Filosofaciones fotonanticas y otras connotaciones fotograficas. Parte I. (Agosto 2012)

¿Qué sucede dentro de una emulsión, cuando le da la luz? ¿Podemos hacernos una idea?


NOTA: Ultimos apuntes sobre teoría fotografica a nivel interno (atómico)dada a los alumnos permanetes Ricardo Alcalde y Roberto Carbajo para entender algunas cuestiones sobre las emulsiones de haluros de plata, durante el periodo de clases sobre la fabricación de las mismas, y sus reacciones.





ELECTRONES EN DANZA “CONGELADA”DENTRO
DE UNA RED IÓNICA, DESPUÉS DE EXTINGUIRSE LOS FOTONES.
A mi casi no me cabe duda de que la imagen latente fotográfica es una disposición atómica con una danza de electrones en juego que mantienen distintas intensidades en disposiciones energéticas específicas en las cuales conservan un patrón de proporcionalidades interactivas que han sido activadas y dispuestas por la luz incidente sobre el haluro de plata, y que se han “congelado” de cierta e inexplicable manera, para mantener ese patrón de información analógica procedente de la proyección del objetivo. Sin embargo, ese estado de “congelación” energética, paradójicamente, es precisamente esa danza de energías lábiles, por decirlo así, detenidas por la radiación, pero primeramente originadas también por esa radiación misma. Antes de que la luz radiante llegara a la emulsión, el estado atómico de la misma era otro, indistinguible desde nuestro mundo macroscópico, a nivel humano, pero seguramente modificado de manera terrible si se pudiese observar a escala cuántica.

Ahora bien, cuando los fotones tocan la materia, se extinguen, bien habiendo afectado al “blanco” o diana sobre el que inciden, o bien sin haber realizado acción alguna, importante, sobre el mismo. Pero en el caso que nos ocupa, tratándose de emulsiones fotográficas, siempre hay afectación y una modificación notable del haluro expuesto a la radiación lumínica, aunque no puedan percibirla nuestros sentidos debido a la pequeñísima escala del nivel atómico en que pueden ocurrir, verdaderamente, tales fenómenos de cambio físico y químico de las partículas, átomos e iones implicados.


CAMBIOS DURADEROS A PARTIR
DE PARTÍCULAS QUE NO DURAN.
En el caso de los haluros de plata, bien sabemos cuán importante es la acción de los fotones, puesto que son ellos mismos, sin duda alguna, quienes dejan, mediante algún sofisticado mecanismo físico, o químico, (o las dos cosas), la impronta a escala perfecta de cualquier motivo al que se dirigió la cámara y que trasmitido por el objetivo de la misma, alcanzó a la película en una fracción dada de tiempo, o bien debido a la acción de la luz de la ampliadora, a través de un negativo, sobre un papel fotográfico, cosa habitual esta última, y cotidiana, para el fotógrafo laborista.

Sin embargo, la acción de los fotones es muy poco duradera sobre el material fotosensible, pues, con las películas más rápidas es de escasamente centésimas o milésimas de segundo, y aún con las películas más lentas raramente se llega (excepto casos muy concretos) a exposiciones de segundos enteros, y solamente en el positivado de las copias en el laboratorio pueden ser más habituales los segundos que sus fracciones.

Pero los fotones se extinguen, como antes se dijo, al interactuar con la materia. Sin embargo, la acción de los fotones sobre la emulsión deja unos cambios verdaderamente significativos sobre la red cristalina del haluro de plata, que duran, o pueden durar, mucho tiempo, después de ser efectuados de manera tan rápida y fugaz, y permanecen, ciertamente “vivos”, aunque en estado latente, durante incluso años, si se tienen ciertos cuidados, aun cuando no se lleve a cabo el revelado de aquel material que fue “atacado” y fue selectivamente expuesto a la acción de esos fotones que han logrado penetrar hasta la misma intimidad de la película, allá en la privacidad y aislamiento de la red cristalina argéntica.


¿QUÉ “COSA” QUEDA TRAS LOS FOTONES?
Y dado que los fotones se extinguen tras el impacto sobre la materia iónica del haluro de plata, ¿qué queda, pues, sobre el haluro de la película o del papel fotosensible para que el cambio producido por los fotones permanezca aun cuando los fotones mismos que han impactado contra el haluro se hayan extinguido, y por lo tanto desaparecido del medio, tras la interacción?

Ciertamente sabemos que esa interacción de los fotones con el haluro de plata libera electrones y cambia, combina y recombina, cargas eléctricas dentro de la red cristalina del haluro de plata. Pero después de esta interacción, los fotones dejan de estar allí para desaparecer, por lo cual ya no pueden mantener la imagen latente a la que ellos mismos han dado origen con sus impactos radiantes. Por lo tanto, el asunto es saber ahora que es esa imagen latente, misteriosa e invisible; saber así mismo, que “cosa” la compone, que energía la sustenta, y que mecanismos energéticos de archivo y preservación la protegen precisamente en estado de latencia, así como saber también que forma de codificación la mantiene “entera” con tal complejidad de datos a escala perfecta, soportando una información tan precisa y pormenorizada de cada detalle del original que ha sido trasmitido al haluro de plata cristalino.

¿Qué han hecho los fotones? Desde nuestra “sabiduría” actual creemos saber que los fotones han llegado al haluro de plata en cascada, distribuidos por jerarquías de poder energético, y han dibujado, en función de sus energías particulares, y punto por punto, una imagen exacta del original, a escala perfecta de dimensiones y distribución de sombras y luces, aunque en miniatura, pero sin que en tal dibujar pueda faltar un detalle importante, aunque levísimo, ni tampoco un detalle trivial por muy inútil que sea, pues allí está todo, de tal manera que, tanto lo útil como lo inútil para la belleza o la información aprovechable, también está allí dibujado con una exactitud que incluso puede ser exasperante en aquellos casos que cierta información no deseada, pero presente en el original, rompe la belleza, la armonía, o la expresividad artística de una imagen fotográfica.

