La fotografía como documento

La fotografia, el tiempo, y otras cosas implicadas




SOBRE EL TIEMPO
El tiempo no tiene memoria. Las cosas pasan en el espacio y en el tiempo, y se pierden en la nada del pasado, (lo que sea), y allí se desintegran y desaparecen: Podíamos filosofar largamente acerca del tiempo y de su no-memoria, pues hay muchísima gente que cree que el pasado se puede recuperar, y que el viaje en el tiempo, posibilidad que la ciencia cree posible (aunque es imposible por razones científicas demoledoras, aunque no se esgriman, por la causa que fuere), será realidad un día…Ese día, por supuesto, no llegará nunca a materializarse porque el tiempo no es materia, aunque sí pudiera serlo el espacio. Cierto que no puede haber espacio sin tiempo, así como tampoco puede haber tiempo sin espacio. Y la razón es sencilla, muy sencilla: No se puede vivir en ningún espacio si no se tiene tiempo, ni se puede tener tiempo si no se está en algún espacio. No se puede tener lo uno sin tener también lo otro: Una persona que no tiene tiempo, no existe: O bien no ha nacido, o bien ya se ha muerto. No hay otra cuestión que pueda discutirse sobre este hecho.

CRONONES
Las hipotéticas partículas del tiempo, teóricamente llamadas cronones, (de donde viene lo de cronológico por aquello de ser el tiempo llamado cronos, en griego),“harían” que el tiempo fuera algo material, si realmente fueran partículas; pero aunque el tiempo llamado cronológico existe, es dudoso, muy dudoso, que los cronones tengan existencia como partículas materiales. El tiempo es como una ligadura del mismo espacio; mejor dicho, como una retorcedura o una doblez o tirabuzón del espacio mismo, y aunque pertenece al espacio, no es el espacio propiamente dicho, siéndolo sin embargo desde este otro punto de vista. Por eso Einstein, para no complicarse la vida dilucidando como pudiera ser esta cuestión, se invento lo del espaciotiempo y dejó la cuestión zanjada tanto para la ciencia, como para los ignorantes. Porque, ya vemos que no se puede disociar el tiempo del espacio según se ha dicho antes: Si falta el espacio, falta el tiempo; si falta el tiempo, no puede haber espacio…Y la razón sigue siendo la misma también apuntada anteriormente: Un espacio que no tiene tiempo para ser espacio, no puede existir, y un tiempo que no tiene espacio para ser, tampoco puede tener lugar de ser….

PRESENTE, PASADO Y FUTURO
El tiempo, pues, lo que sea, aunque tenga espacio para ser, no tiene memoria. Todo lo que sucede en el tiempo pasa de ser presente en el momento mismo de ser, a no ser ya nada unas infinitésimas porciones después de ser…Nosotros le asignamos, al tiempo, “tiempos” de medida según nuestra ciencia más avanzada, y podemos especificar y medir porciones realmente ínfimas y hablar de millonésimas de millonésimas de millonésimas de segundo, aunque no comprendamos en absoluto, de manera directa, lo que esto representa realmente en tiempo. Sólo sabemos que es algo cortísimo, que no dura nada, aunque ese nada sea realmente “algo” en la escala de tiempos científica llamada cuántica, en donde el tiempo se rige por otras formas de ser y medirse según nuestro entender humano

El presente es lo que llega de la nada (¿de dónde?) a ser algo. Luego puede llegar a desaparecer, o a seguir existiendo durante un tiempo en el tiempo (mejor dicho, en el espacio), y luego si desaparece, pasa automáticamente al pasado: aquello que ya no es pero que ha sido. Por otro lado, cada instante que el ser pasa en el tiempo presente, pasa automáticamente a ser pasado en cuanto llega un instante siguiente y desplaza al anterior a la nada. Porque no pueden coexistir a la vez el instante actual con el instante pasado; como tampoco el instante presente puede coexistir con el instante futuro, sólo que en este caso, el instante futuro acabará por llegar porque el sujeto objeto del paso del tiempo existe. Claro que cuando llegue el instante futuro siempre será desplazado el instante presente al pasado para ser reemplazado por un nuevo presente que antes de ser presente era futuro… Porque no hay nada que pueda ser llamado pasado, si primero no ha sido presente: Lo no habido nunca, no es ni presente, ni pasado, ni futuro. Simplemente es no-ser.

- ¡Pero, ¿puede existir el no-ser?

- ¡Hombre, no; pero es la manera de poder decir de algo que nunca fue!

- ¡Ah, bueno!... ¡Pero, si nunca fue, ¿como puede ser “algo”?!

- Mira, dejémoslo aquí, porque nos vamos a complicar la vida…

- ¡Oye; otra cosa!: ¿Por qué dices que lo no habido no es presente, ni pasado ni futuro? Porque puede no ser presente; puede no ser pasado; pero futuro, si debe de poder ser…

- ¡Vaya!: Pues puede no ser futuro porque algún supuesto no-ser, puede que nunca llegue verdaderamente a ser; y si no llega nunca a ser, no se puede contemplar como algo futuro si no va a tener existencia alguna vez. Si realmente supiéramos que iba a existir ese no-ser alguna vez, podríamos conjeturarlo como futuro, ciertamente; pero, ¿quién puede asegurar que así vaya a ser? ¡Nadie!. Por lo tanto, ¡cuestión zanjada!

