, luego de insultos y badomías, en zurribanda de considerables daños…

Si por el contrario, el lance fuera como en el segundo caso, el diletante tendría un placer especial que le duraría horas, e incluso días de recuerdo agradable y de regodeo mental por haber “sentado cátedra” sobre el tema que fuere, ya que, de todos los circunstantes, era él el que tenía la máxima información, la máxima sabiduría como asertor, y sobre todo, el que daba valor, o se lo quitaba, al comentario de cualquier otro circunstante que tomara parte de la conversación… ¡Esto sí que alegra, templa y emociona al espíritu del diletante!...

Y es que el diletante no sólo es un auto-godeador sino que también, a la vez, va más allá de la cosa y, como dicen los gallegos, “recunca”; es decir, repite, pero lo hace de inmediato, y le dura horas el placer, por lo cual, en el fondo mismo de su alma resulta que es un auto-regodeador. O sea, que godea al menos dos veces. Pero de normal, lo hace muchas más que dos, pues le queda el sabor y el regusto de la cosa y luego se recrea mentalmente en lo bien que le salió el discurso, y en lo bien que refutó los argumentos del oponente, y en lo bien que adornó literariamente su alegato, y en lo bien que usó el conocimiento científico para deshacer la tesonería del antagonista y puntualizar la cuestión de manera clara y favorable, ante el aplauso de los circunstantes…

Diletar es cosa seria para los amantes de la diletación, los verdaderos puristas diletánticos, aquellos que convierten en arte el mismo acto de diletar porque lo hacen por vocación. Y hasta posiblemente pueda esto resultar cosa genética, aunque de hecho no se han realizado al presente, (todavía) estudios fisiológicos, ni análisis de ADN buscando el gen causante de provocar la diletación pasional en los individuos. Ahora bien, el asunto de diletar, y diletar con gracia, con garbo, con prestancia, con soltura y con liberalidad sobre el tema o los temas en cuestión, cuando toquen, no es cosa simple ni liviana en ningún caso, sino que requiere, ciertamente, buen temple de nervios, seguridad en los conocimientos, tácticas de exposición retórica, capacidad interpretativa, y una buena sindéresis para juzgar las posibilidades de las variantes posibles que salgan del tema, y sacarles provecho ventajosamente…

No cabe duda, pues, viendo las cualidades necesarias para llegar a ser un dominante de la cosa esta de la diletancia “profesional” (o, cuando menos “semi-profesional”) que el diletante es una persona realmente especial, tanto en sus conocimientos, como en sus estados sentimentales (dominador de sus emociones), como en sus “prodigancias” verbales discursivas, que tienen que ser realmente interesantes para que el público circunstante, sea poco o mucho, (o un simple corro de amigos), se pare a escucharle y a debatirle sus argumentos durante horas, como ya se ha dado el caso…¡Eso es ser, de verdad, diletante! ¡Un verdadero diletante! ¡Y de estos, créanme, hay muy pocos! Y cuando se da con uno, vale la pena pararse a escucharlo, e incluso a discrepar pulseando en contra de sus argumentos, aunque sea sólo por el placer de ver, oír y sentir, como se defiende, como se enardece su ánimo y como la diletación coge visos de mayor complicación y elevada ciencia a fin de confundir los argumentos del osado circunstante que se atreve a poner en duda alguna de sus opiniones, cuáles sean.

Y ya que somos fotógrafos y hablamos de fotografía por dónde quiera que vamos por la vida como talentos del dominio de la cámara, técnicos en manejos del diafragma, administradores absolutos del obturador, domadores incansables de la luz, creadores impenitentes de imágenes y otras zarandajas derivadas del asunto este de la cosa fotográfica, a menudo, no siendo la mayoría de los “fotógrafos” más que simples “aficionados” que sólo conocen lo superficial a base de la “ciencia” empírica del ensayo por error y acierto la mayor parte de las veces y no saliendo de la vulgaridad de la simple toma, revelado y copiado, se nos ponen a diletar sobre la cosa fotográfica como si fueran verdaderos virtuosos del asunto y supieran y conocieran sus intríngulis más profundos, científicos y técnicos…¡no sabiendo nada más que simplemente disparar, revelar y hacer copias de montón, sin otras connotaciones técnicas ni artísticas! Y la verdad es que, cuando el “fotógrafo” menos sabe, más alardea delante de otros fotógrafos que a lo mejor, sí, tienen oficio, conocimiento y probada solvencia técnica en la cosa de la imagen desde todas las perspectivas intelectuales, técnicas y científicas… ¡Y no les queda, a estos últimos, más remedio que “oír y callar” , para no armar una trifulca, o bien escurrir el bulto de la manera más audaz y disimulada para que no se note la cosa de que se trata de una escurribanda precautoria, a fin de no ofender al diletante en cuestión, dejándole con el discurso en la boca…