Los fotones, en principio, son pues, los causantes de “escribir” toda la información pormenorizada de una imagen, (de aquí el nombre genérico de “foto-grafía”) sobre una porción de haluros de plata correspondiente a cada fotograma expuesto en una cámara fotográfica cualquiera, o bien sobre un papel fotográfico bajo el cono de luz de la ampliadora. Pero, sin embargo, la imagen se queda, mientras que los fotones se extinguen o se van. Así, pues, con referencia a las imágenes, los fotones las hacen, pero no las mantienen, porque dejan de estar allí, junto a la imagen, casi tan instantáneamente como han llegado a la emulsión. Esto nos lleva a pensar que, en efecto, la imagen fotográfica se genera tras la entrada selectiva de la luz sobre el haluro argéntico, pero luego tal imagen se mantiene por otros mecanismos, por otros medios independientes de la luz misma que la han formado como imagen latente, ya que, repetimos, los fotones se extinguen inmediatamente tras el impacto formador y dejan de ser y estar sobre el haluro, mientras que la imagen generada permanece allí, arropada por energías que ya no son fotónicas en caso alguno: ¿Qué tipo de energía, pues, mantiene la codificación fotográfica en el estado de “imagen latente”?


YA NO MÁS LUZ, SOBRE LA LUZ.
Todo el resto del tiempo que pueda pasar sobre una imagen desde su formación latente, hay que mantenerla alejada de la luz (si queremos que una imagen codificada en tal estado sobre una película o un papel sin revelar, se conserve en el tiempo) para que no sea destruida o neutralizada. Ahora, una vez formada la imagen latente, hay, por el contrario a su formación, que mantenerla completamente alejada de cualquier tipo de luz que pueda ser “sentida”, o percibida, por el haluro fotosensible afectado. Ahora el acceso visible a una imagen invisible formada por la luz, ha de ser condicionado, forzosamente, a que ninguna otra luz actínica para el medio fotosensible con imagen latente, pueda alcanzarlo bajo ningún concepto si queremos conservar esa fidelidad y pureza de la imagen, como por ejemplo, mantenerla libre de velo, de otras imágenes “fantasmas” (producto de dobles exposiciones accidentales, etc.), o de otros defectos técnicos indeseables que puedan darse por descuidos o negligencias, así como aun su misma desaparición por un velado totalitario si le da la luz indiscriminadamente…

El acceso a la imagen codificada, (a través del revelado), para hacerla visible y física, debe, pues, ahora, una vez formada como imagen latente, hacerse siempre en total ausencia de luz actínica para el material fotosensible en cuestión. La luz ya no debe de “ver” de nuevo tal haluro afectado so pena de “quemar” y destruir aquello mismo que minuciosamente, y detalle por detalle, ha dibujado ella misma sobre el haluro virgen con tanta precisión a escala perfecta…Nos hallamos, pues, ahora, ante una imagen latente que, si bien ha sido formada por los fotones de la luz ordenadamente “disparados” por el objetivo fotográfico sobre el haluro de plata virgen, ya no los volverá a soportar de nuevo sin que peligre su integridad y su pureza, así como su fidelidad al motivo que ha dibujado con tanta y exquisita precisión. El revelado, pues, ha de hacerse en total ausencia de luz actínica para tal material fotosensible.


EFÍMERO TIEMPO DE CREAR,
PARA UN LARGO PERVIVIR CREADO.
La luz, por lo tanto, en la formación de una imagen fotográfica virtual, tan sólo es efectiva durante un corto o cortísimo instante de tiempo. Esta brevísima temporalidad puede ser una verdadera insignificancia, una ráfaga fugaz e irrisoria del tiempo cronos que, aunque medible matemáticamente, puede resultar realmente ridícula y risible comparada luego con el tiempo total que tal imagen puede existir como virtualidad latente, sin revelar, o como objeto físico, tras ser revelada. Y sin embargo, la imagen depende, para su formación, precisamente de esa ridícula cantidad de luz que la ha formado, virtualmente, a través de una no menos ridícula cantidad de tiempo que le ha llevado a hacerlo, que puede ser de muy escasas milésimas de segundo: un tiempo aun más rápido y fugaz que un veloz pestañeo, que no dura nada… Y sabemos que, en ese preciso momento de la exposición milésimo-temporal aludida, una fracción más alta o más baja de luz con respecto al tiempo, o una fracción de tiempo más baja o más alta con respecto a la cantidad de luz, hubieran malogrado esa perfectísima imagen virtual, en poco o en mucho, o bien la pudieran haber destruido por completo…

Pero, después de esa corta o cortísima fracción de luz y de tiempo bien correspondidos, sabemos que se ha formado una imagen invisible, perfecta toda ella, paradigma de la precisión escalar y de infinidad de matices, detalles y finuras. ¡Más, se acabo para ella el ver más luz!: debe, ahora, forzosamente permanecer en la oscuridad completa, y según que tipo de haluro fotosensible puede ser o no iluminada con ciertos tipos de fotones, pero no con todos, pues hay determinados materiales que son ciegos a ciertos tipos de luz, y, por lo tanto, aun en este tipo de luz ellos se hallan, ciertamente, en oscuridad completa… ¡No más luz después de la luz! ¡No más luz actínica! ¡No, para la imagen latente fotográfica! ¡Ahora sólo la oscuridad es seguridad y certidumbre! ¡Paradojas de la vida!


DESDE EL COMIENZO,
PARA UN MEJOR ENTENDER.
Pero veamos primero, antes de seguir, algunas cosas importantes que conviene saber sobre lo que se halla dentro de una emulsión fotográfica, para poder entender mejor lo que se pueda exponer más tarde, si se tercia. Comenzaremos por “ver” una emulsión por dentro, tras ser formada. Y dada la complejidad del medio atómico y molecular del interior de una emulsión de haluros de plata, simplificaremos todo hasta el límite máximo, refiriéndonos tan sólo a los elementos más importantes y necesarios para entender la magia de la acción de los fotones, en su brevísima incursión en la estructura de la emulsión sensible, y más tarde seguiremos, igualmente de manera muy simplificada, observando, desde dentro, que otras cosas ocurren o pueden ocurrir, sobre la red iónica cristalina, en una filosofación imaginativa, que, sin estar exenta de rigor explicativo, nos lleve por caminos de cierta ligereza, a especular seriamente y con sensatez, sobre “cosas” de la magia fotográfica interna en el seno de una emulsión de haluros de plata, sea película, o papel.

