De inconsultos, indiestros, diestros y ambidiestros. (Agosto 2012)

Filosofando sobre cosas de la vida, me hice estas reflexiones:




Lo inconsulto es aquello que se hace sin moderación ni consejo; sin reflexión previa y sin haber consultado con alguien, o, al menos, como se suele decir, sin haberlo hecho con la almohada. Consultor eseste (la almohada) que, aunque callado y silencioso como almohada que es, resulta un excelente medio de conllevar la vida y las penas, pues ni es chismosa, ni voluble ni vulpina, como lo son las personas muchas veces…

Y en esta vida hay mucho inconsulto; mucho hecho a casquete quitado; mucho realizado con tres luegos, sin reflexión, sin apoyaturas, sin visuras previas, cometiéndose así errores de a folio que no tienen mucho remedio una vez consumados, excepto a base de pérdidas de tiempo, dinero y materiales, si el caso los llevara. La mayor parte de la gente es indiestra, no hábil para resolver con soltura, prontitud y eficiencia muchas circunstancias que, bien fortuitas o provocadas por anteriores negligencias, descuidos o errores, suelen ocurrir o aparecer durante el devenir diario de la vida de uno, en donde sea que se encuentre o esté trabajando.

El hombre indiestro, en una labor cualquiera, más que hacer deshace; más que arreglar desarregla; más que componer descompone, y más que rendir, no rinde… Y en ello, en el caso de una labor cualquiera, para la destreza no sirve la edad, en absoluto, (aunque es importante, no cabe duda) sino la práctica y la investigación; el conocimiento del asunto en cuestión y su total dominio del tema, sea concepto intelectual, medio técnico o máquina mecánica que manejar.

Normalmente, la acción inconsulta, es siempre la acción de un hombre torpe, pero que se cree listo, y que, por lo tanto también cree que puede hacer las cosas, las que sean, por sus propias determinaciones, sin necesidad de pedir opiniones y otros pareceres para ponderar y sopesar las cuestiones a tener en cuenta con respecto a algo o a alguien. Este tipo de persona irreflexiva y “segura” de sí misma hasta el punto de no buscar otras opiniones, consultando y dejándose, si no aconsejar, al menos oír pareceres, es casi siempre un indiestro en potencia en las cosas de la vida, y va por el mundo juntando fracasos por su ineptitud y por su petulancia y orgullosa arrogación de ser autosuficiente para todo.

Y los inconsultos, las acciones efectuadas sin segundas opiniones, en la mayor parte de las veces fracasan porque el mundo tiene muchas formas de ser y de presentarse ante los hombres, y porque los hombres mismos piensan y sientes de muy distintas formas y maneras, y responden igualmente de muy diferentes modos y formas. Porque los criterios divergen y las opiniones varían y las razones se esgrimen en función de factores que uno muchas veces ignora, precisamente, por no pedir segundas opiniones o por no hacer caso de pareceres discrepantes en alguna materia importante, o no importante. La acción inconsulta, pues, es siempre una acción de riesgo; y, sobre todo en las cosas importantes, sean cosas de negocios o de sentimientos…

La “inconsultancia”, (¿podemos decirlo así?) es una constante del engreído u orgulloso ser que se cree más que los demás, y que por encima aspira a hacer las cosas él solo para luego recibir parabienes y congratulaciones de otros seres importantes, o, cuando menos, de la misma categoría social, política o religiosa, lo cual le hace dichoso y feliz. Es, en cierto grado y medida, un buscar la originalidad sin deberle nada a nadie y sin compartir meritos con nadie. Normalmente la acción inconsulta se hace para recibir uno solo el parabién y no tener que admitir que la idea fue de otro, o que otro hizo parte importante de la labor. Porque, en tal caso, de una labor compartida, uno es simplemente uno más entre todos lo que hubieren colaborado en la acción, cual sea, mientras que de la otra manera, todas las glorias (si las hay) son para uno mismo.... Así que, ¿compartir? ¡¡Para nada!!

El hombre diestro, avezado, experto, es una persona que, normalmente no suele tomar decisiones él solo cuando la cosa en cuestión es de suma importancia. Y, aunque esté seguro de lo que deba hacer para logar un resultado correcto y una buena terminación de la labor, negocio o lo que sea, prefiere buscar segundas opiniones para estar seguro de que no fracasará la empresa emprendida, sea lo que fuera la misma. Porque, consultando y buscando otros pareceres, es como se llega a un mejor entender las cosas sin que puedan quedar imponderables sin considerar, ya que las cosas todas suelen tener muchísimas complicaciones en función misma de los factores estadísticos, que suelen ser fluctuantes e indeterminados en multitud de circunstancias físicas, técnicas y comerciales, entre otras posibles. Y si el diestro, el experto, el capacitado prefiere consultar, oír a terceros entendidos en el tema y hacer balance de datos primero, luego de formular sus consultas, ¿qué no debiera hacer el indiestro, imperito él y con seguridad, chapucero? ¡¡¿…?!!!

