Égida, egipán, y egestión. (Dos "cosas" y un "montón"...) 21 Agosto 2012

Filosofando sobre que hay quien vive la vida, un montón de montones...





Según el DRAE, égida era la piel de la cabra Amaltea, adornada con la cabeza de Medusa, y que la mitología presenta como atributo de los dioses Zeus y Atenea, y derivada esta palabra del latín aegis, -ĭdis, y este del gr. αἰγίς, -ίδος, escudo o coraza de piel de cabra. De esta manera, significa, de forma general “escudo, protección, o defensa” (No confundir con hégira, era cronológica de los musulmanes, ya que, sin ver la palabra escrita, su fonética es muy parecida, y puede confundir al despistado).

En cuanto a egipán, éste fue un ser fabuloso, también herencia de la mitología, que era mitad cabra y mitad hombre, con lo cual resultaba ser un bicho tan raro como el centauro, (medio caballo y medio hombre) el bucentauro, (especie de centauro que tenía el cuerpo de buey o toro) el taurocéfalo (monstruo antropomorfo con cabeza de toro), el hircocervo (“pariente” de egipán, pues era un animal quimérico, compuesto de macho cabrío y ciervo), el semidragón, (monstruo que tenía de hombre la mitad superior del cuerpo y de dragón la otra mitad) y el grifo (medio águila y medio león) y otros etcéteras mitológicos de este tipo que todavía la arqueología moderna no ha encontrado en sus excavaciones, quizás por no haberse fosilizado y haberse podrido, o por estar todavía enterrados en capas muy profundas de los sustratos geológicos…

Por lo que toca a egestión, sin embargo, si bien es palabra ya antigua y en desuso, no significa nada mitológico ni fabuloso, aunque en esto de fabuloso bien pudiera serlo en algunos aspectos, pero más bien por la cantidad, que por la calidad, en algunas ocasiones. Porque, la palabra en desuso, egestión, solo significa, lisa y llanamente, excremento, caca, mierda, porquería digestiva como residuo metabólico del organismo, expulsada más o menos “limpiamente” también, (o no, otras veces) por el ano o efodo, luego de haber comido, digerido y dirigido hacia el exterior lo usado para alimentarse el ser, el que fuere… En realidad, la egestión no es ni más ni menos, que el descomer, dicho en palabras más vulgares y fáciles de entender por el común de los mortales, sin necesidad de otras explicaciones como las que hay que dar para que se comprenda lo que quiere decir egestión, por ejemplo.

Égida, llevada la palabra al uso común del lenguaje coloquial, es cualquier medio de defensa del que se pueda valer el hombre para su vida y supervivencia en el día a día de su caminar por este mundo en el devenir difícil de superar obstáculos, recelos, amenazas, y multitud de agresiones que la vida misma “propone” y “provee” cotidianamente por las muchísimas andaduras humanas, meteduras de pata y demás peripecias a las que el ser está supeditado en función de su propia conducta y la de los demás que lo rodean. Puede pues, ser la égida, o escudo de cualquiera, mismo la hipocresía, la mentira, la tergiversación de hechos, la murmuración sobre otros, la anfibología discursiva, el eclecticismo, (cuando convenga), el uso de subterfugios, los eufemismos y muchas otras “artes” defensivas que hagan, por poco, mucho o regular tiempo, la misma labor que un escudo de protección para librase de ciertos ataques que se hubieran producido de inmediato a falta de esta égida coloquial puesta en servicio más o menos hábilmente, por cada ser humano que se halle en conflicto con algo o con alguien en determinado momento de su vida y necesite recurrir a ello para librase prontamente de lo que sea, o lo que se tercie según las circunstancias…

Por lo que toca a egipán, en la vida moderna, habiendo éste sido un animal fabuloso, y dado que la mitología parece haber desaparecido del mundo moderno dado a aquello que la historia da a conocer como “el ocaso de los dioses”, desde donde, como fecha histórica, parece que todo lo relativo al Olimpo y sus relaciones con los mortales, así como los diversos estados “intermedios” de seres fabulosos y mixtos se ha extinguido o bien se han marchado de nuestro marco histórico social (y también del político, religioso, sindical y militar, al parecer) ya no hay manera de tener visión alguna del semicapro, la bestia cornuda homo-cabruna, o mejor, andro-cabruna (del griego ἀνδρός, andros, hombre) bajo aquel modo de ser y presentarse el bicho, cuando le daba por hacerlo ante alguien, por la causa que fuere.