Por de pronto, nos imaginaremos que los iones plata positivos (Ag+), y los iones bromuro negativos (Br-), son como bolas, en donde las “bolas” iones bromuro son mucho más grandes que las “bolas” iones plata positivos

De haber podido, de alguna mágica manera, estar dentro de la red cristalina del haluro de plata justo después de que haya sido extendida sobre el soporte y antes de que haya sido expuesta a la luz, hubiéramos apreciado ciertas disposiciones generales que son típicas en una emulsión fotográfica, aun cuando cada una en particular pueda tener sus singularidades: La red iónica cristalina la apreciaríamos como un enorme enrejado macroscópico (si nosotros pudiésemos estar allí a escala nanométrica) compuesto por montones de moléculas y moléculas de diversos compuestos enlazados por puentes y ligaduras de energía que conectan, sujetan, y constituyen, un enorme edificio de entrelazados energéticos totales.

Normalmente, el haluro de plata está formado por una enorme cantidad de granos de bromuro de plata que cristalizan de forma general, en el sistema cúbico, pero en donde coexisten formas globulares (de aspecto esférico), placas de tipo hexagonal, y también placas de formas triangulares, en donde el dominio de unas u otras formas tiene que ver con el tipo de precipitación que haya sufrido la emulsión. De todas formas, la red cristalina es prácticamente independiente de la forma externa del cristal.


TENSIONES Y ENERGÍAS INSATISFECHAS
Pero la formación de los cristales, a partir de la precipitación del haluro de plata, requiere una cantidad de energía considerable que se consume en su mayor parte en la realización de la estructura tridimensional y en el alojamiento de los iones en esa conformación natural de tipo cúbico, en donde esa forma particular de edificio cristalino posee, como cualquier otro tipo de construcción, una serie de tensiones internas y externas provocadas por la misma sustentación de planos de cada uno de los cubos adyacentes. De esta manera hallamos que cada sólido cristalino iónico está repleto de fuerzas cuyas intensidades serían capaces de sujetar fuertemente a otros posibles iones, además de a todos aquellos que son inevitablemente necesarios para confeccionar la red cristalina general.

Ciertamente, en su periodo de formación inicial, las fuerzas internas naturales de este patrón rígido tridimensional que es la red cristalina iónica, se hallan perfectamente casi equilibradas, permitiendo por tal motivo una segura estabilidad al entramado iónico. Y lo de decir “casi” es por cuanto, en efecto, hay una cantidad residual de energía libre que pudiera ser desviada para otros fines, al no estar enlazada firmemente al entramado mismo. Sin embargo, esta energía libre, en principio, que sería prácticamente inoperante no habiendo nada que pudiera ponerse a su alcance, representaría una energía “quieta” que podría ignorarse si no fuera que, en el seno del haluro precipitado existen iones libres que pueden ser atraídos y atrapados por ella. Mas sucede que, tras completarse toda la red cristalina en el curso de la precipitación, se hallan presentes en la solución una cantidad importante de iones bromuro provenientes del exceso de iones bromuro necesarios para la maduración por calor. (Esta primera maduración normalmente siempre se hace con exceso de iones bromuro que obran como disolventes de los granos más pequeños para que crezcan, a sus expensas, los granos mayores, y aumentar la sensibilidad de esta manera). Ese grupo, pues, de fuerzas insatisfechas que se hallan en estado libre, atraerán hacia sí, tras haberse completado la formación del cristal, a una cantidad de iones bromuro que serán captados “a la fuerza”, por adsorción, y añadidos así a la superficie del enrejado cristalino, de manera que, aun sin formar parte de él directamente, se incrustarán, lo deformarán y dislocarán en partes de su estructura, causando defectos superficiales no pocos, que son como trampas, o tropiezos que hacen imperfecta una estructura cúbica que debiera ser casi perfecta por naturaleza. Por otro lado, esta carga de iones “extraños” a la red cristalina que ésta misma lleva adsorbidos en su superficie, nos explica porque su carga eléctrica (la de cada cristal) es negativa, pues tales iones bromo “parásitos”, y no naturales a la red, son ellos mismos, por naturaleza, negativos, sin tener fuerza alguna positiva que los equilibre. Las deformaciones y todos los defectos que se crean, son sin embargo muy útiles, pues la sensibilidad se acrecienta gracias a ellos, y aparte de los que se dan de forma natural, también se provocan defectos de manera artificial mediante los llamados sensibilizadores químicos, que son trazas de ciertos productos añadidos a la emulsión en el proceso de fabricación, que ayudan a deformar aun más en enrejado iónico cristalino del haluro de plata, lo que le da mayor sensibilidad a la luz.

Además, en la red cristalina también existen átomos de plata positivos en exceso, los cuales ocupan ciertos intersticios de la red, y la deforman, por su lado, dando también lugar a defectos puntuales propios. Estos defectos puntuales propios de los polos positivos de plata en exceso, son los llamados IONES PLATA INTERSTICIALES, que son simplemente iones Ag+ móviles, capaces de desplazarse en busca de polos negativos cuando reciben energía suficiente para ello, (en forma de fotones, por ejemplo) lo cual se puede cumplir fácilmente durante la exposición, y aun tras ella, dadas las cargas energéticas almacenadas en la red cristalina, o las que se suelen luego liberar debido a interacciones retardadas entre otros “entes” que habitan el entramado de la red iónica del haluro de plata.


UNA VISTA BREVE AL
EDIFICIO DEL CRISTAL IÓNICO.
Así, el edificio del cristal, la red cristalina, tras su formación y asentamiento, es una distribución estable, hasta cierto punto, de iones diversos (Ag+, Cl. y/o Br-), y estos se hallan dispuestos a distancias iguales, (imaginados como bolas difusas, unas más grandes y otras pequeñas), y de forma alternativa, justo en los puntos de intersección de las mallas imaginarias de una red cúbica, y en las tres direcciones del espacio; es decir, en una red iónica tridimensional que forma como un patrón rígido de edificación, en donde se podría observar una disposición espacial como de un cubo de cubos con sus caras adosadas a las de los otros cubos adyacentes y ocupando planos, digamos, “paralelos”, si nos imaginamos a los campos de fuerza como una cuadrícula de mallas también cúbicas que unen entre sí, en los vértices, de manera alternativa, a los iones (o bolas difusas), implicados. También se puede ver de otra manera la red cristalina, imaginándonos a los iones dispuestos alternativamente, y en cada dirección espacial, como si fueran una pila de balones de fútbol (también difusos) de dos diferentes diámetros, mantenidos en el aire a cierta distancia entre si, si prescindimos de “ver” las imaginarias líneas de fuerza antes dichas. A más de esto, y como quiera que prefiramos verlo, y tal como se ha dicho antes, el cristal lleva adsorbidos sobre su superficie general, una cantidad no pequeña de iones bromo negativos, “parásitos” que deforman la perfecta armonía natural de su estructura y crean deformaciones superficiales, proporcionando también así, la carga eléctrica negativa que le es característica por tal motivo.

