De zafirinos, jacintinos, solferinos, y otros colores finos. (10 Septiempre 2012)

Reflexiones para ayudar a otros a hacer regalos "brillantes y esplendorosos"...




Se dice, poéticamente, (que es cómo se debieran decir siempre las cosas para ser dulces y delicadas en su presentarse, admitirse y admirarse), que el color zafirino es el color del zafiro, ese color inenarrable de un corindón, de color azul, o de un corindón cristalizado incoloro y transparente de delicada factura por su estructura cristalina y su forma de reflejar la luz de manera finísima y elegante, o aquel otro zafiro llamado oriental por su oriente; es decir, por su brillo especial y singular…

De la misma manera, y también poéticamente, se llama jacintino al color violado; es decir, al color violeta morado claro que se puede observar en el espectro solar, o en el arco iris; color hermosísimo, delicado y de finísima factura en su delicado ser y mostrarse al ojo observador, sobre todo, si es ojo de artista o sentimental poeta.

Por último, el solferino, es simplemente el color morado rojizo, que, a pesar de decir lo de “simplemente”, es como todos los anteriores, un color complejo, pues es morado-rojizo, también de noble y elegante factura, fino de visuras y delicado de luces y reflejos.

Zafirinos, jacintinos, y solferinos, pues, son colores de belleza, elegancia y prestancia de alta delicadeza, finura y exquisitez de matices, de los cuales tan sólo se puede hablar con admiración y respeto por su preciosismo y su elegancia de singular cromatismo intrínseco…

Los poetas usan estas preciosísimas “gamas” de colores en tales términos expresivos singulares y de fonética exquisita, para darle cuerpo, elegancia, galanura y distinción, a sus composiciones, frases, y explícitas ideas y filosofías, tanto en prosa como en verso, a fin de dar llenura, gloria y magnificencia significante a cada palabra escrita o hablada que haya que dejar haciendo constancia de un hecho, un matiz, un celaje, un delicado viso, tonalidad, tornasol o reflejo, por ejemplo, que haya que describir de manera elegante y exquisita en su fluir métrico adecuado y en su fonética de mejor timbre, sonoridad y riqueza expresiva…

También hallamos, los hermosos ambarinos, los diamantinos, los esmeraldinos y los opalinos; los rubiinos, y los amatistinos, corindinos, jaspecinos, topacinos y muchos otros “inos” de esta singular variedad, si bien tales colores ya no son de clase poética canónica y tienen algo menos de expresividad poéticoelitista. Pero sin lugar a dudas son todos ellos de exquisita finura expresiva, si bien no se hallan en el Diccionario de la RAE, tal vez por su poco uso, o por ser algo despreciados porque su fonética resulta menos llamativa y elegante, aunque elegancia no les falta, como se puede comprobar al leerlos…

Así, se podrían componer algunos tipos de versos sextetos, como por ejemplo, estos extractos poéticos con todos estos colores singulares:


ASI TENEMOS ESTE

...del zafirino fulgor
que mana del manantío,
es el rubor jacintino,
ya que de ser solferino
sería morado en frío,
y en caliente, rojo flor...


TAMBIÉN TENEMOS ESTE:

...de esmeraldino verdor,
pues de otra forma imposible
pudiera ser tal color.
Si lo verde fuera audible,
tendría,sin duda alguna,
sonido cual de aceituna...



O ESTE OTRO:

...de duro diamantino
tiene el cristal, parecido
cuando labrado se halla,
ya que cuando no es de talla
aunque se halle pulido,
no da ese brillo tan fino...


LA COSA EN ESTE CASO, ES:

...de topacino brillar
con hermosura sublime,
este color singular
me asombra por como esgrime
la luz que bruñida enfila
para herirme en la pupila…


O INCLUSO ESTE:
...de amatistino color,
por ende, violentino,
con jaspecino brillar
y de un rojizo mostrar,
su bruñido opaleíno,
le da más caro valor...


Y ASÍ, ESTE OTRO:

……de rubiíno subido
y de ignitísimo ardor
(en eso de su color)
de todos es bien sabido
que la luz se incendia luego
de atravesar ese fuego…


También se podrían hacer versos octetos, que, por tener más “espacio literario”, también serían más expresivos. Por ejemplo:



ESTE:

De aquel hermoso reflejo,
con zafirino fulgor,
sale la luz, con ardor,
más con ardor circunflejo;
porque su acento lo alumbra
al ser notorio y forzoso,
y al pronunciarlo, es curioso,
como el color nos deslumbra...