Sin embargo, debe de saberse que, si bien el centauro, el bucentauro, el grifo y otros seres fabulosos de formas mixtas hombre-bestia han realmente desaparecido sin dejar rastro, en lo que es tocante al egipán, no obstante, parece que éste todavía está de actualidad, solo que bajo otra forma o morfología corporal con muy leves signos de diferenciación del género humano normal y corriente, y solo los expertos y acostumbrados al examen visual concienzudo y estando ya alerta sobre la cosa, pueden percibir aquellos signos que, a día de hoy, pueden diferenciar al egipán camuflado, actual, de los demás seres mortales que no lo son.

Al tanto de esto, (en lo de conocer al egipán moderno) están, en primer lugar, las gentes chismosas, (no se sabe qué tipo de cualidades perceptivas subliminales pueden poseer estas gentes para ello); los correveidiles; las vecindonas; las fregonas, (intrigantes ellas, murmuradoras, amigas del dizque-dizque) y, en general todas las paliqueras (de palique, charlatanería o “chismeancia”) y gentes del oficio comadreante de andar a la husma, propio de pueblos pequeños o grandes, y también de ciudades y, sobre todo, de suburbios capitalinos donde esto forma parte importante del devenir diario como cura inconsciente del estrés del diario vivir, aliviando las presiones y agobios de la vida por la boca, en el murmurar recalcitrante y a la vez relajante, que de ello resulta…

¿Y qué del egipán?, dirá el lector. ¿Dónde o cómo se oculta, o disimula su ser, el egipán moderno, del que aquí se está tratando? ¿Qué señales indican que lo es?...

Pues bien, el egipán moderno, primeramente se oculta bajo un cambio de nombre, lo cual ya disimula y disfraza convenientemente su ser, como tal, para no parecerlo, y tan solo cuando los susodichos seres humanos “captadores” de su fisionomía moderna, como lo son los correveidiles, paliqueras de oficio, vecindonas, etc., nos los descubren y describen, solo entonces, (y únicamente entonces) los demás mortales podemos saber como son, donde están, y por qué lo son… Ahora, en la actualidad, se ocultan bajo el nombre no muy pronunciable (no muy pronunciable, porque, si se hace en presencia de los mismos, uno puede llevarse una buena tunda que lo deje baldado) y que es el nombre de “cornudo”, “cornudente” “cornudista”, en sus formas vulgares; “cornígero” en lenguaje poético, (que tiene más fililí, ya que la poesía no hace distingos en el asunto de serlo; es decir, de ser poesía) y más ordinariamente, y tal vez de forma más chabacana y poco elegante, de “cabrón”…

Porque, aunque actualmente sólo portan cuernos subliminales o virtuales, como se prefiera decir, ostentan, si bien de manera levísima y prácticamente imperceptible, unas pequeñísimas señales (también subliminales y etéreas) a los lados de la frente que son, precisamente, los “corneros”, los asentamientos virtuales (pero por eso no menos reales) de los cuernos caprinos y “egipáneos” que los caracterizan y por los cuales, una vez se sepa quiénes son los susodichos, fijándose mucho uno, los puede percibir como pequeñísimas protuberancias insinuadas, si bien los cuernos, por ser totalmente metafísicos (pero reales, a efectos prácticos), no se pueden ver nunca, excepto que uno pudiera disponer de visión de rayos equis, como Supermán, el héroe americano de la criptonita… Sépase, sin embargo, que los “corneros” los tienen todos los hombres comunes, y sin trazas de estar “egipanados”, pues el DRAE nos lo explica en su segunda acepción, como sigue: “CORNERO. (De cuerno). 2. ant. Cada una de las dos entradas que tienen las personas en la cabeza sobre las sienes”. La diferencia simplemente está en que, el hombre normal tiene las entradas, pero no las ligerísimas, insinuantes y virtualísimas protuberancias metafísico-subliminales, que sin embargo posee el semicapro. (O semicabrón, como también se le puede llamar, según la RAE…).

