La fotografía como experimento

De los sueños, ensueños, y los logros de que la luz se plasmase a si misma como imágenes de la Naturaleza; del Fotógrafo Total, y otras cosas derivadas



La fotografía hoy es simplemente “la fotografía”: Una cosa de sobra conocida y practicada por casi todos los seres humanos, y que entraña por si misma una perfección increíble en fidelidad a los motivos. Y es tanta la confianza que tenemos con ella por compartirla diariamente, que no nos causa ningún tipo de admiración o asombro en ninguna de sus formas de ser o presentarse.

Sin embargo en sus comienzos, cuando algún sabio, meditando y meditando llegaba a pensar que podría haber algún método para captar las imágenes a la forma en que lo hace el ojo humano, pero “expresadas” físicamente sobre un material soporte para que fueran permanentes, esto era un verdadero desafío y un rompedero de cabeza. Tras muchos años de pensar en lo mismo, probablemente, y también tras mucho tiempo de ir relacionando cosas, sucesos y otras observaciones de la naturaleza sobre algunos fenómenos raros que sucedían de vez en cuando y en los que alguna insinuación de grabarse alguna figura o silueta sobre determinados materiales que tenían también determinadas cualidades, poco a poco se fueron atando cabos, surgiendo ideas y formándose teorías, que, aunque posiblemente falsas en aquel entonces, fueron los primeros pasos para alcanzar a darle caza a la prodigiosa materia que haría posible, en el futuro, a la obtención de dibujos naturales realizados directamente por la luz….

Supongo que todo experimento encaminado a conseguir esto, en principio significaba una emoción de grandísimo calibre; pero también me imagino que cada fracaso debía de ser un tremendo golpe que dejaba abatido al experimentador… Sin embargo, la ilusión renacía una y otra vez, para intentarlo de nuevo. Y es que, el experimentador es un ejemplar de rara avis que suele renacer de sus cenizas, por mucho que se “queme” en cada uno de sus fracasos.

Pero aun muchísimos años después de estas estos deseos e ideas de capturar las imágenes naturales sobre un soporte, y ya en los tiempos de los pioneros, cuando ya se podían hacer las primeras imágenes, rudas ellas y difíciles de alcanzar, todavía no era esto sino un experimento que se trataba de estandarizar y hacerlo fiable y seguro en sus fases de trabajo y en sus logros de calidad y fidelidad al original. Los fracasos seguían estando al orden del día, y las alegrías y las decepciones se alternaban en una sucesión que no era aquello de “una si y otra no”, sino más bien de “una si y cuatro no y otra tampoco”… Y aunque luego se llegó bastante pronto a obtener una estandarización respecto a su repetitividad en cuanto a tomas, revelado y presentación de imagen, lo que es tocante a la rapidez de toma no fue cosa fácil durante largos años. Y durante este intervalo de tiempo en que las emulsiones eran realmente lentas y las exposiciones requeridas eran primero del orden de muchos minutos, luego de menos minutos pero aun muchos, y finalmente aún de minutos, no se podían obtener fotografías lo suficientemente rápidas como para poder llamarse “instantáneas”.

Y los “locos” experimentadores de la fotografía, aquellos pioneros que intentaban que la naturaleza misma, de alguna manera se hiciera sus propios autorretratos, investigaban sobre algunas sustancias que ya algunos otros anteriormente habían señalado o notado facultades de formación de imagen, de alguna manera insinuada. Así, se dice que en el año 1521 el científico Georgius Fabricus nota cualidades fotosensibles en sales de plata y en 1600 el sueco Carl Wilhelm Scheele así como el suizo Jean Senebier habían experimentado con el producto natural llamado “luna córnea”, que se oscurecía al contacto de la luz y que podía guardar brevemente las siluetas de cosas que se colocaran encima de otras cosas que habían sido impregnadas con esa sustancia. Esa sustancia era, sin embargo, cloruro de plata natural. En 1777 Scheele publica un tratado (en alemán y en latín) sobre la acción de la luz sobre las sales de plata

Se dice que en Inglaterra Thomás Wedgwood, estuvo también experimentando procesos en los que intentaba que la luz dibujara imágenes; pero también se dice que, aunque lo consiguió, no pudo hacerlas permanentes en ninguna forma. Hoy parece que no queda ninguna de aquellas fotos que se dice que logró hacer.

La fotografía más antigua que se conoce, y permanece todavía hoy, es una “heliografía” (como la llamaba el autor) del francés Nicéphore Niepce, obtenida en una placa de peltre (una aleación de cobre) y que requirió una exposición de 8 horas al sol para formarse, pero en donde la emulsión fotosensible no eran sales de plata sino betún de Judea.