Y ESTE:

De violeta-morado
y con fulgores de gloria,
el jacintino destello
que surge vivo y brillante
se dirige, descarado,
en su fugaz trayectoria,
con intención puesta en ello,
hacia el ojo, deslumbrante…


Bueno, dejémoslo aquí, pues en esto de buscar ejemplos poéticos del uso de tales palabras de gamas de colores singulares y de preciosismo sin par, habría para mucho tiempo y ejemplos, y ni tenemos tanto tiempo, ni disponemos de tantos ejemplos… ¡Pero la cosa es que es, y conviene que se sepa! Y, sabiéndolo, para la próxima vez que alguien quiera hacerle un regalo a la novia, la mujer, o a la amante, lo mejor es comprarle un anillo con una de estas preciosas piedras, y dedicárselo galante y eficientemente, añadiéndole unos versos singulares, que vayan bien a la cosa, sin mismo importar que puedan ser sextetos, octetos o de cualquier otra longitud conveniente. Como por ejemplo, si se regala un zafiro, no muy pequeño, el verso podía ser este:



PODRÍA SER ESTE:

Para tu mano,cariño:
Para que luzca tu dedo
con zafirino reflejo
esa elegancia y aliño
que tu belleza merece.
Porque, con garbo y descaro,
luciendo tal como luce,
hasta el cielo desmerece,
pues su pálido azul desluce,
ante un zafiro tan caro...


O ESTE:

Para que puedas lucirte
y dar envidias y celos
en tu dedo has de vestirte
con el color de los cielos…
Este zafiro, precioso,
que bien tú sabrás lucirlo
hará tu ser prestigioso
pues que la luz, al herirlo,
sus zafirinos reflejos
se verán desde bien lejos…


También tenemos el jacinto, ya nombrado anteriormente, como piedra fina, y que en geología se le llama circón, siendo una piedra de silicato de circonio más o menos transparente y de color blanco o amarillento rojizo. También hay el Jacinto de Compostela, que es una piedra de cuarzo cristalizado de color rojo oscuro, y el llamado jacinto occidental, que es el topacio, también piedra fina amarilla y muy dura compuesta de sílice, alúmina y flúor, y, a más de estos, tenemos también el llamado jacinto oriental, que es el rubí, una de las piedras preciosas más estimadas, compuesta de alúmina y magnesia, y cuyo color es más o menos intenso según las cantidades de óxidos metálicos contenidos.

Claro que, de regalarle a una mujer sólo un jacinto vegetal, por muy hermoso que sea, como este es simplemente una flor, y una mujer espera mucho más de un hombre como ofrenda de aniversario, cumpleaños u otras efemérides gloriosas de su vida y obra (de la mujer, se entiende), la cosa está, a falta de un jacinto pedrílico de lujo, (pedrílico quiere decir de piedra), en regalarle algo importante que luego permita meter la palabra “jacintino” en el poema que acompañe al regalo como testimonio de pasión y todas esas cosas que tanto gustan al género femenino en particular. Por ejemplo, se le puede regalar un diamante engastando un anillo de oro y platino como piedra central, rodeado de rubíes, esmeraldas y zafiros, que le den reflejos con los cuales jugar a las facetas del diamante. En este caso, el verso podría ser tremendamente efectivo en el asunto de elegancia y prestancia fonética dadas las palabras “esplendorosas” que se podrían usar:


POR EJEMPLO, ASÍ.

...esmeraldinos reflejos,
con jacintinos destellos
y solferinos fulgores
de los rubíes adjuntos,
al dar sobre los espejos
de sus rojos lados bellos
levantarían fulgores
que brillantes, todos juntos,
se reflejan en las facetas.
Y entonces, ¡oh puñetas!,
se ve su alta prestancia
que redunda en redundancia,
de hacer tu ser deseado,
y ese, tu anillo, robado...


O BIEN ASÍ:

No pretendo,¡o casta mía
mujer de mis sueños todos
que tengas otra alegría
que lucir de todos modos
los collares jacintinos,
las diamantinas pulseras
y anillos esmeraldinos
que yo te puse a las veras.
Me gusta que des envidia;
me place que luzcas fina;
me llena que tengas lidia
en ser mejor que la vecina:
¡Cual solferinos rubores,
tus pendientes,¡los mejores!!...




O BIEN DE ESTA OTRA MANERA

¡Oh, casta mujer preciosa!,
tu gran valor apreciable
se aprecia en la joya hermosa
de que tu dedo es portable:
Un jacintino reflejo
que destella al ser herido
por un fotón circunflejo
da en la pupila, fornido,
de la envidiosa vecina
que mirando de reojo,
con envidia y con inquina,
se come, de puro antojo...
¡Y así, saliva tragando,
se reconcome con ansia,
al ver tu dedo brillando
con tal poder y elegancia...