- Entonces, el futuro, ¿qué es?

-¡Hombre, el futuro es todo aquello que llegará a ser, sin más!

-¡¡¿…?!!

Bueno es mejor seguir con lo que íbamos: Estábamos diciendo que el tiempo, aunque tenga espacio para ser, no tiene memoria. El tiempo no guarda recuerdos: Ante el paso del tiempo todo se borra. El pasado, sin embargo si guarda memoria en el tiempo, en forma de “reliquias” de objetos materiales (pregúntenle a la arqueología, por ejemplo), pero el tiempo mismo no. El futuro tampoco guarda memoria. Y no puede guardar memoria de nada, porque para el futuro nada ha sucedido todavía de lo que tenga que guardar memoria. Tal vez alguien podría ir al pasado (teóricamente), a buscar la memoria de su vida o la de otras cosas que ya fueron; pero no podría ir al futuro a buscar nada, por dos potentes y contradictorias razones:

1)- El futuro nunca es. Porque cuándo el futuro se “convierte” en presente, deja de ser futuro instantáneamente, y el futuro entonces ya es otro “tiempo” que todavía no existe

2)- Si el futuro nunca es, nadie que es puede ir a lo que no es, porque no existe lo que todavía no es, aunque haya de ser…

Si el presente está en un tiempo que existe, (por eso puede ser), el futuro está en un tiempo que no existe, por eso no puede ser, aunque será Y ya hemos dicho que, si el tiempo no existe tampoco puede existir el espacio. Y el futuro ni tiene tiempo, ni tiene espacio, porque, si los tuviera, ya no sería futuro en ningún caso.: Sería presente. (Porque el pasado tampoco tiene tiempo, ni espacio, ya que, de tenerlos sería, ¡como no!, presente)

Si el tiempo no tiene memoria, no hay nada que podamos buscar en el tiempo pasado ni en el tiempo futuro para servirnos de ello. Sólo el presente (que no el tiempo, aunque en el tiempo) y el pasado tienen memoria a la que se pueda recurrir para saber cosas actuales que le suceden a un individuo y a los demás que están realmente muy cerca en momentos totalmente compartidos en presencia (en ausencia hay que recurrir a la memoria del pasado; es decir, a lo que nos cuenten otros) y convivencia. La arqueología, por ejemplo, que ya hemos nombrado antes, puede “recordarnos” el pasado mediante cosas materiales desenterradas que todavía existen desde esa antigüedad del tiempo ya pasado; pero siguen siendo objetos presentes dentro del tiempo, porque son cosas materiales que no se han destruido, y están aquí, ahora, (presente), porque han resistido el paso del tiempo. Sin embargo, los recuerdos mentales no son objetos materiales en ningún caso, y en cuanto el sujeto psíquico desaparece, el recuerdo mental también desaparece porque desaparece su memoria no material donde lo mental estaba archivado. Y podríamos preguntarnos (y con ello podríamos abrir otra interesante línea de filosofación), ¿a dónde van aquellos recuerdos mentales, aquel archivo de cosas no materiales memorizadas en la memoria psíquica de los seres biológicos? ¿Se pierden en el tiempo para siempre, o se pueden conservar en algún archivo también psíquico, virtual, y no realmente material, pero con suficiente “solidez” inmaterial? Porque sabemos también que la energía puede no ser material, pero puede convertirse en materia, así como, por la misma ecuación (E=mc2) sabemos que lo material puede convertirse en energía… ¿Es el tiempo una energía reversible que puede oscilar entre ser y no ser energía-materia y materia-energía, de forma continua y simultánea a grandes velocidades y que por ello no puede ser advertida esta constante intrínseca de su existencia dual, como dual es la luz, el electrón y otras partículas subatómicas? ¿Es el tiempo acaso virtud enérgico-material e inversamente reconvertible en materia-energía, de manera pulsante a altísima frecuencia? ¿Podría ser oscilante, en vez de pulsante? ¿Podría…? (¡¡¿…?!!)

Responder a todas estas preguntas resulta, hoy por hoy, imposible, con base científica certificada. Ninguna de las más grandes y recientes teorías científicas puede avalar una respuesta incontrovertible sobre esta materia concreta. No sabemos si el tiempo puede bilocarse, pero realmente el tiempo parece ubicuo: Está en todos los lugares del Universo conocido, por lo que sabemos, y su paso es inexorable dentro de la cronología inventada por los hombres, pero, ¿es acaso el tiempo algo que pasa continuamente, o es algo que realmente se está quieto, que es eterno e inamovible y lo que se mueve por el tiempo somos nosotros y toda la demás naturaleza material? Y la naturaleza inmaterial (lo que sea), ¿qué hace dentro del tiempo? ¿Circula, no circula, o qué otra cosa hace, en el tiempo? ¿O es que lo inmaterial y el tiempo son realmente, la misma cosa?...

Ciertamente, del tiempo kairós no podemos decir nada que nos sea conocido y demostrable, y tenemos que guardar silencio sobre su intrínseca quisicosa. Sólo podemos hablar del tiempo cronos, de “nuestro” tiempo, o, al menos de aquella sugestión de nuestras mentes que nos hace ver al tiempo desde una perspectiva que nos parece conocida y lógica para nuestro entenderlo como suceso en el día a día de nuestro vivir subyugados indefectiblemente a su exercivo pasar.