De hecho, cuando alguien oiga decir también de alguien que “es un cabrón”, fíjese en el tal con insistencia y perseverancia dirigiendo la mirada a sus corneros, e insistiendo en sus visuras, que, seguramente, tras un buen rato de examen indagatorio-escrutante, si la luz es buena y deviene en venir de buen ángulo venidero, la cosa insinuante-subliminal de la delicadísima “apitonación” virtual-etéreo-metafísica de los corneros, quedará, aunque de forma muy sutilmente percibida, notada por el ojo escrutador de la cosa… Eso sí, si uno no da, con sus percepciones visuales, vista la cosa, puede entonces, dirigiéndose amablemente al ser en cuestión, y preguntarle libremente si en efecto, es un egipán o cornudo, o si prefiere, un cabron… ¡¡pero no es muy recomendable la cosa si el tal ser tiene mal día psicológico, precisamente, ese dia!!...

En cuanto a los pies de cabra, (aunque los tienen, sin duda alguna, porque son caprípedos, al fin) en la actualidad tampoco se les ven porque los llevan embutidos en sendos calcetines (y algunos los llevan de marca y carísimos, conjuntamente) y además ahora también van calzados con excelentes zapatos de planta humana, (también de marca, por lo general) por lo cual, por sus terminaciones andatorias, o pezuñas, ya no es posible identificarlos como caprípedos en público toda vez que ahora visten y calzan, como los humanos totales… Por lo tanto, de saber uno cual es el egipán, y preguntándole si lo es, si lo hallare de buena disposición de ánimo, simplemente le diría, contestando: “El mismo que viste y calza”…

Ahora bien, lo que se quiere destacar aquí y dejar bien sentado sobre el egipán, tanto del antiguo y ancestral, como del moderno y actual, es que si bien el antiguo no se camuflaba, pues no tenía necesidad de ello, y el de ahora sí, (pues si no estaría desfasado y fuera de lugar en todas las áreas de la sociedad moderna, fueren cuales fueren), lo cierto es que el cabrón actual, o el cornudo, dicho más técnicamente, (o si se prefiere más poético, “el cornígero”) sigue siendo un ser medio hombre y medio cabra; es decir, un semicapro, aunque su evolución de la especie lo haya llevado a parecerse totalmente a los mortales humanos de a pie, y sus peculiaridades cabronas o cornudas (por hallarse en forma metafísico-subliminal-virtual), no sean ya visibles para el ojo humano en sus percepciones normalizadas, incluso en las más heterogéneas de ellas… (Es que hay también miradas humanas homogéneas, sin que aquí, lo de “homo” (“homo” de homogéneas) tenga que ver con lo de humano, (u Homo) aunque lo sea).

De todas formas, así como el humano verdadero no puede pasar sin alimentarse, sin comer sustancias alibles que le permitan vivir con energía y productividad, su vida, tampoco el egipán, cabrón o cornudo (o, cornígero, poéticamente) puede vivir sin comer, y, como todo ser viviente tendrá que comer o en su caso rumiar, alimentos que le den fortaleza, vigor y vida para subsistir adecuadamente.

Y aquí es a donde yo quería llegar, precisamente, ya que, en la antigüedad, se podía seguir el rastro del egipán en la naturaleza de manera bastante fácil y rápida, simplemente con buscar el rastro de sus deyecciones singulares (y muy “plurales” a la vez) y propias de su biología caprina. En efecto, dado que predominaba su parte cabruna, las propiedades digestivas del egipán eran del mismo tipo que las habituales de las cabras, con lo cual, al término de la concoción (transformación que sufren los alimentos en el estómago por la digestión); es decir al final mismo de su digestión, el semicapro, a cierto límite de tiempo de ello, procedía, “limpiamente”, al “abandono” de su egestión, ( si uno no conoce esta palabra, búsquela en el DRAE, que es muy interesante) con lo cual dejaba sembrado el camino o sendero que recorría, de las múltiples bolitas escatológicas o excrementicias (por eso de de “plurales”, dicho más arriba) propias de la especie, sin cuidarse en absoluto de ocultar sus egestiones (es decir, el “fruto” de sus digestiones) como hacen los gatos y los perros, en general, sino que le importaba un bledo que se quedaran al aire y se pudieran ver por quien claramente (a pesar de ser oscuras siempre) quisiera seguir su rastro y saber de sus quehaceres y menesteres, mientras andaba por ahí, chozpando alegremente y a su aire…

