De adjunciones, alboroques y alcarrazas. (Junio 2012)

Filosofaciones sobre cosas de la vida cotidiana.




Adjuntar ha sido siempre una constante en la vida del hombre sobre la tierra, que no vive día alguno de su vida que no adjunte alguna cosa a algo o a alguien, pues parece que es una pasión del alma el desearlo, y una necesidad del cuerpo el hacerlo. La adjunción, pues, es como cosa genética que, acomodada en la mente, ejerce su criterio adjuntante desde las flexuosas y encarrujadas neuronas. Y el cuerpo, como ejecutante, adjunta a lo que sea lo que haya que adjuntar, acordado también, singularmente, en las neuronas, y llevado a la práctica por las manos, habitualmente, siguiendo normas de códigos ancestrales cuyo atavismo es perenne en los adentros y afueras de la raza humana desde los tiempos remotos de cuando el Homo pensante empezó a dar adjunciones a todos sus congéneres, porque sí.

Claro que, muchas adjunciones no traen consigo más que fastidio, cansancio, tedio o laxitud, según lo que se adjunte; pero otras adjunciones traen alegría, alborozo, fiesta y complacencia, mientras dure la cosa, la que sea, que se haya adjuntado, y mientras esta no se agote, estropee o aburra. Así, nuestros ancestros, por ejemplo, cuando salían de caza, adjuntaban todas sus herramientas o armas de caza a los más jóvenes que con ellos llevaban, y tenían que hacer de portadores de toda aquella “adjuntatura” que pesaba la tira.

Y estos adjuntados jóvenes, sólo esperaban el momento de llegar al lugar de la caza para que cada cazador le desadjuntara su lanza, o su hacha de piedra, o su arma, la que fuera, y así podían descansar un rato, mientras ellos cazaban. Luego de la caza, no solamente volvían a adjuntarles los mayores a los más jóvenes las armas, sino que entonces también les adjuntaban las piezas cazadas, con lo cual las adjuntaduras de los ancestros eran adjuntaduras de gran calibre, peso y responsabilidad… ¡Y sobre todo, esto último, pues no es cosa de perder el guisando; es decir, la comida o el objeto del guisado o lo que se va a guisar, en el camino de regreso a casa!...

Pero había también adjunciones de las otras; de las buenas; de las festeras y plácidas. Por ejemplo, y para seguir con lo de los ancestros, cuando llegaban a la tribu con un buen jabalí, corzo, o lo que fuera la caza, se lo desabjuntaban al joven o jóvenes que lo traían, y se lo adjuntaban a algún amigo o pariente que era un excelente cocinero para que hiciera uno de sus guisos más preciados. En este caso, la adjunción era muy bien recibida, no solamente por el amigo o pariente cocinero, sino que se alegraba toda la tribu de tal adjunción, que, al contrario de las otras adjunciones, (había muchas otras y disímiles) era una adjunción alegre y festera, además de comestible, pues la participación era general, y la fiesta duraba mientras el cuerpo aguantara incluso luego de haberse agotado el cuerpo mismo del guisado…

El alboroque, la fiesta, el banquete, no era por si solo lo más llamativo del festejo y comilona, sino que, a todo ello, se usaban los contenidos guardados al efecto en grandes alcarrazas de barro que contenían diversos tipos de licores que las mujeres del poblado o tribu preparaban con raíces, jugos de plantas y jugo de uvas. Uvas en unos tiempos atrás silvestres, y en tiempos más adelantados, uvas ya “domesticadas” y de buen hacer vino como Dios manda y que alegraban con su espíritu vinático también aquellos espíritus rupestres de los ancestros en su promiscuar estomacal de adjuntar vino a la comida en aquellos alboroques adventicios, (o no tan adventicios) que solían hacer cuando las circunstancias lo permitían…

A día de hoy, estas atávicas costumbres aún se conservan dentro de los cerebelos humanos, y desde allí se induce al cerebro a desarrollar parecidos alboroques, pero con el fausto y bambolla que la actual cultura culinaria y económica permite, y, sobre todo, cuando el banquete pueda ir a cargo de todos los ciudadanos contribuyentes, que entonces ya la cosa puede entreverarse o promiscuarse más adecuadamente con adjunciones tales como el centollo de las rías gallegas y nécoras a juego, además de camarones, cigalas, gambas y algún que otro “marisco mayor” como las buenas langostas con salsas variadas y otros peteretes culinarios…

Los alboroques modernos, pues, (los de nuestra avanzada y científica civilización actual), han cambiado enormemente en sus contenidos y adjunciones, y también en sus realizaciones materiales; pero, en el fondo, siguen teniendo esas mismas y “místicas” connotaciones ancestrales que, bien por atavismo congénito-cerebral o simplemente por cuestiones de placer corporal, paladial y estomacal, así como por la fruición mental-filosófica-voluptuosa asociada a los manjares, los olores y los gustos, simplemente se celebran como fiestas de gran placer, lujo y derroche, para “catecúmenos” de escogidas amistades, poderes, y glorias…

Las alcarrazas, vasijas ellas de arcilla porosa para mantener los líquidos fríos por la evaporación de líquido a través de sus poros, resultan imprescindibles en tiempos de verano para combatir la sed con algo realmente fresco que dé alivio al cuerpo y aporte frescor al mismo para satisfacción de los sentidos y bienestar de la mente. Como normal, las alcarrazas tienen un fin bien determinado en sí mismas y en su utilidad, pero también en su ingenieril diseño de resultar porosas forzosamente en cierto grado, y no estancas totalmente, con lo cual perderían su preciosa virtud enfriadora, refrescante y satisfaciente.