Pero el tiempo, como ya he dicho y repetido, no tiene memoria, y en si no parece guardar recuerdo alguno de todo cuanto haya pasado por él (o de todo lo que él haya pasado por todo, ya que no sabemos el orden en el que la cosa va) y si algo puede saberse de lo que estuvo algún día en el pasado, es porque se pueden desenterrar cosas materiales o se puede indagar a mentes humanas todavía vivas en el tiempo presente, acerca de su pasado. Pero el tiempo, en si mismo, ni guarda memoria, ni cuenta nada, ni nada hace saber: El tiempo, repito, no tiene memoria de nada que haya pasado, ni la puede tener de nada futuro; porque el futuro, aunque existe dentro de nuestras mentes intelectuales, en verdad no existe en la naturaleza del Universo, porque aun el Universo mismo no llegó al futuro que será simplemente el milisegundo siguiente. Y siendo así, (y lo es), ¡cuanto menos podrá saber lo que ocurrirá mañana!...

LA FOTOGRAFÍA COMO MEMORIA DEL TIEMPO
Y aquí es donde entra, realmente, la cuestión a la que quería llegar: La fotografía como documento de memoria del pasado. El tiempo no guarda memoria de nada, pero la fotografía si puede guardar la memoria del tiempo y del pasado. Y en este aspecto, tiene un valor incalculable como elemento “contador” de cosas pasadas, como narradora de historias, de eventos, de sucesos, circunstancias, coyunturas, entornos, modas, tendencias, evoluciones, certificadora de verdades y mentiras,…¡qué sé yo cuantas cosas más habidas y por haber!.

El tiempo, como bien sabemos, puede fraccionarse en pequeñísimos instantes. Hay instantes de tiempo GRANDOTES, como la hora, por ejemplo, (según a que se aplique, claro); hay espacios de tiempo MUY GRANDOTES, como el mes y el año, y AUN MÁS GRANDOTES como el QUINQUENIO el SIGLO, el MILENIO… Luego tenemos las ERAS y aún más cosas, y, cuando ya no sabemos como medir o contar, decimos EONES… Pero el tiempo tiene pequeñas fracciones, que, a escala humana, son realmente pequeñas, y por si solas, en la vida diaria de la mayor parte de la gente, no tienen mucho valor, tal como la décima de segundo, la milésima, etc. Sin embargo, para el fotógrafo (aparte del científico), las fracciones pequeñas son muy importantes en su diario quehacer. La pauta de su interés radica en que, en el dial de la escala de velocidades del obturador de su cámara fotográfica se marcan fracciones que, normalmente, van desde un segundo, (que es un tiempo aun medible, en cierta manera), a una o dos milésimas de segundo que realmente ya no son medibles con pautas de contar que no sean realmente mecánicas. Y estas fracciones tan cortas de tiempo son habituales para un fotógrafo ya que las tiene que usar a diario para poder hacer su trabajo, aunque conscientemente no repare gran cosa en ellas. Pero como sabemos, esto tiene una importancia capital en la cosa de la fotografía.

Pero hay más, todavía, sobre las fracciones del tiempo: Para ciertas tomas fotográficas hay que recurrir, (desde que la tecnología adecuada nos asiste), a tiempos que son ridículamente cortos y que no nos servirían para nada en la vida cotidiana si no fuera porque la fotografía, auxiliada por la mecánica y la tecnología puede hacer cosas para “memorizar” hechos que suceden a tan altas velocidades, que no podría haber memoria de las mismas sino fuera por estas increíbles fracciones de tiempo que puede detener o “congelar” la cámara fotográfica. O el destello de un flash electrónico, aun muchísimo más veloz y fugaz que el disparo de un obturador muy, muy rápido.

LAS MUY ALTAS VELOCIDADES
Un obturador muy rápido actual puede llegar a medir una fracción tan exigua como 1/12.000 de segundo. El destello de un flash electrónico de tipo profesional puede alcanzar una velocidad de 1/20.000 ó 1/50.000 de segundo. Un flash especial puede llegar hasta la increíble fracción decimal de ¡una millonésima de segundo! ¿Se imaginan ustedes dividir un segundo, que ya no es prácticamente nada, en un millón de fracciones y coger tan sólo una de ellas para que el flash dispare en ese intervalo tan corto de tiempo, y se detenga su destello, captando así una fracción de tiempo de esa duración con una imagen de un movimiento que nunca el ojo humano podría observar de manera alguna? La famosa “gota de leche sobre un plato” de Harold Eugene Edgerton realizada en 1938 con un “avanzado” equipo de flashes estroboscópicos fueron sacadas a esta velocidad, aproximadamente a una cadencia increíble de unos 6.000 destellos por segundo. ¡Realmente fantástico!

LAS ULTRA VELOCIDADES
Sin embargo, hay cámaras especiales de alta velocidad con obturadores ultrarrápidos que pueden captar la increíble cifra de 1.200 imágenes por segundo, y otros tipos de cámaras a 10.000 imágenes por segundo ayudadas por los brevísimos destellos de los flashes electrónicos estroboscópicos, también de alta velocidad. Normalmente esto se logra con obturadores especiales de tipo electro-óptico que no llevan partes mecánicas que haya que mover (desplazar cualquier porción de material mediante mecanismos requiere un tiempo mínimo imposible de rebajar), y funcionan mediante campos de tensión eléctrica o electromagnética. Estos campos se pueden aplicar en tiempos tan cortos como ¡100 billonésimas de segundo!, y modifican la entrada de luz en la cámara, actuando como verdaderos obturadores de ultra velocidad.