O INCLUSO MISMO, DE ESTA OTRA…

Enseña mujer, tu escote,
en donde luce, colgado,
un brillante jacintino
que allí, muy bien recamado,
yaciendo cual angelote,
reluce como divino…



O INCLUSO, INCLUSO, DE AÚN ESTA:

En tu dedo, hermosa mía
has de lucir, muy fino
todas las horas del día
este anillo jacintino…
De jacinto de Santiago
de gran valor y hermosura
darás envidia a destajo
pues su precio es de locura…


En este asunto de tan poéticos y cromáticos alabares y de terrenidad manifiesta en los lucires sociales con fines estratégico-envidiatorios, cosa que no solo les gusta a las mujeres sino también a sus acompañantes masculinos por parecidas razones, la cosa de las piedras, si son preciosas, o, al menos finas, se presta a multitud de excelentes sensaciones, emociones, voluptuosidades sociales y otras manifestaciones de superbo virotismo en el arte de lucir y dar envidia a los semejantes todos, y, si pudiera ser, incluso a los desemejantes… ¡¡Pura vanidad humana, nada más!!

En esto de halagar a una hermosa mujer mediante una joya o una piedra fina de alto valor, el verso es todo un poema en su acompañarla y describirla de alguna manera en sus valores todos, (económicos, sociales, políticos si cabe y hasta religiosos) aunque el poema que más valore siempre la mujer sea la piedra misma, lo cual es inevitable dada su innata poesía (la de la joya) encerrada en su cristalino ser… Pero, lo de, además, hacer que la joya vaya acompañada del correspondiente verso inspirativo de valores subliminalmente administrados en sus cadencias poéticas, hace que la cosa tenga un más alto nivel emocional, un más alto sentimiento literario y un más alto constar que se hace la entrega con pasión, amor, cariño y todas esas otras cosas que conlleva el llegar a la locura misma de comprarse uno, una piedra para regalar, que cuesta un potosí de esos, cuando no dos o tres, según el límite mismo de la locura regaladora…

Y los versos, siempre, ¡siempre!, hacen el regalo, también (y a la vez), más poético, más romántico, más galante, más emocionalmente completo. Si uno está poco inspirado, (hay a quien el gasto le quita bastante la inspiración) puede hacer un simple monóstrofe; pero en simplemente cuatro versos, por ejemplo, bien poco se pueden explayar sentimientos y deseos, por muy preciosa, grande y valiosa que sea la piedra. Si uno está medio inspirado, o simplemente quiere ahorrar palabras para decírselas luego a solas en mayor cantidad y efusión, un sexteto puede llevar suficiente carga poético-emocional; y un octeto cuenta con dos versos más, que siempre dan un mayor significar. Ahora bien, si uno está muy inspirado (caso que no es siempre el caso) puede ir mucho más allá del octeto y hacer, por ejemplo un decateto, o mejor dicho, un decaverso. Sin embargo, lo ideal es siempre hacer un soneto, pues esta es una composición poética que ya tiene mucha fama histórica como tipo de verso de gran finura y elegancia, siendo, en poesía, el equivalente al brillante; al diamante fino y precioso…

Solo para casos de suma inspiración poética, cuando el fuego amoroso dilata mucho las venas y la vena inspirativa se halla en pleno caudal de esplendidez literaria se recomiendan poemas por encima de los catorce versos, pudiéndose entonces uno lucir con el quinqueíno, el dieciseisino, el dieciochino y el veinteíno, (tratándose de poesía y de piedras, al menos finas, no vamos a terminar, cuando hay gran número de versos, en “avo” o en “eno” tal numerología poética, siendo “ino” también termino de “fino”, ya que lo “eto” justo se acaba con el soneto) con lo cual también hay que tener en cuenta el riesgo de que leer tantos versos le quita tiempo a la mujer para dedicarlo en ese momento a la contemplación admirativa de la piedra, y ello puede ser, en vez de bueno o mejor, más bien malo, o, cuando menos, peor…

Lo más difícil de la cosa es tener dineros o caudal suficiente para poder alcanzar objetivos tan románticos como los de poder comprarse tales piedras, porque, por la parte poética, ésta bien se la puede incluso saltar uno limpiamente si la piedra regalada, con su esplendor y magnificencia (sobre todo si esta es por precio), deslumbra a la mujer regalada con ella… La poesía, la descripción poética del sentimiento añadido al regalo de la piedra, bien se puede eludir si uno, luego de vaciarse el bolsillo se queda sin inspiración en esos momentos para hacer cualquier versión poética de sus emociones sentimentales para el caso… Eso sí, para que no se note en falta esa nota poética, es bueno que la piedra regalada deslumbre más bien mucho, que poco, pues el efecto del deslumbramiento hace pasar por alto limpiamente, la falta del oportuno verso explicativo de las emociones de uno, puestas en el afán del regalo….

Solo me queda desear, que, si alguno quiere hacer la prueba, bien de una u otra manera de todas las que aquí se han tratado, que le salga bien el asunto, ya que una vez gastado el dinero, eso es lo mejor que se puede esperar de todo ello. ¡Suerte pues, amigo lector, si así decides hacerlo!...




Xosé Gago.
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