Y es que el aficionado inmaduro, en cuanto alcanza a positivar unas cuantas fotografías, se cree ya el dueño del cotarro, y se piensa que ya ha alcanzado la maestría suficiente como para estar a la altura de los más egregios y rumbosos fotógrafos que han tardado años en lograr sus conocimientos y su experiencia y habilidad en el dominio de la cosa fotográfica en todos sus aspectos, cuantos sean, para hacer la labor que hacen y mostrar las imágenes que sólo ellos pueden mostrar por sabiduría, conocimiento y práctica del oficio…¡Que no es llegar y embarcar, como se creen algunos que, tras el pertinente curso de Ayuntamiento, Agrupación, o del “Máster” de la casa comercial, ya se creen haber alcanzado el culmen del oficio y el criterio del fotógrafo consagrado!

Y lo peor de todo, no es el intento aquel de colarnos un discurso “técnico” sobre alguna cuestión concreta para que veamos lo que sabe y cuánto sabe, no, sino aquello de que nos discursa entonces con parafernalias abstractas de aquello otro de:

“…la imagen conceptual sobre la generatriz de la idea concepto-objeto-lectura-efecto, bajo la tangencia de la angulación de la luz que incide solapadamente por la oblicuidad de la fuente generatriz de la radiación luminante…”

Siguiendo con aquello otro de:

“…el ángulo de toma y la importancia de la “condición de Scheimpflug” para la nitidez general de la imagen mediante la proyección corregida de la perspectiva óptica por la modificación del plano de los montantes de la cámara técnica, sólo se puede aplicar si el montante móvil se puede desplazar, para lo cual hay que aflojar el tornillo de sujeción que lo impide…”.

Para luego advertir sobre la importancia del revelado en busca de:

“…el gradiente de borde de una emulsión de alta acutancia, como complemento para el mismo fin de lograr alta nitidez general, sólo tiene objeto si el fotógrafo tiene en cuenta este parámetro y la película tiene facultades para responder al tratamiento…”

Y dejar caer, de paso:

“…la importancia de los cristales crown asociados a los cristales flint para la mejor calidad de los objetivos, (como los suyos), sobre todo los que contienen tierras raras ,que por resultar ligeramente radiactivos pueden alcanzar mayores “profundidades” de reproducción del objeto, por lo cual habría que calificarlos de objetivos “ojo de Superman” para poder distinguirlos de los objetivos normales y corrientes, y del famoso Tessar “ojo de Águila” de Zeisss, que tiene menos “alcance” de profundidad registrativa…”

Así como hacer destacar con gran solemnidad

“…el silencio silencioso (porque hay silencios ruidosos) de las cámaras telemétricas (cómo “su” Leica), para hacer fotografías en la ópera y en sitios sagrados, ya que de no ser así el ruido del disparo puede sobresaltar a las divas, por ejemplo, o a los sacerdotes, y hacer que pierdan solemnidad los actos por lo cual se tomarán berrinches de campeonato que obligarán a indicarle que debe de aceitar su obturador….” (Es que los del teatro o del acto sacro no tienen por qué saber que los obturadores de cortinilla siempre son ruidosos por naturaleza, y no es cosa dependiente de estar o no aceitados…)

Y sin que falte en la diletación magistral, de nuestro diletante “egregio” el explicar con pelos y señales:

“…la potencia logarítmica del alcance de “su” nuevo objetivo apocromático con el último invento de poseer cuatro lentes de aberraciones negativas y seis lentes de aberraciones positivas que dadas sus interferencias mutuas se anulan entre si las tales aberraciones, y dan como resultado imágenes de súper nitidez nítida con acutancia de elevada cota en simbiosis de muy alta resolución lineal, geométrica y aesférica, y no deslumbra, ni jamás da “flare” en los contraluces por la desinterferencia de las interferencias desinterferenciadas…”

¡Y ahí queda la cosa! ¡Para que se enteren los circunstantes!...