Por lo tanto, si, como antes suponíamos, nos halláramos a escala microscópica indagando dentro de una emulsión recientemente precipitada, veríamos como ésta posee una red cristalina de tres dimensiones espaciales compuesta por iones plata positivos, Ag+ (bolas pequeñas y difusas), e iones bromuro negativos, Br- (bolas más grandes, y también difusas), estando todos ellos como embutidos en una hilatura, trama o malla de fuerzas que se mantienen como un patrón de edificación rígido, al que tales iones están firmemente sujetos, pero que, en donde, por ser mucho mayores los iones bromuro negativos que los iones plata positivos, los primeros también ocupan mucho más espacio en esa malla que los segundos en razón misma de su volumen. Por la disposición natural de la red cristalina, veríamos que, aunque ambos tipos de iones se mantienen ocupando los vértices de una serie de cubos imaginarios, de forma alternativa, y en cada dirección, cada uno de los iones se rodea de seis de los otros iones, en donde tal ordenamiento sólo tiene por límite el mismo tamaño del cristal, ya que de no ser así seguiría siendo hasta el infinito.


DE TAMAÑOS Y CANTIDADES.
Por supuesto, cada cristal es también lo que conocemos como “grano” de la emulsión, y los tamaños más generales de grano suelen quedar comprendidos entre los 0,004 mm hasta aproximadamente los 0,00002 mm. Aunque esto depende del tipo de emulsión, sin embargo, como término medio, se ha llegado a calcular que cada grano puede contener en su interior ¡desde mil millones, hasta un millón de millones de pares de iones del tipo que se ha descrito! Y si contamos que, en una emulsión de grano grueso suele haber una cantidad de 500 millones de granos por centímetro cuadrado, y en una de grano fino unos 3000 millones, la cantidad de pares de iones que existen en el interior de una emulsión de haluros, fotográfica, es una inmensidad inimaginable para una mente sana… (Una mente enferma, puede ser otra cosa).


MÁS TENSIONES Y
DEFECTOS DE LA RED IÓNICA.
Cuando una emulsión se seca sobre un soporte, se crean de nuevo tensiones internas dadas las fuerzas mecánicas de contracción, y es inevitable una fuerte deformación de la red iónica en esta acción, pero, además, esta tensión hace que se interpenetren los cristales con formación de maclas importantes que deforman porciones de la malla y dejan a muchos iones plata positivos dislocados, pues estas deformaciones los dejan parcialmente fuera de lugar y mal asentados en sus vértices respectivos, es decir, “en falso”. Por otro lado, aquellos iones bromo adsorbidos por las fuerzas libres insatisfechas, y que se hallan colocados en los intersticios de la red, lugares que debieran estar libres, exentos de estos elementos para la perfección del edificio, al constreñirse la gelatina por causa del secado crean aun mayores deformaciones e irregularidades en la malla. Al final, hallamos que la red cristalina del haluro de plata, es todo un edificio torcido, deformado y dislocado, pero nunca aquel modelo perfecto que debiera ser, por naturaleza, de no ocurrir todas estas anomalías que suceden por motivos, también, “naturales”. Finalmente, la estructura reticular de cada cristal aparece como una subdivisión de pequeños bloques separados por planos de tensión, por fisuras, por discontinuidades, por rizos, por dislocaciones y por otros muchos defectos que no pueden contarse ni considerarse por lo abundantes que pueden resultar. No hay, pues, regularidad en algo que debiera, por naturaleza, ser regular, pues la naturaleza misma del proceso de fabricación de los haluros de plata, es proporcionar una malla deformada, llena de fisuras, trampas y dislocaciones, cosa que sucedería aun en contra de la voluntad del operador, si éste hubiera deseado lo contrario, (que no lo desea ni mucho menos), pues de estas deformaciones y defectos depende, precisamente, la bondad del sistema fotográfico a la hora de “dibujar” las más exquisitas imágenes que la naturaleza misma de la luz es capaz de llevar, a través del objetivo de una cámara, o ampliadora, hasta el material sensible del que estamos hablando. ¡Alabados pues, sean tales defectos!

Una cosa más que tenemos que considerar es que también puede suceder que dentro del edificio cristalino de la red iónica, hayan crecido, durante la maduraron por refusión, o segunda maduración, una cierta cantidad de núcleos metálicos de plata, a los que se les dio en llamar GÉRMENES DE PLATA METÁLICA, y que suelen ser comunes en las películas de cámara. Podemos hallarnos con tales partículas en algún momento dado, y por eso conviene saber de su existencia. En muchos casos son núcleos de sulfuro de plata o de oro, hechos crecer artificialmente para aumentar la sensibilidad efectiva de las películas.

Después de todo esto, dicho todo y explicado de manera muy simplificada, estamos ya en disposición de meternos en las filosofaciones de las cuales hablábamos al principio de este ensayo.


