De sofismas, sigilancias y sanfrancias. (Quinquenales, y bis, redundancias...) 25 Sep 2012

Reflexiones del espéculo interno de mis neuronales y razonados pensamientos...




Es el sofisma una razón o argumento falso o aparente con el cual alguno quiere defender alguna cosa que tambien es falsa, dándole apariencia de verdadera mediante palabrería y juegos verbales que confundan al oyente. Y ¡cuidado!, que muchos sofistas lo logran sin gran esfuerzo…

La sigilancia, o arte de sigilar, es la maestría o habilidad para ocultar o callar algo que no le conviene a uno que los demás sepan, por cualquier razón de interés personal o colectivo, de una determinada bandería.

Y las sanfrancias, son simplemente riñas, pendencias o trifulcas que pueden devenir por muy diversas causas o encontradas opiniones de algo, o de alguien.

Aclarado esto para el lector, damos ahora paso a lo que tenemos que decir de estas tres “virtudes” humanas, tan abundantes en la vida cotidiana de los seres pensantes, como nos solemos y nos gusta decir de nosotros mismos, en toda ocasión que viene a cuento y de buena manera….

¡¡Sofismas!! ¡La vida está llena de sofismas! ¡Sofismas vienen, y sofismas van; sofismas para arriba y sofismas para abajo; sofismas a la derecha y sofismas a la izquierda!... ¡¡Sofismas, sofismas, sofismas!!... ¡¡Todo sofismas!!! El demagogo habla sofismas, emite sofismas, procura sofismas y hasta mastica sofismas. ¡¡Es lo suyo!! El retórico compulsivo hace del sofisma un juego malabar y sus versiones “sofismáticas” son siempre embolismáticas, pero campanudas, rimbombantes, pomposas y pistonudas.

Cierto que, el paralogismo, el embolismático retoricar con sofismas y argucias literarias entreverando ciencia, filosofía, literatura y técnica, por ejemplo, puede dar un parecer de hallarse ante un verdadero experto en cualquier tipo de tema de los muchos que hay en la vida. Porque el retórico en cuestión es capaz de tocar todos los temas, con acierto o sin él, pero dando la impresión de que sí sabe de la cosa, y a esto añadido su retintín del repertorio imprescindiblemente estudiado y preparado para el efecto consiguiente de demostrar su sabiduría, valía y porfía, donde todos estos “ia” refuerzan la idea de su tremenda ciencia y conocimiento de lo que sea que se trate…

Por cierto también que, el sofismático, el inventor de argucias, sutilezas y artificios literarios e idealismos políticos, sociales o laborales, por ejemplo, para proponer temas, ideas y movimientos de cualquier tipo que puedan interesar oportunamente a grupos o facciones de gentes con ciertas aspiraciones del tipo que sea, sigila siempre ciertos temas o parte de ellos que pudieran delatar sus intenciones o sus objetivos finales, y evita a toda costa el recaer en ellos o se desvía de ellos de manera sutil y bien calculada para no evidenciar sus tortuosas intenciones en el asunto, siendo siempre un hábil demagogo en estas cuestiones por la misma fuerza de la costumbre, y por sus innatas cualidades de grandilocuencia convencedora de voluntades al saber provocar, psicológicamente, sentimientos y emociones con sus retoricados y grandilocuentes discursos.

Las sigilancias pues, del demagogo consumado, quedan siempre a buen recaudo, pues tales vanilocuos individuos son expertos en discursos amansadores y enseguida llevan la cuestión a su propio terreno aunque haya preguntas comprometidas que pudieran, de seguir su curso, desvelar sus secretas intenciones. Pero no hay lugar a ello si el hablista demagogo es buen psicólogo y retoricador consecuente, el cual sabe desviar con prontitud el asunto hacia otros temas o derroteros que no lo puedan comprometer bajo ningún posible argumento de cualquier arguyente contrario y enemigo…

Las sanfrancias, en este tema, son las pendencias o trifulcas que suelen surgir de cualquier sofisma malentendido, en estos casos, pues, tantas retóricas cargadas de prescindencias por su abundancia de pretericiones y por sus anfibologías asociadas, suelen crear suspicacias y recelos a causa de su no muy claro contenido, siempre envuelto en el misterio de la circunlocución desplegada y envuelta también en ambagiosos embolismos de difícil entendimiento e interpretación.

Los sofismas se esgrimen en multitud de conferencias, discursos, discusiones y diálogos, cuando hay fines ocultos que no conviene que trasluzcan en el curso del debate o cuestión a manejar, y son un recurso que suele emplear con gran eficacia el demagogo, el retórico consumado y el hablistán. Todos estos seres usan las mismas tácticas y técnicas sofisticas, en general, y saben retoricar con fuerza, con poder y con escogidas palabras (excepto el hablistán), que los hacen parecer verdaderamente técnicos y sabios en las cuestiones que promueven, en las disposiciones que proclaman y en las soluciones que propugnan.