¡”Haberlos, haylos”, desde luego, como dicen los gallegos acerca de las bruxas! Y es que el diletante impenitente, aunque no tenga oficio alguno en la cosa de la diletación, no puede por menos de intentar hallar la aprobación y el consenso de sus congéneres afines en su profesión o afición, y suelta así la tira de parrafadas, incluidos los últimos conocimientos adquiridos de última “alta-ultra tecnología”, para lo cual busca en Internet si hace falta, y se asegura en Wikipedia de que todo sea correcto y todo se halle en orden correlativo en su mente para el momento en que concurra la oportunidad de diletar. Sobre todo, si la oportunidad se le da entre los de su misma afición, profesión, o gentes interesadas en el medio, a los cuales quiere dejar apabullados con su conocimiento y estar al día sobre la cosa…

Pero, ¿por qué los fotógrafos, a este respecto, son los peores diletantes de todos los tipos de diletantes que existen sobre todas las otras demás materias de diletación general? ¿Qué urge dentro de la mente del “fotógrafo” para intentar sacar de sus interioridades mentales diletancias tan “sofisticadas” , y siempre poner por delante aquello de que ha adquirido, tiene y posee, lo más moderno en equipo?: El más moderno cuerpo de cámara (y el más caro, además); el objetivo más potente, más sofisticado, más preciso y más innovador en diseño interno y externo, entre otras cosas, por ejemplo. ¿Por qué van a las “quedadas” para hablar, diletando, de lo buenos que son, de su intrepidez para sus tomas, de sus estrategias de “caza” fotográfica, de sus “arriesgadas” aventuras y otros avatares, y nunca presentan fotografías, y cuando lo hacen, estas desmienten todo lo que han dicho por lo malas que son? O, ¿por qué consideran todos ellos que “sus” fotografías son realmente buenas mientras que consideran, malas o simplemente regulares las de los demás, cuando todas ellas (las suyas y las de los otros), son simples imágenes de montón que no tienen ni aportan valores de ningún tipo?

Y esta sensación de que los “fotógrafos” son malos diletantes (malísimos), no es sólo mía: La comparten muchísimos fotógrafos consagrados y que han demostrado en innumerables ocasiones que realmente son buenos, y sus imágenes transmiten, se envidian, se aprecian, se recuerdan y se tratan de imitar, incluso. ¿Por qué pues, estos, cuando se hallan en medio de otros muchos fotógrafos que diletando hablan y hablan de sí mismos y de sus virtudes, de la parafernalia de sus equipos, de las últimas adquisiciones y de “sus” hazañas y logros con ellas, estos otros fotógrafos consagrados se sienten fuera de lugar, se aburren y guardan silencio con gestos de indiferencia y fastidio interno, deseando marcharse, o marchándose, simplemente?

Y desde que la industria digital, por lo fácil que pone las cosas ha permitido entrar a ser “fotógrafos” a miles de adquiridores de cámaras digitales, la cosa se ha disparado de tal manera, y hay tales estilos de diletaciones “frikis”, livianas, inmaduras y vacías, que realmente asombra el hecho de que las gentes puedan caer en tales vanidades que no aportan nada más que esa misma vanidad de la que se presume y la cual se ostenta mediante la “colgadura” al cuello (para deslumbrar y dar envidia o para sentirse alguien) , de las últimas adquisiciones en cuerpos de cámaras, objetivos, o otros accesorios, y el diletar sin cuento sobre ello intentando restarle importancia a todo lo mismo, de los demás…. ¡No lo entiendo, de verdad! ¡La diletación del fotógrafo, no se parece en nada a la de los demás diletantes de otras cosas, aficiones y quereres!... ¿Por qué esta diferencia? (¡Menudo tema para los psicólogos y los psiquiatras!)

Pero la diletación, como veníamos diciendo, es libre. Estamos en la Cultura de la Democracia, en dónde todos tenemos el libre derecho de hablar y hacernos oír. (Otra cosa es que se nos quiera escuchar). Estamos en la época de la liberalidad diletántica, y sólo se puede optar por dos cosas: O escuchar, para ser escuchado, (cómo hacen todos los modernos “fotógrafos” que van de quedadas para alardear de equipos, saberes y haceres, aunque no enseñen fotografías que lo confirmen), o bien no ir y quedarse en casa sufriendo por no poder diletar y hacerse valer, por cuanto el equipo que uno posee se le ha quedado obsoleto y no quiere hacer el ridículo, ya que no tiene en ese momento dinero suficiente como para comprarse la última generación digital e ir a dar envidia y de paso alardear de lo buena que es su cámara, lo sofisticado de su captador ultra pixelado, lo potente de su objetivo, y de las magníficas fotografías que le permite hacer, aunque nunca llevará consigo ninguna para corroborar la cosa…

¡Y es que el mundo de la diletancia general, es uno, y el mundo de la diletancia “fotográfica”, es otro! ¡Qué duda cabe! (Y vuelvo a decir: ¡Qué tema más interesante para los psicólogos y los psiquiatras!)

¡Pues la cosa va así! ¡Y va para largo, no creáis!...


Xosé Gago
Abril 2010
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