Si cualquiera de nosotros hoy hiciéramos algún experimento semejante al de aquellos pioneros, y untáramos un papel con simplemente una solución de nitrato de plata, lo secáramos y luego le pusiéramos un objeto encima y expusiéramos al sol ese conjunto durante un tiempo, y una vez oscurecido el papel lo lleváramos a un interior para levantar el objeto colocado y ver lo que habíamos obtenido, nos hallaríamos con una silueta si el objeto puesto encima era opaco o con una imagen ligeramente más realizada si fuera, por ejemplo, una hoja, o un pedazo de tela bordado u otra cosa no totalmente opaca sino parcialmente translúcida… Pero esto, aunque pudiera darnos una enorme alegría y un placer indescriptible, como debió de sucederle a Fox Talbot y a otros de la época, no nos bastaría sino como algo inicial, puesto que, tanto para ellos como para nosotros, el logro sería hallar imágenes completas y perfectas como las que se ven a través de los ojos, en la naturaleza. La imagen debería verse, sobre un soporte, como un perfecto dibujo permanente; como el reflejo permanente de la visión del ojo, pero físicamente fijada sobre un soporte. (Que ya era papel en aquel entonces).

Cierto que ahora, volver a aquellos experimentos rudos y difíciles de logar, sólo lo hacen gentes que lo practican como curiosidad o para enseñanza de explicarle a otros de las dificultades inherentes al medio en sus inicios, con lo cual igualmente se logra, bien buscándolo, o incluso sin buscarlo, una satisfacción y un disfrute que no tiene parangón. Pero incluso con toda la tecnología a nuestro favor y ya desarrollada la fotografía hasta los términos de máxima calidad técnica e industrial, el disfrute en el cuarto oscuro es siempre un placer que no tienen descripción ni se puede valorar en todo su poder emocional que conlleva. Las satisfacciones, el placer y las emociones de ser autor de una imagen fotográfica realizando todas las fases del trabajo para conseguirla desde el principio hasta el fin, solo saben lo que realmente son y significan aquellos que han realizado este trabajo.

Sin embargo, cuando un autor actual se enfrenta por primera vez él solo a realizar un procedimiento de estos, llamados primitivos, tales como el papel salado, la albúmina o el papel citrato, por ejemplo, lo normal es que no halle casi calidad alguna en sus primeras imágenes aunque se haya leído y releído la descripción varias veces y lo haga todo meticulosamente. Esto viene dado porque hay que adaptar las fórmulas y demás pasos de tratamiento a la manera particular de trabajar de cada uno. Y estos fracasos primeros traen consigo disgustos, sentimientos de derrota, sensación de descalabro y frustración personal, pues nos parece que, en un mundo tan adelantado como el de hoy, cualquiera debería superar en saber y tecnología a cualquiera de los pioneros en esta materia de la cosa fotográfica…. ¡Ya, ya!...

Y es que los que empezaron con esto de la fotografía no eran cualquier cosa, no:

Georgius Fabricus era químico y farmacéutico, y por lo tanto conocía muchas cosas importantes que también le hacían pensar y buscar soluciones a cosas observadas.

Joseph-Nicéphore Niépce era químico, y además litógrafo, y en su interés por reproducir imágenes se propuso buscar un método “natural” de que la propia naturaleza se “autorretratara” a si misma para evitarle a él el engorro de tener que hacerlo, que era lo mismo que buscaba Fox Talbot, que era un mal dibujante…

Fox Talbot era científico, botánico, naturalista, arqueólogo, filósofo, matemático… y algunas otras cosas más

Claro que no todos eran científicos, por supuesto, como Daguerre, que no acabó su carrera; pero éste era un hombre de gran capacidad intelectiva, buen pintor y dibujante y también le interesaba el asunto de conseguir que la misma naturaleza se autorretratara, como todos los anteriores…

No cabe duda de que todos ellos se enteraron de datos de observaciones y experimentos de otros anteriores a ellos, o de contemporáneos que buscaban métodos de hacer dibujos con luz, o mejor dicho, de que la luz dibujara por ellos, y fueron uniendo cabos…

La cosa fue que, históricamente, el perseguir esta idea de manera obsesiva tuvo su recompensa y se logró que la misma naturaleza, ¡por fin!, se dejara autorretratar por medio de los rayos de luz, pinceles vivos y activos. Y aunque poseedores de una completísima y exhaustiva paleta de colores, también los rayos de luz saben “pintar” en monocromo en tonos amarronados o rojizos (como en las primeras fotografías) o en blanco y negro, como sucedió más tarde, y a todo color, como todavía más tarde se logró saber y hacer con certeza indubitable… El caso es que a nadie le preocupó, en principio, (ni ahora preocupa tampoco) que la luz “escribiese” o “pintase” en monocromo. ¡Al contrario!: ¡Pareció (y sigue pareciendo) algo maravilloso, sencillamente mágico y sorprendente! ¡Toma, y tan sorprendente que tuvo que ser!...