A TRAVÉS DE LA MALLA
(EL “VIAJE” AL INTERIOR DE LA RED).
Nos reducimos, pues, tres fotógrafos curiosos, a un tamaño micrométrico conveniente para que los iones del la red cristalina del haluro de plata no nos resulten demasiado grandes, ni demasiado pequeños, y con nuestra visión avispada y dispuesta a no perder detalle, nos metimos dentro de una emulsión, y nos sumergimos dentro de su estructura. Y digo lo de “nos sumergimos”, porque, a esa escala, el medio fotográfico a visitar resulta estar muy mojado, o, cuando menos, muy, muy húmedo, a causa del agua molecular, que, si bien a la escala humana prácticamente no existe tal agua, a esta otra escala no deja de ser abundante en modo alguno. El medio en que ahora nos movemos es viscoso y algo denso, difícil para caminar, y más difícil para correr, y, además, lleno de intrincados y abruptos recovecos

La película en donde nos hallamos está alojada en una cámara, y nos hemos sentado, dentro de la red iónica, en un espacio abierto, bastante grande, y que nos parece seguro, aunque seguro allí dentro no hay nada, pues todo está desencajado y lleno de fisuras y deformaciones, y vibrando fuertemente, pues allí se notan bien los efectos de la agitación térmica y molecular. Estamos en un bucle de la red cristalina, al lado de un tembloroso ión plata positivo, y a lo lejos se ven los iones bromo, negativos, mucho más grandes, que también trepidan todos ellos. Llevamos varias horas esperando. Hay ruido, un ruido sordo, vibrante, continuo, como un ronroneo en diversas escalas de frecuencias, y está provocado por los movimientos vibratorios de los iones, la energía térmica del sistema y otras vibraciones sin identificar, entre muchas otras. Todo tiembla, y la estructura más se parece a un flan vibrante, que a otra cosa. Y aquí estamos esperando pacientemente a que suceda algo; a que cambie alguna cosa. Al tacto todo lo que tocamos resulta como una materia untuosa en su totalidad…


LA “TOMA” Y
SUS CONSECUENCIAS.
De pronto sufrimos una aceleración ascendente tremenda, y nos sentimos como llevados por la fuerza de un cohete hacia arriba. Se estabiliza la cosa, y, ¡¡FUASHHH!!: entra en la red cristalina un chorro de luz cegador: (Se ha abierto el obturador de la cámara. Estamos ante una toma fotográfica). Miles y miles de millares de fotones nos pegan con sus impactos en todos los sitios y vemos como se distribuyen en jerarquías de poder cayendo por todos las zonas del haluro del fotograma donde nos hallamos pero empujándonos con tal fuerza que, agarrados a una de las imaginarias líneas de fuerza de la malla, apenas teníamos tiempo para ver como caían y se extinguían tras sus impactos, absorbidos por el medio fotográfico, pues nuestra prioridad era que no nos llevase la corriente de fotones a algún sitio peligroso, como podía ser una fisura, o cosas parecidas allí presentes, cuya apariencia externa era tenebrosa y profunda. Pero la “presión” de la luz sobre la red iónica fue como un cañonazo de múltiples balas que hicieron que la red cristalina oscilase en todos los sentidos, y podíamos notar como hasta las líneas de fuerza se estiraban y encogían y parecían cuerdas oscilantes que alguien movía desde un extremo en sentido ondulatorio, arriba y abajo, a izquierda, y a derecha… ¡Fue horrible, durante unos instantes! Este hecho de la entrada de luz, sentido a nuestra escala microscópica encogida, duró algo así como si fuera un tiempo como “ligeramente largo”, diríamos, aunque sabemos que la exposición fue realmente de sólo escasas milésimas de segundo. Pero también nos dimos cuenta de una cosa singular, que parece que nadie nunca ha reparado en ella desde el exterior: A pesar de la preocupación por agarrarnos ante la aparición de la luz y la marea de fuerza de los fotones, también observamos como la luz se “descomponía” en forma de onda de interferencia al pasar por las rendijas, fisuras y recovecos de la red cristalina, y pudimos observar allí in situ las crestas y los vientres de la interferencia recomponiéndose al otro lado de aquellas barreras naturales del haluro de plata… Aquellas ondas interferenciales en la intrincada maraña de los recovecos de la red iónica cristalina, ¿a que venían si ni siquiera fueron nunca teorizadas dentro de una emulsión? ¿…? ¡Aquello era contemplar el “experimento de las dos rendijas” en vivo y en directo!... ¡¡Qué maravilla de espectáculo!!...

Pero de repente, y sin esperarlo, y de manera prácticamente simultánea a la entrada de la luz en la red cristalina, con apenas escasísimo retraso, y antes de que pudiésemos darnos cuenta de ello, (y estando siendo aun bamboleados por el sinuoso movimiento de las líneas de fuerza a las que estábamos agarrados), comenzó de pronto un tremendo e inacabable baile de ráfagas de electrones libres que se dispararon en todas las direcciones con tremenda fuerza, y que casi no logramos esquivar. Aquí tuvimos que poner en juego todos nuestros reflejos y agilidad, y nos resultó francamente difícil salir indemnes. (Si no fuera que esto es una fantasía, os puedo asegurar que allí hubiéramos perecido, porque nadie podría, realmente, librarse de aquel tremendo bamboleo y de aquella “lluvia” tan dura de electrones. Pero, claro, nos tuvimos que librar para poder continuar con este “historia”). ¡Buuf!, a la velocidad que marchaban los electrones, y con la cantidad tan gigantesca que estaba en circulación, si nos pescan, nos destrozan por completo. ¡¡Qué barbaridad!! Pero, ¿de dónde han salido tantos y tantos electrones libres, si antes no los veíamos por ninguna parte, y si alguno que otro se miraba, estaba quieto y en reposo “ronroneando” con sus vibraciones naturales, acoplado mansamente de alguna manera, en algún lugar de la red? ¿De dónde, pues, tanta cantidad de electrones libres, de repente?

Debemos explicar que a los electrones, no los veíamos como bolas difusas, (tal como veíamos a los iones plata positivos e iones bromo negativos), sino más bien como sombras “difusísimas” que solamente las podíamos apreciar por el rabillo del ojo, pues directamente no eran detectables, en ningún caso. Cuando les estábamos “viendo”, (por el rabillo del ojo), si intentábamos fijar nuestra vista en ellos directamente, se esfumaban, desaparecían, y tan sólo podíamos sentir los zumbidos de su velocidad. Y nos dimos cuenta de que esto era, ni más ni menos, el cumplimiento del principio de incertidumbre, de Heisenberg, que da por imposible saberlo todo de una vez sobre cualquier partícula subatómica, la que sea, y que solamente se puede saber de ellas, o bien donde están, o bien su velocidad, pero no ambas cosas a la vez…