En los ambientes selectos, actuales, dotados de acondicionadores de aire y otros lujos para el verano más caluroso y fiero (o para los inviernos fríos y duros, si es el caso) ya no se usan las alcarrazas; es decir, no se adjuntan ni como mobiliario decorativo, ni como útil portador de líquido refrescante. Y no porque les falte utilidad precisamente, sino porque son normalmente vasijas rudas, poco elegantes en general, y que manchan manteles y otras prendas con su rezumar continuo, por lo cual se reemplazan por mejores “vasijas” y llenas o adjuntas de mejores caldos, con marcas exteriores de afamadas firmas y con marbetes de lujo que las hacen elegantes y finas; con sensuales olores y sabores interiores de gran lujo y precio (sobre todo este último, que contribuye, y contribuye mucho, a su aprecio), y con gran ceremonia en su presentación, aunque luego su participación se haga sin ceremonia alguna, y, si hace falta, “a morro” mismo, como suele decirse, cuando ya uno está caliente, y no precisamente por el calor del día o de la estancia, sino por el mismísimo ardor interno que tales fastuosos caldos levantan desde el estómago hasta las mismísimas neuronas. Y, por llegar bien y fácil a las neuronas, a tales caldos se les tilda de “licores intelectuales”, por aquellos que saben y entienden de la cosa de caldos y de ciencias…

Las alcarrazas, pues, en la sociedad moderna de lujo, no se usan; no se adjuntan a los banquetes, fiestas y celebraciones, y tan sólo el trabajador humilde, el hortelano y el rústico patán de pueblo echa mano de ellas para poner algo de frescor en su vida veraniega de trabajo o reposo; y con mucha más abundancia y razón, los que viven en climas cálidos por sí, donde los veranos son verdaderamente tórridos y exhaustivos. La alcarraza, aunque nunca fue una vasija ilustre o ilustrante, por lo poco que puede enseñar, sin embargo siempre fue una vasija refrescante, y, además, sudante. Sudante en similitud y concordancia, como el mismo trabajador que transpira por el trabajo de ganarse su pan cotidiano, si bien la vasija no lo hace por esa causa precisa…

Y, aunque la vasija transpira de suyo como una virtud inherente a la propia idiosincrasia de su composición barrosa y terrena, (pues al fin el barro no es más que tierra lodosa), a la alcarraza y al hombre le unen muy fuertes lazos de intimidades ancestrales, pues tanto el uno, como el otro, comparten la misma tierra, el mismo barro, el mismo lodo creador que les dio forma y figura, si bien la forma y figura de cada uno fue realizada por mano bien diferente, pero usando el material al que nosotros debemos lo que somos y el botijo también.

No es bueno pues, en nuestras fiestas de lujo y placer, el despreciar a nuestra casi más cercana “parienta” la alcarraza, en eso de los orígenes comunes, a favor de adjuntar otros envases de materiales vidriosos de más fama y precio y llenos de alazanes líquidos que, al fin, por ser de las cepas, son también líquidos “ceporros” a pesar de su bella apariencia y su sabor embriagante, puesto que, por ser “ceporros” de origen, también hacen al fin “ceporros” a los hombres que abusan de ellos, y los hacen olvidar los principios comunes y los parentescos salidos de la tierra y el lodo creador a los que se les debe, o les debemos todos, sin lugar a dudas, el ser, el estar y el disfrutar de todos ellos, en el devenir diario de estar en el mundo…

Porque, el contenido normal de las alcarrazas, no es en ningún modo un líquido “ceporro”, sino también aquel otro líquido especial, íntimo e imprescindible que, al fin, y junto con el barro, conforma prácticamente, y de forma adjunta, las tres cuartas partes del conjunto de nuestros cuerpos. Es cierto que las alcarrazas, en su ardiente someterse al fuego han perdido su agua molecular, pero, a cambio, se permiten contenerla en mayores cantidades en sus propios continentes para exudarla muy, muy lentamente, como si fueran seres vivos que sudan trabajando, y mantenerla fresca y pura para los seres realmente vivos que también la exudan, pues, nuestras semejanzas mutuas nos vienen tanto de naturaleza propia, que parecemos almas gemelas alcarrazas y humanos, en muchísimas cosas comunes. ¡¡Porque, comunes, lo que se dice comunes, lo somos, como dos gotas de agua con respecto la una de la otra, o como en origen, un hombre y una alcarraza!! ¡¡Qué barro somos, y al fin barro seremos, aunque nos lo olvidemos por inconsciencia e irreflexión!!