Se dice de la existencia de una cámara especial de alta velocidad con un obturador de espejo rotatorio que puede enviar pequeños destellos sucesivos sobre una porción de diminutos objetivos dispuestos sobre una superficie curva en la que cada uno actúa como una cámara independiente. Parece ser que este espejo rotatorio puede girar a velocidades de hasta 10.000 revoluciones por segundo, pudiendo hacer exposiciones tan cortas como de tan sólo ¡100 billonésimas de segundo! y alcanzar secuencias de 200 millones de imágenes por segundo. ¡Qué barbaridad! ¿No se habrán equivocado en algunos ceros?

Realmente la fotografía, dadas estas posibilidades que son impensables para la mayoría de la población (y también para una gran mayoría de los fotógrafos), nos permiten guardar la memoria de sucesos pasados a estas mismas velocidades de tiempo cronos. Cronos, en efecto, parece que se mueve lento para la vida cotidiana; y los sucesos todos, aunque parecen pasar a una cierta velocidad unas veces más rápida y otras más lenta, no dejan de estar en la escala “normal” de cualquier suceso diario: Minutos, horas, días meses y años. Tiempos cortos como segundos, raramente se usan en la vida normal de la mayoría de la gente. Una excepción, aparte del científico, está en la vida incluso normal del fotógrafo, en donde tiempos, ya no de segundos, sino de centésimas y milésimas de segundo, son usados con cierta profusión en el día a día en la mayor parte de sus tomas fotográficas.

El registro fotográfico es la memoria permanente del tiempo que pasa y no vuelve. El registro de una infinitésima porción del tiempo que emplea alguna cosa en existir puede quedar completamente desapercibida para el ojo humano, pero no para la emulsión fotográfica que, con medios oportunos, puede captar cualquier fracción temporal de un suceso que si bien de alguna manera podrá no ser ignorada por la naturaleza, si lo sería siempre para el hombre si no fuera porque la tecnología fotográfica es capaz de detener el tiempo en instantes realmente infinitésimos, y mostrar una imagen de ese instante preciso y efímero. Las cámaras profesionales de alto precio pueden detener instantes de tiempo desde escasas décimas de segundo, hasta 1/12.000, y usando flashes electrónicos de alrededor de 1/50.000, que ya son tiempos cortísimos y realmente efímeros para cualquier suceso en el tiempo.

Pero, ¿para qué sirven tiempos tan cortos como millonésimas de segundo? ¿Y qué decir ya de la cámara de ultra-velocidad que puede obturar ¡a cien billonésimas de segundo! ¿Qué puede pasar que sea realmente interesante en ese efímero instante de tiempo; en esa miseria de ridículas “dimensiones” temporales?

LA LICUACIÓN DE UNA BALA
Pues bien, pongamos un argumento: Una bala disparada por una pistola o un rifle, por ejemplo, puede salir a una velocidad de unos 360 metros por segundo o superior, dependiendo del tipo de pistola o rifle y del calibre del proyectil. Pero hay proyectiles que pueden llegar a los 6.700 metros por segundo de velocidad. Utilizando la fotografía para intentar saber que sucedía cuando una bala tropezaba contra un bloque de acero. y usando flashes de alta velocidad (alrededor de una o dos millonésimas de segundo) se pudieron congelar instantes diversos del impacto contra el bloque metálico, en una secuencia de diversos estados consecutivos por los que pasaba el proyectil después del impacto. Esta secuencia, dividida en instantes, se mostraba así:

En uno de los instantes, tras el choque contra el bloque metálico, se podía observar como la bala, debido al calor que generaba el impacto, alcanzaba tan alta temperatura que virtualmente se licuaba y perdía la forma característica de huso, asemejándose a una gota casi redonda rodeada por una especie de corona líquida, muy parecida al de la famosa gota de leche de Edgerton. En otro instante siguiente salpicaba como si de líquido se tratase (que lo era) y en otro instante consecutivo se podía ver como el liquido se solidificaba y se convertía en metal de nuevo formando las esquirlas del proyectil que suelen encontrase después esparcidos por el suelo… ¡Nadie se hubiera imaginado que el metal de la bala se licuase al contacto con el bloque metálico! Para licuarse, la temperatura alcanzada tendría al menos que llegar al límite de la temperatura del punto de fusión del metal en cuestión (el de la bala), aguantar así por unas millonésimas de segundo para poder salir despedido parte del material como gotitas de una salpicadura que enseguida se solidificaron y tomaron la forma característica de esquirlas. Gracias a la fotografía quedó un registro visible que “explicaba” que la bala no se rompía simplemente en cachitos metálicos sólidos por el impacto, sino que se volvía líquida, se separaba en gotitas y luego se solidificaba cada parte separada mientras se alejaba del lugar del impacto por el efecto rebote del mismo. La licuación de la bala y su solidificación era algo impensable, pero gracias a que el tiempo se pudo detener en fracciones tan cortas como de millonésimas de segundo, el registro de la memoria fotográfica aclaro el asunto: La bala no se rompe en cachitos metálicos sólidos, no; se funde, se separa como gotitas, y las gotitas caen al suelo y toman su enrevesada forma al volver a solidificarse millonésimas de segundo después mientras viajan por el aire y antes de caer al suelo…