EL TÉRMINO DE LA EXPOSICIÓN:
OBTURADOR CERRADO. LA OSCURIDAD.
En esto, se “apagó la luz”, Se había cerrado el obturador. Nosotros todavía estábamos algo deslumbrados a pesar de nuestras gafas especiales. El movimiento oscilante de la red iónica se iba calmando, ya que la viscosidad del medio frenaba el bamboleo, y los electrones se iban reduciendo en número, pero todo seguía todavía estremeciéndose y agitándose locamente. Entretanto, y de pronto, y también de manera simultánea a todo lo anterior narrado, (realmente, todo era simultáneo aunque nosotros lo percibíamos con un cierto retraso), comenzamos a ver dentro de la oscuridad, (gracias a nuestra gafas especiales), como una especie de grandes AGUJEROS HUECOS Y DIFUSOS que anteriormente no habíamos visto, se iban trasladando a saltos a través del cristal, en medio de las oscilaciones de la red, (el cristal es enorme a nuestra escala, y no vemos ni donde empieza, ni donde acaba), y moviéndose a otras posiciones de una manera extraña. Parecían, realmente, agujeros moviéndose. Entonces nos dimos cuenta de que eran residuos de átomos de bromo. Eran “agujeros positivos”; eran restos de átomos de bromo a los que alguien, o alguna cosa, les había arrebatado un electrón a cada uno… Entonces comprendimos de donde habían salido todas aquellas enormes cantidades de electrones que casi nos atropellan y nos matan: ¡Se los habían arrancado, al bromo, los fotones que chocaron con ellos! Verdaderamente, los fotones les habían dado una gran paliza a una gran cantidad de iones bromuro, y los habían dejado en vacío; los habían “desnudado” de sus electrones constituyentes… Y mientras los huecos positivos se movían, y algunos se recombinaban con la gelatina de los alrededores, allá muy lejos, muy lejos, los electrones que se habían desprendido circulaban como ráfagas difusas y se desplazaban como locos por la red cristalina buscando donde meterse, pues se les veía tremendamente azorados y nerviosos, como si estuvieran incompletos, moviéndose a una velocidad tremenda, y además como jugando al juego de la silla única, buscando complementarse con lo que fuera. El sonido de toda aquella actividad era sordo, grave, zumbante, muy apagado, y sin embargo resultaba algo especial, aunque no precisamente delicado, pues era como un sonido del caos…


GÉRMENES DE PLATA:
LA EFICIENCIA EN NUCLEACIÓN.
En aquellos sitios, (que eran muy pocos), conocidos químicamente como CENTROS DE SENSIBILIDAD en donde había los GÉRMENES DE PLATA METÁLICA, (o de sulfuro de plata, rodio u oro) los electrones los invadían de manera directa, y seguidamente los iones móviles intersticiales de plata presentes en muchos lugares, se desplazaban rápidamente hacia allí para formar núcleos estables de pocos o muchos átomos de plata metálica, (de cinco hasta unos cien, según cálculos a grosso modo), formándose así en ellos de manera especial los CENTROS DE IMAGEN LATENTE, como fueron llamados por los científicos. Otros muchos electrones caían en las fisuras y en los intersticios de la red del cristal, pero algunos iones de plata móviles, viéndolos en buena disposición, se dirigían a ellos para hacer alianzas y pactos de unión firme, formándose así átomos de plata estables. En muchos casos, cuando se formaban pocos átomos de plata en un lugar, (de dos a cuatro de ellos), tales uniones se rompían y los polos de plata positivos seguían su camino, mientras que los electrones se quedaban; o también sucedía al revés. (O bien todos ellos cambiaban de lugar buscando nuevas posibilidades). Otras veces, a un sólo átomo de plata recién formado que se quería separar de nuevo en electrón e ion plata, le llegaba un segundo electrón de refuerzo, y tras él, casi sin intervalo, otro ion plata móvil, y se formaban dos átomos de plata, y así hasta tres, cuatro o más, quedando también así (si se juntaban, al menos cinco), formado un centro de estabilidad con imagen latente revelable que se sumaba a los demás otros. A este efecto de acreción de electrones e iones plata se le conoce en el argot técnico, como NUCLEACIÓN, o formación de núcleos de imagen latente.


MÁS COSAS QUE ALLÍ PASABAN
Se daba el caso también de que algunos de los electrones libres lograban alojarse de nuevo en sus huecos positivos difusos que habían tenido que abandonar, o en otros vacíos que encontraban a su paso y adquirían entonces el estado anterior formándose átomos de bromo, pero la gran mayoría andaba desperdigado buscando otros lugares, dado que los huecos positivos desaparecían al combinarse con la gelatina o con otros elementos aceptores de las cercanías, y dejaban de estar disponibles, sin más. Sin embargo, casi de manera inmediata, la casi totalidad de los electrones desprendidos habían hecho buena amistad con los iones plata positivos, y se habían combinado con ellos de manera tal que, allí, en ciertos lugares específicos, ya no había iones plata, como antes, ni electrones libres, sino un montón de átomos de plata metálica distribuidos en grupos desde dos, tres y cuatro “individuos, hasta grupos que calculamos de unos cien, todos ellos dispersos a lo largo y a lo ancho de la estructura de la red cristalina, salpicando de un color oscuro propiamente suyo la típica blancura lechosa de los haluros de plata, aquí y allá, aunque de forma muy escasa.. Se habían formado, pues, en el cristal, los llamados CENTROS DE REVELADO con esa alianza ION PLATA POSITIVO-ELECTRÓN, que fue verdaderamente rápida, aunque no lo parezca al narrarlo. Algunos otros electrones, (una buena cantidad de ellos) cayó en las fisuras de las fallas del cristal que les retuvieron firmemente, y allí se quedaron quietos, pero como de mala gana; otros, allí mismo volvieron a aliarse con iones plata móviles en el vaivén de éstos y electrones, y así duró la movida un tiempo, aunque fue infinitesimalmente más corto que el que lleva el narrarlo, pues casi todo sucedió, después de la acción de la luz, a un ritmo muy ligeramente inferior al de la velocidad de ésta. De hecho, en el poco tiempo que duró la acción de la luz y la reacción consiguiente, se movieron cantidades inmensurables de iones, electrones, huecos positivos, y tal vez otras “cosas” que no pudimos apreciar. Todo fue rapidísimo, aunque lo vivimos un poco como a cámara lenta a la escala de pequeñez en que nos habíamos convertido.