Y volviendo a las adjunciones: A los hombres se nos adjuntan prendas, encargos, favores, deberes, placeres (estos últimos nos los adjuntamos nosotros solos, si hace falta) y muchas otras encomiendas que la vida tiene, obliga y exige, por costumbre, tradición o folklore, entre otras cosas. Y los alboroques, fiestas, banquetes y demás fastos y babilónicos boatos que los puestos de poder, canonjías y prebendas permiten, no son otra cosa que adjunciones propias o ajenas que nos permitimos tomar, hacer o encomendar, para sentirnos completos, realizados, admirados y queridos, si así puede ser la cosa, a costa mismo de dineros ajenos, provenientes, casi en todos los casos, de dineros públicos que corren a cargo de todos los contribuyentes de un País, Nación o Estado que se precie, con lo cual las “comidas de trabajo”, las merendolas ídem, y las “cenas honoríficas”, resultan de una plenitud y llenura totalmente solemne, ritual y litúrgica en sus protocolos, adjunciones varias, y magnificencias gastronómico-laborales-honoríficas…

Los alboroques que llegan tras estas esplendideces rituales y que ponen broche a tan altos faustos y babilónicos banquetes, acaban casi siempre en agasajos, dándose regalos los unos a los otros, y grandes alabanzas en medio de manifestaciones de rituales específicos levantando copas, bebiendo en ellas, y llenándolas de nuevo para no dejar de brindar seguidamente por otra causa, lisonja halago o promesa, entre fumada y fumada del puro de lujo y el vaciado subsiguiente de la copa del envidiable y selectísimo licor… Entretanto, la alcarraza está olvidada y exenta de las participaciones sociales de hoy en día, y también, por ello, libre de ver nuestras desaforadas actitudes luego de haber tirado al estómago unas buenas dosis de aquellos lujosos licores de las etiquetadas botellas de gran precio y sabor, adjuntos a nuestros banquetes. (Muchas veces simplemente valorados y apreciados por lo que cuesta cada botella, que por lo que realmente tienen de bueno, sabroso y útil para el cuerpo).

De esta manera, la usencia de las alcarrazas en nuestras fiestas y banquetes actuales nos libra de aquella filosofía de conciencia que su contemplación adjunta nos traería a la mente, al hacernos recordar que tenemos un mismo parentesco; un origen totalmente común; un mismo principio cósmico, si queremos verlo por la parte metafísica que nos toca, y, posiblemente, un mismo fin, convertidos en polvo al cabo de los años, si bien potencialmente la alcarraza tardará mucho más tiempo en convertirse en polvo, que nosotros…

Incluso la alcarraza nos podría hacer recordar que tenemos en común un mismo contener el preciado líquido del que estamos compuestos en sus tres cuartas partes; es decir, el agua, lo que nos podría recordar también que somos seres frágiles y huidizos ante la misma eternidad que nos está persiguiendo y alcanzando para, mediante la muerte y la descomposición microbiana, quitarnos el agua que poseemos como medio vital inconcuso, junto con el lodo, y volvernos a hacer barro seco y devolvernos a nuestro original estado de ser nada más que eso: barro seco: producto natural de la tierra, sin más connotaciones que esas… ¡¡¡Qué miedo da el pensarlo sabiendo lo bien que se está pasando mientras la cosa esta de no parecernos en nada al barro y al agua, dura!!! ¡¡Pues que dure!!, sería la respuesta de cualquiera; y seguirían todos en sus alboroques y en el olvido de la humilde alcarraza, a la cual no se puede invitar o adjuntar a nuestras fiestas y banquetes porque puede excitar el pensamiento, la filosofía, la meditación, y despertar la sindéresis, y ello no conviene.¡¡Con lo bien que se pasa de fiesta y alboroque, mientras dura, sin pensar en nada más!!... ¡¡¡Pues que dure!!!, volverá a ser la respuesta, e incluso la respuesta del más reflexivo y “sensato” de nuestros contemporáneos…

Siendo así; es decir, hallando esta respuesta al tratar sobre este tema, ¿para qué voy a seguir hablando de la cosa?: Aquí lo dejo, pues. Tú, amigo lector, ya tienes bastante sentido y conocimiento para que, si el tema te interesa, puedas seguir con él de buena manera. Tú verás lo que haces: Yo ya he cumplido, pues, de adjunciones, alboroques y alcarrazas, ya he hablado. Las adjunciones que tú quieras tener, aceptar o llevar en la vida; los alboroques que quieras vivir y cómo, y el disponer o no de alguna alcarraza para poder meditar mismo junto a ella de vuestro mutuo parentesco y la similitud de los contenidos de vuestros cuerpos, aunque distintos, en la cantidad de agua, es cosa personal y de tu única decisión, según quieras o no quieras filosofar del asunto…

Yo, como ya he dicho, he cumplido, y aquí lo dejo....



Xosé Gago
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