LA MEMORA DEL TIEMPO RÁPIDO Y DEL TIEMPO LENTO
La fotografía, en efecto, tiene memoria. Y no sólo tiene memoria de las cosas muy, muy rápidas, sino también de las muy, muy lentas; tan lentas que el ojo humano no puede seguir el decurso completo de las mismas en todas sus fases de instantes temporales consecutivos que tienen lugar para completarse las acciones que dan lugar a los sucesos completos: Por ejemplo, si no fuera por la fotografía “intervalada”, no sabríamos nunca de qué manera más sensual y preciosa se abre una flor. Tampoco sabríamos cómo evoluciona un cielo con nubes, ni sabríamos tampoco como acaece el desarrollo de un cristal, por ejemplo. Por otro lado la vigilancia de animales salvajes para conocer su comportamiento o sus pautas familiares; o el estudio de la vida de los insectos en sus nidos, o de los reptiles o cualesquiera otros animales salvajes o en cautividad, sería imposible de seguir paso a paso sin la ayuda de una cámara fotográfica que siempre está presente durante una larga sesión de tiempo: Horas, días o semanas, si hace falta, para estudiar aquello que se ha planteado de antemano.

La memoria del tiempo rápido, detenido de manera prácticamente instantánea por las cámaras de alta velocidad, nos da cuenta de cosas impensables y de sucesos jamás imaginados. Y la memoria fotográfica del tiempo lento nos hace testigos de acontecimientos que de otra manera sería imposible de conocer en sus fases o secuencias de formación para ser y existir como lo hacen. El tiempo rápido detenido nos ofrece la singular belleza de una gota de leche que se cae, choca, y se rompe en una secuencia de una belleza incomparable en alguna de sus fases; y el impacto de una bala sobre un bloque de acero nos muestra la licuación del metal y su solidificación, también en fases, alguna de ellas de muy bella y atractiva estética. Así mismo, el tiempo lento detenido a intervalos y luego acelerado en una proyección de cine nos muestran las pautas de la belleza evolutiva del desarrollo de una flor, por ejemplo, o el desarrollo de una crisálida u otro evento cualquiera que sería imposible de seguir al natural para entenderlo en toda su dimensión. La fotografía, sin embargo, nos permite detener el tiempo en cualquier fracción de su paso, y conservar la memoria del suceso o sucesos archivada para su posterior estudio e investigación de tales cosas o acontecimientos, o simplemente, para recrear la vista con esos maravillosos diseños que la naturaleza crea en infinitésimas fracciones de tiempo, o por el contrario en larguísimas tandas de lentitud temporal…

TIEMPO CRONOS, "TIEMPOS" EN EL TIEMPO
El tiempo, ciertamente no tiene memoria: Pasa y ya está. No vuelve atrás. Cada suceso habido es único e irrepetible en si mismo, aunque haya otros sucesos en el tiempo que sean exactamente iguales en parecido. Porque la mayor parte de las pautas de comportamiento de las cosas de la naturaleza son repetibles al cien por cien, pero el tiempo en que estas suceden nunca es el mismo tiempo. El tiempo parece ubicuo, pero no lo es, al menos en el tiempo cronos: Aunque hay tiempo pasado, tiempo presente y tiempo futuro, y siempre es “el tiempo” en donde suceden las cosas todas, el tiempo cronológico de cada suceso consecutivo nunca es el mismo tiempo visto como instante, como fracción de un acontecer, como transcurrir de un hecho único que nunca puede volver a ser repetido en ese mismo instante que ya ha sucedido, aunque pueda volver a suceder otro hecho igual pero en otro instante de tiempo completamente distinto. Pero lo dicho: tiempo distinto, nunca igual, ni nunca en el mismo instante. Cada instante de tiempo puede tener la misma duración y ser aplicado a cada hecho concreto, pero nunca será, ni el mismo hecho, ni el mismo instante exactamente. El tiempo pasado y los hechos pasados, pertenecen al pasado de donde no se vuelve porque el tiempo pasado no guarda memoria, como tampoco la guarda el tiempo presente. La memoria del tiempo presente o pasado, la tienen los seres vivos que poseen la facultad del recuerdo, o la fotografía, que puede “almacenar” cualquier instante rápido o lento, y puede ofrecerlo para el mismo tiempo presente o el tiempo futuro, aunque el suceso registrado ya pertenezca al tiempo pasado. También aquel instante captado será siempre el mismo instante captado, y nunca será otro por muy parecido o igual que resulte cualquier otro de una fracción de tiempo anterior o posterior a esa fracción temporal concreta. (De no existir la memoria y el recuerdo, el tiempo cronos tampoco existiría para el individuo. Si una fotografía puede mostrar un instante ya pasado, es por la facultad de “su” memoria inscrita en película o papel, y de la memoria humana, capaz de leer y recordar. La ventaja de la imagen fotográfica es que resulta una memoria que el tiempo no puede deformar fácilmente, mientras que los recuerdos humanos si se suelen deformar en muchísimos casos. Una fotografía de un suceso dado puede aclarar recuerdos confusos o entremezclados con otros recuerdos no correspondientes al hecho concreto)…