Normalmente, cuando el egipán estaba parado, bien meditando, por ejemplo, o bien mirando o admirando el paisaje, o bien de otra manera observando alguna cosa de su interés, por lo que fuera, si esto sucedía en el momento de su “abandono” biológico de su egestión, no quedaba un reguero de bolitas, como cuando la cosa ocurría andando, no, sino que quedaba un montón escatológico bien formado, solo que de bolitas casi secas muy “ligeramente” perfumadas, y limpiamente elaboradas, con una elegancia esférica digna y hasta honrosa, (de muy filustre factura de elaboración) que hasta podríamos calificar, por lo “artístico”, de “montón bellido”, en vez de la ascosidad de un montón viscoso, pegajoso y maloliente, de forma normalmente irregular, (y hasta cierto punto informe muchas veces por flojedad de vientre, y de gran hedentina, entonces) como los típicos “montones” del grifo, por ejemplo, del bucentauro, del taurocéfalo o del semidragón, que no parecían propios ni correctos para animales fabulosos tan sofisticados y majestuosos… Solo el hircocervo por su parentesco, (con el egipán) y el centauro, por su digestión de caballo, tenían un fililí similar en sus egestiones, solo que las “bolitas” pertinentes del centauro tenían un tamaño décuplo, y no en todas las ocasiones eran así, dado que también sus digestiones eran de tipo muchísimo más irregulares y menos “artísticas”…

Porque, por ejemplo, el bucentauro, (animal que era como un centauro pero con cuerpo de buey o toro, en vez de caballo) al tener la parte orgánica digestiva precisamente en el cuerpo, y ser este de buey o toro, sus egestiones, esto es, su escatológico deponer, era una cosa verdaderamente plana, (aplastándose por la altura desde donde cae y lo blandita que la cosa era) completamente irregular, con apariencia de torta completamente cruda y mal hecha y, además, tremendamente ascosa en sí , y de una hedentina tremebunda. ¡Ascosidad tremenda y repugnante!... Quien haya visto como lo hacen las vacas, en el campo, y como quedan en el suelo tales “montones”, sabrá de qué va la cosa sin necesidad de añadir más datos sobre su “escatología” final…

Dicho esto, y repitiéndole al lector que aquí es a donde yo quería llegar con este razonar, precisamente, ahora se podrá entender clara y tajantemente el titulo o encabezado de este artículo donde reza con patencia y claridad (resaltado en negrilla como todo título que se precie) lo siguiente: Égida, egipán, y egestión. Dos “cosas”, y un “montón”… Pues bien, como entenderá ahora claramente el lector, las dos “cosas” son, simplemente, la égida una, y el egipán, la otra, siendo lo del “montón”, pues eso: el montón de bolitas del que más arriba se hace referencia. Por supuesto, si no fuera por el egipán, en este artículo no habría montón, pues la égida no tiene por costumbre hacerlos, ni puede. Y respecto al centauro, al bucentauro, al taurocéfalo, al semidragón y al grifo, aunque sí lo pueden hacer, aunque sea de otra disímil manera, en este artículo no se ha tratado de ellos, sino que solo han servido como ejemplos de paso, y no se tienen en cuenta a este efecto concreto. Tal vez para próxima ocasión les dedique un artículo específico también a ellos y a algunos seres fabulosos más, aunque se pase por alto para esa ocasión, lo de sus “montones”, ya que no venían directamente al caso…

Y, hablando del caso, lo de los “montones” también son el caso de muchos hombres, (no sé si de todos), pero los montones de los tales son de muchísima peor calidad, olor, elegancia y sofisticación, que los de todos los animales mitológicos que la historia nos describe, por lo cual, fuera de alguna circunstancia especialmente necesaria por causas sanitarias y de prevención, (en que hubiere que hacer una campaña de desinfección, por ejemplo) sea en lo social, político, sindical, militar o religioso, nunca lo haremos…. ¡Nunca hablaremos de esos “montones” humanos, como cosas del montón, que son!... ¡¡Quia!!


Xosé Gago.
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