La grandilocuencia efectiva que tales personajes han aprendido a manejar con soltura y esplendidez de palabras técnicas y términos singulares, les dan carácter de ser verdaderos sabios en las cuestiones que discuten, debaten o discursan, y sus disertaciones adquieren solemnidad que acentúan ellos mismos con la seriedad de sus rostros y la teatralidad de sus gestos, sus recancanillas bien acentuadas donde conviene, y sus circunloquios, sofismas y teoréticas conclusiones. Pero, en la mayor parte de tales discursos grandilocuentes y aureolados de expresiones cultas y tecnicismos narrativos, hay dilogías y palabras polisémicas que incluyen significados diversos que según conveniencias, se aplican para confundir al oyente y darle al discurso significados que realmente no tiene, con lo cual, el que crea en cualquier discurso del demagogo, está condenado a fracasar en sus pretensiones de obtener resultados favorables a sus deseos según quiere entenderlo del discurso oído.

Pero las sanfrancias, una vez que el demagogo ha conseguido sus fines, a él no le afectan en absoluto, y simplemente afectan a todos los frustrados que luego son los que discuten entre sí echándose mutuamente las culpas por haber creído tal discurso y haber confiado en las palabras del demagogo esperando beneficio de ellas.,.. ¡Pobres! ¿Cuándo aprenderá el pueblo de la tierra a no confiar en los demagogos y a tomar sus decisiones, no en función del discurso del mismo, sino más bien en interpretar la doblez del mensaje, sus mentiras asociadas y sus bellaquerías implícitas? ¡¡Demagogos!! ¿Sinónimo de qué, puede ser la demagogia…?

Cuando el sofisma y la sigilancia; es decir el argumento falso y el callar o sigilar datos, informes o cuestiones importantes en el discurso, es una práctica común del discursista, el oyente puede con facilidad interpretar el discurso como positivo para sus intereses propios, familiares o los de su sociedad y hacer acuerdos en base a ello sin llegar a conocer que el discurso contiene otros elementos de juicio que cambian por completo la interpretación que uno le da. Ya que no es la interpretación real que el discurso tiene, la que en él es inducida a dar a entender, sino otra muy distinta que ciertos elementos polisémicos del lenguaje, dilogías y matices filosóficos pueden contener como segunda intencionalidad. La preterición de datos y la sobreabundancia de otros datos convenientemente dosificados y acentuados en el discurso, suelen desviar la atención de la verdadera aplicación literal del discurso; pero el oyente no cae en ello absorto en la retoricada expresividad del discursante que con fluencia y flexibilidad de términos induce a crear ideas y situaciones de futuro que nunca se habrán de dar más que parcialmente, si la cosa va bien, pero nunca tal y como se la puede entender de labios del demagogo profesional que busca solamente el favor de ese público numeroso para el cual discursa con intereses ocultos, sin duda alguna…

¡Y esto puede suceder un año! ¡Y cuatro años más! Es decir, un quinquenio. Y puede incluso pasar otro año. Y cuatro años más. Es decir, otro quinquenio (lo que suma un decenio)…¡Pero al fin, muchos se dan cuenta de que todo son discursos sin fundamento, y, al cabo de más o menos esos años (sobre dos quinquenios) acaban por no creer ya en los “demagogos de oficio”, y dejan también de hacer caso de los discursos, y se dedican a pensar por sí mismos y a intentar arreglar sus vidas en vistas de que no se las pueden arreglar ellos mismos con arreglo a los discursos de los demagogos de oficio y sus criterios… Los sofismas y las sigilancias de los demagogos, pues, ya no son para ellos; y también dejan las sanfrancias de lado, una vez cansados de tener esperanza sin esperanza de nada…

Y uno se preguntará: ¿Por qué entonces sigue habiendo demagogos a punta pala? Pues amigo preguntador, por el simple hecho de que cada vez que alguno, tras una década de esperanza, abandona la creencia en el discurso demagógico por la experiencia frustrante de ver que todo es discurso y nada más en ello, hay un joven que, habiendo crecido lo suficiente y estando lleno de esperanzas, vuelve a creer en los demagogos para apoyarlos de nuevo en sus discursos y sus proyectos. Y este mismo joven tardará otros dos quinquenios, al menos, en darse cuenta de que no hay más que discurso en el discurso demagógico, y todo lo demás seguirá igual excepto las adaptaciones lógicas de la tecnología que exigen pequeños cambios en el proceder de la vida actual. Pero, cuando cada uno de estos nuevos jóvenes se desencanten tras esa década más o menos estadística, ya otros jóvenes estarán llenos de esperanza, tras oír los discursos, en que algo mejorará sus vidas, hasta que, al cabo de la pertinente década se vuelven también ellos incrédulos al discurso demagógico, y nuevos jóvenes tomen el reemplazo durante una nueva década… y así, según parece ad infinitun, fuera de que algo pueda cambiar la cosa.

Y seguirán los sofismas, las sigilancias y las sanfrancias, en todo tipo de discurso demagógico sin que la cosa parezca que pueda cambiar dado que la esperanza es una cuestión atávica, tal vez genética, que no se puede renunciar a ella sin haber primero podido comprobar, en la propia piel, que es una esperanza sin esperanza. ¡¡Pero esto requiere, al menos, una década, para poder comprenderlo y aceptarlo!! ¡Y es que la vida es así, y no de otra manera! ¡¡Que le vamos a hacer!!

¡¡Ah, no!! ¡¡No, amigo lector; no!! ¡¡No me estoy refiriendo a nada de la política, aunque haya parecidos tremendos con todo lo que anteriormente he dicho!! La razón del parecido, es simplemente que, en la política, es donde se forman, no los mejores oradores; pero sí los mejores demagogos… ¡¡¡Pura coincidencia!!!...



Xosé gago.
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