Por otro lado también cabría el considerar, dentro del tiempo cronos, que cada “instante lento” de un acontecimiento de la vida siempre esta constituido por multitud de instantes verdaderamente rápidos o instantáneos, y que el instante lento realmente no existe en la naturaleza; pero esto ya es filosofar más allá de lo realmente necesario para la comprensión de la vida en los términos del saber y conocer humanos, en donde la división de tiempo rápido y tiempo lento no es necesaria llevarla más allá de lo que estamos haciendo para la comprensión de las cosas en fotografía. Porque en la vida normal, fuera del campo de la fotografía, esta división del tiempo largo en instantes consecutivos infinitesimales no es necesaria para la comprensión ordinaria de la existencia. Además nos encontraríamos con el problema de los tiempos intermedios infinitos, lo que es una locura matemática. Otra cosa es que en el estudio científico de cualquier suceso esto sea entonces necesario; pero no estamos hablando para científicos, y por eso no abordamos esta cuestión desde tal punto de vista tan específico.

DE LO PEQUEÑO, A LO MUY, MUY PEQUEÑO
Las fascinantes imágenes del mundo de lo realmente pequeño y diminuto que pueden ser captadas y presentadas en ampliación ante nuestros ojos a través de la cámara fotográfica provista de un objetivo macro, o usando fuelles de extensión, cautivan, no sólo por su belleza intrínseca, (desconocida porque el ojo humano no puede resolver cosas tan pequeñas como para darse cuenta de esta belleza singular), sino porque nos muestran otro mundo que, siendo realmente el mismo mundo que compartimos, es también, de alguna manera, un mundo paralelo y particular, diferente en muchos aspectos de “nuestro” mundo cotidiano y vulgar.

Pero, cuando ya vamos al mundo de la microscopía, allí las formas y las bellezas son completamente otra cosa tan distinta y diferente, que el conocer lo que allí se encierra no sólo causa asombro y estupor muchas veces, sino que nos hace saber que la vida, el tiempo y el espacio, no son lo mismo para todo lo que existe y es. La grandeza de las cosas pequeñas es a veces su forma de belleza, o sus organizaciones estructurales. Pero en el mundo de lo ultra-diminuto la belleza es a veces la gran fealdad que presentan, o la tan distinta forma de ser y presentarse en la vida, o su misma y característica forma de vivir el tiempo y el espacio.

Así, los virus, que son entes que pueden a veces ser beneficiosos, (pero mayoritariamente son temibles para la vida superior), suelen ser bellísimos en su presentación visual cuando la fotografía los muestra muy aumentados. Algunos son bellos por lo hermoso de sus formas y volúmenes; otros son bellos solo porque son feísimos y esa fealdad extrema los hace bellos y “atractivos” a la vista. En general, sus formas son curiosísimas y extremadamente hermosas, y sus estructuras poseen un atractivo indescriptible. Y a esto hay que añadirle aquel misterio de su enigmático existir como algo que es la frontera entre lo vivo y lo inerte por causa de que pueden cristalizar, lo cual no es típico de la vida. Porque en este estado de cristalización son completamente inertes, sin estar vivos, y sin embargo se “descristalizan” para poder vivir cuando hallan circunstancias que se lo permitan. Y esto no es leyenda, sino pura realidad. Esto, sin embargo, hace que los virus, en las imágenes fotográficas como memoria del tiempo, resulten aun más intrigantes y bellos en su contemplación. ¡Por encima de detener el tiempo en la vida de un “algo” que existe, la memoria fotográfica aun puede añadirle morbo a la cosa!…

Pero también sucede lo mismo con otras criaturas. Y sucede también lo mismo con cosas que no son vivientes, como los metales, los minerales y otras muchas cosas. Los cortes histológicos de plantas y animales también presentan estructuras y formas curiosísimas y llenas de una belleza singular que es especialmente atractiva posiblemente por no ser común su contemplación, y la rareza de lo no común es lo excepcional y lo que le otorga belleza y singularidad que la vista aprecia.

Y si alcanzamos a detener el tiempo y a guardar su memoria a través de un microscopio electrónico, la capacidad de aumento de los mismos nos puede mostrar al mundo conocido, desde otra perspectiva totalmente distinta e incomparable, con resultado de hallar que este mundo conocido oculta un mundo completamente desconocido. La belleza aquí ya alcanza a ser más que superlativa por como se pueden presentar visualmente las cosas, sean estas lo que fueren. Los extraordinarios aumentos de hasta 120.000 diámetros directos (a los que se pueden añadir más aumentos luego, al copiar), revelan detalles de hasta lo más infinitamente pequeño de las cosas todas. Y la belleza inaudita de estas ínfimas porciones de cualquier tipo de materia, es atractiva en grado sumo: A estos tremendos aumentos, casi todo lo registrado son abstracciones; pero son tan bellas y sugerentes, que pocas cosas pueden causar tanta sensación de atractivo visual como tales imágenes.