¿Os imagináis el placer, la alegría indescriptible de ver una imagen completa, salir de forma inesperada de un experimento en un tiempo histórico en que, aunque se soñaba con ello, hasta aquel momento no dejaba la cosa de ser sólo un sueño, una fantasía, una ilusión como de niño pequeño que quiere la Luna para jugar con ella?...Después de tanto y tanto fracaso, ¡vaya alegría, vaya placer, vaya gozo indescriptible! ¡Menuda tuvo que ser aquella sensación de hallarse, de pronto, ante una imagen que nacía y crecía delante mismo de las narices del “fotógrafo”. (Lo pongo entre comillas porque realmente aún no lo era, pues el nombre de fotógrafo vino luego, después de que el invento ya era “•estable”, allá por 1.839)

La fotografía, pues, en sus principios históricos no era otra cosa que un puro experimento en busca de que la naturaleza misma se autorretratara mediante el mismo “pincel” que permitía que los ojos vieran los “cuadros” naturales directamente a través del sentido de la vista. ¿Quién pintaba los paisajes, los bodegones, los retratos y todas las mismas cosas para la vista? La respuesta, para el hombre avispado es bastante sencilla: La luz. Porque la cuestión se plantea así ante la avispada inteligencia humana:

-Si apagamos la luz, ya no percibimos ningún retrato de ninguna cosa, ¡verdad?

-Pues sí, es cierto…

-¡Entonces el “pincel de la naturaleza”, (como bien sugirió Fox Talbot), es la luz, no cabe duda!... Con la luz apagada, los ojos no “pintan” nada. Así que, los ojos no son “pintores”: quien verdaderamente “pinta”, es la luz…

-¡Ah, ¿si?: ¡Pues hagamos que la luz pinte nuestros cuadros sobre…¡papel de cartas, caramba, que es lo que mejor tenemos a mano!...

¡Y así fue!

Ahora bien, si la fotografía en sus comienzos históricos no fue nada más que un experimento, en principio, en la actualidad la fotografía no deja de serlo tampoco, pues todo aquel que la ejerce de manera totalitaria; es decir todo aquel que realiza todo el proceso desde hacer la toma con la cámara, revela luego el negativo, y luego positiva sus mismas copias, no deja de experimentar una y otra vez de muchas y variadas maneras en busca de una imagen perfecta, por un lado, pero también diferente por otro: Que posea belleza plástica, que impresione por sugestiva, por enigmática, por entrañable…o por tener en si el sello de una perfección “perfecta”, o al contrario, por poseer el sello de una imperfección llamativa y provocadora, o por una imperfección incluso sensual y casi “delictiva”, rompedora de cánones escolásticos, o demoledora de tecnicismos culturales o de tendencias de modas y estilos “modernizantes”…

El Fotógrafo, (con mayúscula), que practica la “fotografía total”; es decir, aquel que él mismo realiza todo el proceso de principio a fin en su cuarto oscuro, en su “discoteca” particular y privada, es un ente que disfruta de todo su trabajo, y por muy estandarizado que tenga todo el proceso, no dejará de ser todo ello para él un experimento creativo cada vez que realice una copia o una sesión de revelado… Es cierto que ciertas incertidumbres mantienen el alma en vilo; que ciertas dudas asaltan a la hora de rememorar si todo se hizo bien en fotometría; si el ISO estaba bien puesto en la cámara o en el fotómetro de mano; si… Es cierto que todo esto a veces es un dolor. Pero, curiosamente, hasta este dolor es placentero, porque, en el fondo, la fotografía siempre es para el fotógrafo, un experimento; y no hay experimento que no sea, a la vez, placentero y doloroso… Esto de ser a la vez placentero y doloroso proporciona un goce “agridulce”, en donde lo “dulce” gusta de una manera particular e íntima, y lo “doloroso” gusta de una manera bien distinta, pero es placenteramente aceptado y buscado por su exotismo y su encanto místico… Claro que, en el fondo, cualquier Fotógrafo (con mayúscula), es un poco sadomasoquista, sentimental, nostálgico y, además, un sufridor nato de pequeños placeres fruitivos diversos y algo “enrabiscados”…

Porque, al fotógrafo total acaban por gustarle con delicia, (aunque no se de cuenta de ello de manera consciente), los olores típicos de la química del cuarto oscuro: Los efluvios del revelador; los tufillos del baño de paro y del fijador; las pestilencias del virador de sulfuro; el “halito” amoniacal del virador al selenio directo; los olores peculiares del sulfito sódico, el carbonato, la hidroquinona, la pirocatequina… Y, nostálgico él, los echará de menos cuando tarde algún tiempo en pasar por su “discoteca” personal y privada; ¡su cuarto oscuro querido!… Tendrá “mono” de tiempo en tiempo, y hasta ese sufrir le hará recordar el cuarto oscuro, y ese recordar por el sufrimiento, le traerá placer: placer nostálgico, placer evocativo, placer fruitivo… ¡Sufrido placer el del Fotógrafo!