Con todo, tenemos que saber que esas motas de plata metálica que se agrupaban en puntos dispersos de la red cristalina, a pesar de su gran cantidad, era, verdaderamente una insignificancia en el complejo “mar” de la red iónica, pues los iones sin afectar, sin que se hubieran transformado visualmente, representaban más del 99,9 % de toda la población existente. Por lo tanto, al principio nos pareció, a nuestros sentidos (debido a nuestro tamaño reducido, allí dentro), que la lluvia de electrones, el movimiento de iones y otras muchas cosas en movimiento que ocurrieron, era que todo lo existente allí dentro se hallaba en danza y se quería transformar en otra cosa, lo que fuere. Pero no, no sucedió eso precisamente, aunque lo parezca por cuanto, al narrar, (y aunque allí todo está en movimiento vibratorio), sólo nos hemos referido a todo aquello que se movió de lugar o se acopló a otras cosas, o andaba errante por la red tridimensional, pero no hicimos mención de todo aquello otro que no pareció inmutarse y siguió siendo, al parecer, como estaba siendo con anterioridad, sin cambios visibles apreciables, y tan sólo vibrando; por lo cual, todo aquello que no sufrió cambio alguno representaba, como antes se dijo, el 99,9 % del total, si no más…

Porque, en la red cristalina, y a esta escala microscópica, en aquella viscosidad, allí todo se mueve en una vibración continua e interminable, aunque nada cambia fácilmente de lugar excepto “cosas” esporádicas. Y de átomos de plata metálica recién formados si, parecía que había muchos, pero realmente resultaban ser muy pocos en comparación con aquella tremenda inmensidad de iones plata positivos e iones bromo negativos “estables” que representan la totalidad de la red cristalina iónica. Además, los átomos de plata recién formados no se hallaban cada uno aislado y solitario, sino que, como ya se ha dicho, estaban formando motitas, haces, o manojos de átomos de plata, cada uno de los cuales formaba grupo con otros manojos “cercanos”, para dar, en unos casos, manojos mayores, y en otros casos, manojos más pequeños, pero situados unos y otros a muy grandes distancias de aún otros manojos de índole parecida que estaban esparcidos aquí y allá por la superficie del cristal, de “nuestro” cristal, aunque suponíamos que en otros cristales de la inmensa red iónica había sucedido lo mismo.

Estos manojos, pues, se hallaban muy distribuidos, y a largas distancias. Muchas veces, de tal manera, y a tales distancias, que unos manojos podían no llegar a “ver” a los otros más lejanos. Por cierto, para llegar de un grupo se motas de plata a otro, a veces teníamos que andar un buen trecho, pero, otras veces se necesitaban días enteros de camino. Y a pié, como íbamos nosotros, incluso podía representar meses, a buena marcha… Y estuvimos pensando y elucubrando que representaban aquellas agrupaciones de átomos metálicos de plata esparcidos aquí y allá a grandes distancias unos de los otros, hasta que caímos en la cuenta, como ya se dijo anteriormente, de que eran antiguos CENTROS DE SENSIBILIDAD que, habiéndose cargado de electrones móviles, por acoplamiento, ahora se habían convertido en motas de plata (muy pequeñas, aun a pesar de nuestro también pequeño tamaño), y se habían establecido de esa manera como CENTROS DE IMAGEN LATENTE, O CENTROS DE REVELADO, pues será precisamente en tales lugares “privilegiados” en donde habrá de empezar el revelado cuando se procese la película, y no en otros.


LA VUELTA DEL SILENCIO:
UN SILENCIO DIFERENTE.
A todo esto, la posición de la cámara fotográfica todavía estaba estabilizada, es decir, no se había movido de su posición horizontal hasta donde había subido en aquella aceleración tremenda de llevarla el fotógrafo desde la altura de la cintura, hasta la del ojo. Y casi de pronto, se hizo el silencio. El mismo silencio arropado por el ronroneo de las vibraciones de todo lo que allí dentro, en el haluro, vivía y respiraba. (Y con lo de vivir y respirar, no hago referencia a nosotros dos, los observadores). Había cesado el ruido del tropel de los fotones; del desalojo de los electrones, fiero y duro; de la marcha de éstos y de los iones a grandes velocidades, etc. y pareció quedar, de repente, todo en silencio. Sin embargo, no era así del todo, pues seguía presente aquel sordo vibrar inicial, el zumbido apagado y grave…Había vuelto, en efecto, aquel “silencio” inicial, anterior a la entrada de la luz. Sin embargo, tras oír atentamente, el ronroneo no era igual que antes; ¡algo había cambiado!: ¿La frecuencia tal vez? ¿Había tal vez un silencio diferente, con otro “tono” armónico de vibraciones atómicas; de iones apaciguados; de electrones “sueltos” y al acecho; de tensiones que buscaban equilibrio; de fisuras que se cerraban; de “cosas” rezagadas que buscaban su acomodo?... ¡No, no era el mismo silencio que antes!: Algo había cambiado, forzosamente, allí dentro, en la intimidad de la viscosa red cristalina tridimensional del haluro de plata. ¿Qué era? ¿…?

Y surgieron algunas preguntas: ¿Será acaso esa otra forma de silencio, ese vibrar diferente, el mecanismo de mantenimiento de la imagen latente? Porque, a estos momentos, luego de la exposición, ya sabíamos que la imagen latente tenía que hallarse completamente formada y disponible, pues es lo que sucede después de la exposición a la luz según todas las teorías. Pero antes de indagar sobre lo que era aquel silencio diferente, aquel ronroneo distinto, aquel susurrar vibrante en otro tono que no era el de antes de la entrada de luz al haluro, quisimos ver si hallábamos por algún lugar el rastro de la imagen latente, para así ver como era, o cómo se archivaba, y que disposiciones tenía… ¡Podía ser muy interesante!