Al otro lado de la cosa tenemos lo infinitamente grande, como el firmamento, por ejemplo. Nuestra vista tan sólo alcanza a ver el Sol como una bola blanca, o rojiza si es al atardecer durante su puesta. Pero no se perciben más detalles. Incluso aquello que se puede ver a través de un cristal ahumado en un eclipse, aunque es hermoso por raro, y emocionante por singular, no aporta dato alguno particular sobre el Astro Rey. Pues aquí es donde la fotografía, mediante filtros, por ejemplo, puede mostrarnos otras formas de ver el Sol en longitudes de onda que no pueden captar los ojos, y mostrar así mismo pautas de comportamiento típicas de su actividad nuclear, como manchas, expulsiones de gas ionizado y otras muchas cosas. La fotografía puede congelar ciertos instantes de esta actividad y conservar una memoria que se puede repasar, estudiar y contemplar una y otra vez. También sucede así con las galaxias, las nebulosas y los extraños quásares. Una cámara fotográfica acoplada a un telescopio puede “acercarnos” la estructura de una galaxia muy, muy lejana, y mostrarnos una forma de su estructura particular y de todo aquello que la rodea contribuyendo, además de a su estudio, a la belleza estética de la imagen para su poder contemplativo de evocación y recreo, pero sobre todo lo importante es que nos hace poseedores de un documento con la memoria de ese tiempo en que la galaxia estaba existiendo mientras la cámara la observaba y la película grababa su imagen…

El tiempo, que no tiene memoria; que no se para nunca; que siempre va de camino; que pasa y ya no vuelve atrás; que pasa y ya no vuelve a ser el mismo instante pasado; que circula en una sola dirección por el espacio, no deja rastro alguno de lo que acaba de pasar. Lo que podemos ver es siempre un instante presente, al siguiente instante presente lo observado ya será otra cosa, aunque parezca lo mismo. Pero no lo es; no lo puede ser porque el instante pasado ya no está presente, ya es pasado…Cada instante es remplazado por un nuevo instante, y cada nuevo instante se hace viejo instantáneamente, así como que cada instante pasa definitivamente al olvido del tiempo, ya que el tiempo no tiene memoria.

La memoria de las cosas, pues, como ya se ha dicho, sólo la pueden tener los cerebros que tienen memoria. Y los cerebros con menor memoria tendrán menores capacidades para archivar y recordar acontecimientos sucedidos en el tiempo, aparte de que el recuerdo cerebral muchas veces cambia y deforma la memoria de los sucesos. Aquí, la fotografía es lo único realmente cierto y fiable con respecto a cualquier acontecimiento detenido y archivado en el tiempo. El momento preciso detenido no cambiará ya a lo largo del sucesivo lapso de tiempo que la misma imagen dure. Si algo cambia, es el envejecimiento del material soporte, de la emulsión que se estropea o de la imagen que se desvanece. Pero la imagen no se deforma como el recuerdo, excepto que el tiempo mismo la deteriora y acaba por deformarla ciertamente, pero nunca con la incertidumbre que contiene una memoria biológica como la nuestra. Sin embargo, mientras tanto esto no ocurre es mucho más fiable y verdadera la memoria fotográfica que el recuerdo mental, en cualquier caso.

La idiosincrasia particular del tiempo detenido es instantes o fracciones temporales diversas de ciertas acciones o reacciones, así como la índole de ciertas situaciones propias de la naturaleza de las cosas vivas en unos casos, o de las cosas inertes en otros, nos permite poder observar las peculiaridades distintivas a nivel individual o colectivo de múltiples organismos, de múltiples interacciones, de múltiples motivos que forman parte de la vida en forma de biología, (molecular, celular, etc.) y en forma de materia inorgánica, y por lo tanto inerte, como minerales, metales y otras formas asociadas de la materia.

Todo esto, en fotografía, es documentación fidedigna y precisa de la naturaleza constitutiva de nuestro universo local asequible a la vista, pero también de aquello otro que es imposible que el ojo pueda registrarlo, bien por sus dimensiones menores del típico poder de resolución del ojo humano (aproximadamente 0,1 mm para un ojo bien adiestrado), o bien porque simplemente esta muy lejos en el espacio u oculto incluso dentro de la Tierra por barreras naturales que no es posible poder rebasar para poder verlo normalmente. Así, fotografías de átomos y moléculas nos permiten observar sus formas características y sus “índices” de belleza plástica; fotografías de pequeñísimos detalles de plantas, minerales y metales nos permiten saber como son o se distribuyen sus estructuras; fotografías submarinas ponen al alcance de todos, imágenes de un tiempo detenido en situaciones que nunca podrían ver muchísimas personas; fotografías en cuevas difíciles o en simas inaccesibles pueden ser observadas cómodamente en casa o en el despacho por personas que nunca han ido al sitio donde se hallan los sujetos; fotografías del espacio profundo detienen el tiempo de las nebulosas y las galaxias y se pueden contemplar repetidas veces; fotografías de luz filtrada de manera especial nos permiten ver imágenes polarizadas, imágenes de rayos X, imágenes de rayos gamma, imágenes de luz infrarroja, ultravioleta, y etc., etc.… ¡Todo un universo de diferentes formas de ver la vida que nos rodea, y, además, diferentes formas de ser, de estar y de evolucionar la vida misma y la materia que rodea a la vida!…

No hay documento más preciso, más perfecto y más fiable, que la naturaleza misma de las cosas; pero dado que muchas de las cosas de la vida no pueden ser captadas por el ojo humano, el documento mayor que se puede tener de algo, es una fotografía de ese algo mismo, captada en cualquier instante de su temporalidad existencial, y registrado en un negativo o en una copia fotográfica. El tiempo huidizo de un movimiento rápido, invisible para el ojo humano, se puede expandir y puede pasar a ser observado y analizado convenientemente bajo series de detección de movimiento con luz estroboscópica, por ejemplo, plasmadas en fotografías. Y el tiempo dilatado de un suceso lento que es imposible de captar en cada una de sus fases precisas de existencia, se puede contraer mediante captación de fotografía “intervalada”, a cualquier ritmo o intervalo temporal que se precise, para luego poder seguirla directamente en una proyección a velocidad adecuada de visionado… ¡No hay nada, al parecer, que no pueda hacer la fotografía para documentar la vida, el paso del tiempo, y el espacio que nos rodea, hasta donde alcancen los medios disponibles por la inteligencia del hombre!.