Pero la vida es así: Está llena de, por un lado, indiestros, inexpertos, imperitos. Por otro lado, está llena, aunque menos, (bastante menos) de diestros, expertos, peritos… ¡Pero es que aún hay más!: Luego se hallan, a continuación, los ambidiestros, seres “intermedios” que, por su talante, su osadía, y su disposición natural, se hallan por un lado en la frontera entre lo diestro y lo siniestro, y, por otro lado son siniestros diestros, o diestros siniestros, que hacen de la vida un pandero y no hay cosa que se les resista, salga bien o mal el asunto. Porque ellos, los ambidiestros, tanto consultan, como no consultan, según tengan el día. Y unas veces domina el inconsulto, y otras veces domina el consulto; unas veces se callan y hacen, y otras veces hablan y también hacen. Lo de callar o hablar, es simplemente contingible, pero lo de hacer, es siempre una constante, salga la cosa bien, o salga mal, como ya se ha dicho… ¡¡Para algo son ambidiestros!!

La ambidextría, pues, es un “padecimiento” que lleva siempre en sí un talante de autosuficiencia consumada, y que, por poder tirar por la izquierda, o por poder tirar por la derecha sin problemas, (dependiendo simplemente de las circunstancias y sus ídem’s), nunca los demás podemos saber a ciencia cierta por donde realmente el ambidiestro habrá de hacer las cosas, pues tanto puede hacerlas por la derecha, como por la izquierda. O, a medio hacer, el ambidiestro puede cambiar de turno y hacerlo hacia el otro lado, lo cual para nosotros, los demás, esta incertidumbre nos deja en inferioridad de condiciones y quedamos siempre en desventaja de cara a lo que sea, y, además desconcertados... Y es que lo simétrico en la vida tiene su intríngulis, pero las manos, en sí, son ambas asimétricas, y, normalmente, nos servimos de ellas también “asimétricamente” en sus usos, pues no somos capaces de usar las dos de la misma manera, ni con la misma fuerza, ni con la misma maestría, ni con la misma destreza… ¡Y es que, la “destreza” de la mano izquierda, es siniestra! ¿Cómo puede pues, el ambidiestro, no serlo?

Y el ser ambidiestro en cuestión, como ya hemos dejado constar, por estar precisamente justo en medio, y ser fronterizo entre la izquierda y la derecha y con opción libremente abierta de izquierdear (es decir, irse a la izquierda, lo que se le da muy bien) o de “derechear” (meterse a la derecha, que se le da igual de bien), según el día, las constantes hormonales, la presión barométrica y la frecuencia isobárica, puede tender solamente hacia un lado, o simplemente puede irse simultáneamente a los dos lados, consultando y desconsultando a la vez, con lo cual dispone así de mucha más información y, en función de la media estadística obtenida, hace sus cálculos y acaba sus acciones de manera singular, con parte de indiestro en lo inconsulto, y con parte de diestro en lo consulto, con lo cual, en vez de quedar la cosa en tablas, suele ser un verdadero desastre.

¿Por qué?, se preguntara alguno. Pues por la simple y llana razón de que la “ambidiestrabilidad”, de hecho, aunque se la nombra y se la considera como el uso “correcto” y hábil de las dos manos, tal cosa no puede ser verdad. Porque una de las manos siempre es la izquierda, y, por muy hábil, expeditiva y mañosa que sea, ésta nunca puede ser una mano derecha como para poder decir que el ser ambidiestro existe, pues ello no es posible si la mano izquierda sigue siendo izquierda por muy ambidiestro que se le llame al ser que la tiene, además de tener también la mano diestra, o derecha…

Tal y como ya se ha dicho en un párrafo anterior, la verdad es que el llamado ser ambidiestro resulta, a fin de cuentas, y por ley propia de la naturaleza, ser en realidad en unos casos (o, unos individuos), siniestros diestros; es decir seres siniestros que son muy hábiles en ser diestros, pero son siniestros. (¡¡Lo cual es realmente siniestro!!) En otros casos, resultan ser diestros siniestros (¡el decirlo ya espanta!); es decir diestros que son hábiles o muy hábiles en ser siniestros, pero son diestros en ello, ¡y esto es siniestro!

Así, viendo la cosa bajo este esquema, llegamos a la conclusión apodíctica e incontrovertible de que el ambidiestro es realmente siempre, en toda ocasión y lugar, un ser siniestro, aunque sea diestro. ¡Diestro en ser siniestro, y siniestro en ser diestro! ¡¡¡Terrible, terrible, la cosa!!! Y el ambidiestro, por todas estas cosas, y por su complejidad, resulta peor incluso, ¡mucho peor!, que el simplemente siniestro o el simplemente diestro a secas. Pues el uno va de inconsultos por la vida, y el otro va de consultos también por la vida: Porque el diestro solamente es diestro, y nada más, y el siniestro es simplemente siniestro, y también nada más. ¡¡¡Pero el ambidiestro!!!...

(Nota: No piense el amigo lector que, porque se habla de izquierda y de derecha, uno se está refiriendo a la política. No; nada de eso: Simplemente se habla de cómo es la vida de manera general para las personas que la viven, y de cómo algunas de esas mismas personas que la viven son diestros (expertos), y las otras muchas personas son, por lo común, siniestros… ¡¡De política, nada de nada!! Porque también Martin Gardner tiene un libro titulado “Derecha e izquierda en el Cosmos”, y no trata en absoluto de política…)


Xosé Gago.
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