Y hasta cuando uno se retira profesionalmente y deviene en ser viejo, (porque la vida se lo ha permitido), cuando habla con sus amigos en el bar, o cuando se enfrasca con otros viejos colegas en el parque o en el autobús en una excursión del INSERSO, la conversación siempre gira, (¡¡SIEMPRE!!), alrededor del cuarto oscuro y sus olores: esas fragancias adorables y entrañables que ahora, ya retirados, añoran larga y cariñosamente… Y aquí, en el largo trayecto del autobús, o en el bar con los amigos y colegas, aquí es donde se rememoran los experimentos y sus satisfacciones; aquí es donde se cuentan las historias que se han vivido a la luz del farol rojo de la “discoteca”; aquí es cuando uno se da cuenta de lo que ha verdaderamente disfrutado en la vida y en el trabajo, y también de lo que ahora, ya retirado, se está perdiendo… Claro que también uno se da cuenta aquí de cuanto han perdido los demás en disfrute y satisfacción por el simple hecho de no ser Fotógrafos… Y es precisamente aquí en donde el Fotógrafo, entonces, se da cuenta de lo afortunado que ha sido por serlo; donde se da cuenta de lo buena que ha sido la vida con él; donde se da cuenta que ha sido mas afortunado, feliz y dichoso, que todos sus vecinos juntos….

Por eso no es extraño que muchos viejos Fotógrafos no quieran cerrar sus laboratorios para siempre, y no dejan que sus hijos o nietos los desmantelen, (si les es posible), porque así todavía pueden, aunque ya no trabajen, bajar a la “discoteca” de vez en cuando a gozar de los olores peculiares y admirados, del cuarto oscuro… Y la nostalgia y la evocación, ya en estos casos de fotógrafos retirados, siguen siendo un motivo de placer y dolor, esa mezcla agridulce de exótico goce y regodeo de la experimentación ahora ya no físicamente directa, sino mnemotécnica, realizada a través de los sentimientos y el recuerdo: La delectación fruitiva de los sentidos ante aquella voluptuosidad y complacencia “espiritual” de volver a “degustar” aquellos queridos y concupiscibles olores típicos del cuarto oscuro, es, de nuevo, una experiencia, un experimento más, (cada vez que sucede), del Fotógrafo y su ambiente particular. Experiencia que nunca poseerá ni sabrá su delicia, el que no haya sido fotógrafo total. Porque el fotógrafo total, sigue siendo un experimentador, incluso ya retirado del trabajo físico fotográfico:AHORA HACE EXPERIMENTOS CON SU MENTE, CON SUS SENTIDOS Y CON SUS SENTIMIENTOS. Pero sigue experimentando. Sigue sintiendo sensaciones y deleites “espirituales”. Es un adicto total: Los placeres del cuarto oscuro nunca se olvidan, pero lo mejor, es que SIEMPRE se recuerdan, ¡y con placer y deleite inusitados!

Y visitar un cuarto oscuro, es una gran experiencia cada vez! ¡Y hablar del cuarto oscuro, es una gran evocación de los mayores placeres y deleites habidos! ¡Cómo disfruta el Fotógrafo, el fotógrafo total, incluso después de retirado!... Retirado sí, pero no inactivo: Su mente vive cada día el placer de rememorar los olores peculiares de la química del laboratorio, sus experimentos, sus logros y, aun con cierto placer, recuerda sus fracasos. Y los puede recordar con placer porque, cada fracaso traía consigo un reto: el de volver a repetir y no volver a fracasar…Y estos recuerdos de haber solucionado la crisis del fracaso, es de nuevo otro mayor placer; y el recordar la agridulce sensación del fracaso luego “desfracasado”, es un nuevo placer añadido al primer placer, por lo cual el placer final es doble… ¡Y así cada vez! ¿Quién puede haber en esta vida alcanzado mayor cota de placeres que el Fotógrafo? ¡Nadie, con seguridad! Porque la fotografía es un puro experimento diario, tanto físico, como químico, como mental. Y a nivel mental, es también un experimento sentimental, un experimento de sensaciones corporales controvertidas por los fracasos y los logros superando a los fracasos: ¡Placer tras placer, sensación tras sensación, emoción tras emoción!… ¿Habrá mundo interior más completo que el del Fotógrafo total? ¡Imposible, vamos!



Xosé Gago.
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