EL DOCUMENTO FIDEDIGNO E INSOSLAYABLE
La fotografía, además es muy fiel a la historia, lo cual ya es otro tema dentro de cierta apreciación cultural como es la sociedad, la religión, o el Estado, ya que pueden dar fe de sucesos acaecidos en la sociedad humana con fidelidad absoluta. Otra cosa es que se hayan puesto mentiras delante del objetivo a la hora de hacer las fotografías, como escenarios arreglados para mentir en un determinado caso. Pero la cámara, la película, registrará esa mentira con fidelidad y precisión. Porque, aunque esa preparación sea una mentira preparada, es verdad que la mentira estaba delante de la cámara cuando la cámara hizo la imagen de esa mentira. Pero esa mentira ¡era verdad que estaba delante de la cámara! Por lo tanto, la cámara no mintió en absoluto: la cámara capto lo que realmente y de verdad tenia delante. La cámara realmente “testifica” que lo que había delante era verdad, y la película lo suscribe y confirma, aunque esta verdad fuera una mentira del fotógrafo o de quien quiera que haya arreglado el escenario para mentir. Otra cosa es que el observador sepa evaluar esta verdad de la cámara como la mentira del fotógrafo, o no; pero la fotografía no ha mentido, ya que, en el momento temporal en que la película memorizó el suceso o cosa, el suceso o cosa estaba allí: ¡Mismo delante de la cámara!…

Por otro lado, la fotografía tiene el gran poder de autoautentificarse a si misma si alguien intenta manipular la imagen conseguida en su negativo o su positivo, cosa esta que ya he debatido y expuesto en incontables ocasiones. En su estructura de plata revelada, un negativo puede tener una población de granos que según la sensibilidad de la misma puede oscilar entre unos 500 a 3.000 millones de granos por cm2. En esta superficie, (que aunque irregular por la heterogeneidad de su población de granos, resulta sin embargo completamente homogénea y regular en su peculiar forma de distribución general), cualquier retoque romperá irremisiblemente la perfección distributiva homogénea de la capa, y un simple microscopio revelará la zona de retoque sin que pueda haber dudas sobre ello por lo claro que destaca la diferencia entre la regularidad el grano y la irregularidad de la zona retocada. No hay nada que se pueda hacer en una capa así de tantos millones de granos por cm2 para disimular cualquier retoque habido, y no hay medio humano ni tecnológico que pueda permitir un retoque que no perciba el microscopio, aunque pueda no percibirlo el ojo humano por su falta de resolución. Y hay más: Si se intenta reproducir una fotografía retocada pensando en que se disimulará o desaparecerá el retoque, no lo conseguirá nadie, porque la fotografía es tan fiel “dibujando con luz”, que reproduce exactamente también el retoque con sus propias características intrínsecas, separado y netamente diferenciado del resto de lo que es la estructura original del grano de plata del original… ¡Imposible no saberlo!

La mayor parte de la fotografía, a nivel popular, se hace como medio social para conservar la memoria de eventos, sucesos y ratos de ocio, placer y disfrute. El valor de estas imágenes es puramente documental la mayor parte de las veces, y a este respecto la fotografía cumple perfectamente bien esta labor y guarda en si todos esos instantes memorables y evocadores del tiempo de las gentes, los objetos y las cosas que nos rodean y que tienden a ser modificadas poco a poco por el mismo tiempo cronos en su “deambular” por el universo para envejecerlo y desgastarlo todo. También la fotografía científica, la ilustrativa y la fotografía, digamos, recreativa, esa que se hace por el simple placer de hacerla, son documentos en si de ciertos instantes del tiempo de la naturaleza que ha sido detenido por la emulsión fotográfica.

La fotografía retórica, aquella fotografía que requiere manipulados especiales, modificaciones añadidas, retoques o eliminación de elementos de imagen para hacerlas conceptualmente más atractivas o para que transporten en si mensajes “artísticos”, pueden no ser realmente documentos históricos en el estricto sentido de la palabra por efecto de esta manipulación. Pero, aun así, el microscopio puede identificar fácilmente y autentificar todo aquello que no ha sido modificado, añadido o eliminado de una fotografía, y aun dar valor documental a esas porciones intactas y exentas de manipulado, de cualquier imagen fotográfica. Cuando se “dibuja con luz”, cualquier imagen es tan infinitamente perfecta, que cualquier retoque del hombre, (dibujando sin luz, con cualquier otro instrumento) se conoce sin más por lo imperfecto de su trazo en medio de la perfección del trazo lumínico… ¡Ni punto de comparación! ¡En una fotografía, lo que no haga “cantar” el microscopio!...

Xosé Gago
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