EN FASES DE DOS TIEMPOS:
LA CARGA PREVISORA DEL
OBTURADOR, Y EL DESCANSO DE LA CÁMARA.
Y estábamos todavía meditando sobre todo lo anteriormente sucedido, y también en como buscar la imagen latente, cuando de pronto sentimos como un fuerte tirón gravitacional de nuevo Era una nueva aceleración pero en sentido descendente, y comprendimos que se había acabado la acción de la toma por parte del fotógrafo y que estaba bajando la cámara de nuevo a la altura de la cintura, a donde le llegaba la correa. ¡Pero no!: Se paró antes, en un recorrido corto, y notamos el frenazo brusco de la acción. De repente sentimos una aceleración lateral intensa, brusca, y una corta parada, y seguidamente, otra nueva aceleración lateral igual de brusca, y una nueva parada… ¡y una nueva aceleración descendente! Enseguida comprendimos que el fotógrafo había bajado, en dos tiempos, la cámara: Uno a la altura del pecho, para cargar el obturador, lo que hizo también en dos tiempos de palanca, dejando la cámara dispuesta y a punto para la siguiente toma, y el siguiente descenso para dejar la cámara a la altura de la cintura, donde llegaba la correa. ¡Qué sensación de vértigo, de mareo, de pesadez de cabeza, de estómago, ¡qué sé yo!…¡Que mal cuerpo, en una palabra, producen las aceleraciones bruscas!

Para nosotros, en el tiempo manométrico, desde que llego la luz a la película, se apagó por el cierre del obturador, y hasta que todo el tropel de iones, electrones, y otras “cosas”, volvió al silencio, aun antes de que el fotógrafo moviese la cámara de posición, nos pareció un tiempo bastante largo, y sin embargo, para él resultó cortísimo, pues su acción fue subir la cámara desde la cintura hasta la altura del ojo, disparar y volverla a bajar a nivel del pecho, cargar el obturador, y bajarla de nuevo al nivel de la cintura, sin intervalo mayor de tiempo que el que lleva esta acción de manera natural y rápida. (¡Menos mal que el recorrido no era muy largo, pero a nosotros nos parecía que duraba una eternidad de tiempo, y el mareo y el vértigo no eran cosa agradable de ninguna manera, pero lo resistimos!) . ¡Y hay que ver cuántas cosas sucedieron, sin embargo, en ese tiempo ridículo, y cuan importantes fueron esas mismas cosas sucedidas dentro de la red cristalina, para que pudiera ser dibujada, por la acción de la luz, una imagen perfecta, delicada y con todo un lujo de detalle fino y belleza, y además, a escala exacta del motivo! Por supuesto, muchas cosas, detalles y acciones importantísimas de todo lo que pasó allí, se nos pasaron de largo, y hasta es posible que en la narración anterior de los hechos algunas cosas hayan sido ligeramente al revés, pero no podíamos atender a la vez a todas las cosas que estaban pasando, y cuando nos fijábamos en unas, otras interacciones ya se habían realizado o estaban en pleno cambio, y otras tal vez comenzaron de manera muy simultánea y rápida para poder fijar el orden correcto, pero de lo poco que podemos recordar, es de lo que hacemos mención, aun cuando pudiera ser el orden ligeramente distinto. Ahora, que parecía que estábamos en reposo, decidimos salir a buscar indicios de la imagen latente por todo sitio y lugar a donde pudiéramos desplazarnos


EN BUSCA DE LA IMAGEN LATENTE CODIFICADA.
Y buscamos, pero no fuimos capaces de ver por ninguna parte ni siquiera el más ligero rastro de la imagen latente. Creíamos que tras la entrada de la luz en el haluro, y conforme a todas las teorías, se formaría una imagen latente que ocuparía todo el fotograma, y que, aunque fuera muy tenue y liviana, por muy levísima que fuera y delicada, tendría que estar allí, “escrita”, distribuida como un dibujo de perfectísima factura, por todo el fotograma. Cierto es que, a la escala en que nosotros nos hallábamos nunca podríamos verla entera, sino una pequeñísima porción, muy ampliada, y tal vez difusa, y que no podríamos tampoco saber a qué parte misma de la imagen correspondería, o lo que representaba dentro de ella, pero creíamos que habríamos de hallar alguna cosa de esa estructura, de ese “algo” concreto que sería el dibujo hecho por la luz y que, como todo trazo de algo que escribe o dibuja, nosotros también hallaríamos rastros del “grafito” lumínico que mancharía con un tono o color característico, la superficie lechosa del haluro de plata afectado, dejando rastros inconfundibles en cada cristal.

Sin embargo, ¡¡NADA!! ¡No había nada que fuera distinto a como era antes a lo ancho y a lo largo del espacio de “nuestro” cristal, donde nos hallábamos! Lo único que era diferente, y que apareció donde antes no había nada más que energía e iones, fue la manifestación de las motitas de átomos de plata que se hallaban dispersas y alejadas unas de otras. Sabíamos que estas motitas tenían que formar parte de la imagen latente, por haber aparecido tras la exposición, pero aun acercándonos y buscando en sus mismas cercanías, no hallamos cosa alguna que pudiera insinuar que se había formado tal imagen latente esperada. Nosotros esperábamos encontrar rastros de alguna estructura que nos recordase el trazo de una sección muy aumentada de algo parecido a la escritura de la mina de un lápiz, por poner una analogía con algo conocido, sólo que grabado con plata; algo prácticamente igual a la imagen revelada en extensión superficial, (por lo tanto notándose por todo el cristal y los adyacentes) pero infinitamente más leve, y delicada, casi como una insinuación de un esbozo casi transparente, y, por lo tanto, casi invisible, pero ligerísimamente perceptible a nuestra escala manométrica… Nosotros no esperábamos ver algo realmente tangible, sino tan sólo levísimas insinuaciones de energía en forma de una “mancha” característica especial que abarcara bastante espacio por todos los cristales de la red iónica; mancha casi continua de lado a lado en cada cristal, y pasando sucesivamente por todos los que contiene un fotograma, a la misma manera en que luego se observa la imagen revelada. Pero en nuestro cristal no había nada que delatara la presencia de la imagen latente, y tan sólo las motitas de átomos de plata aisladas dan testimonio del paso de la luz de la exposición por el cristal “nuestro”, y por los demás, “manchando” así, con su color característico, la más clara y turbia coloración de la estructura blanquecina del haluro de plata.


ELUCUBRACIONES SOBRE LA MARCHA..
¿Será acaso que la imagen latente no se codifica superficialmente en toda la extensión del fotograma? ¿Será que tan sólo se codifica en las motitas de átomos de plata aisladas y dispersas como si fueran genes metálicos de plata? ¿Existirán, entonces, los ÁTOMOS-GEN, sobre los que ya hemos especulado más de una vez? ¿Podría ser, acaso, que la imagen latente se codificara mediante interferencias de luz, como la fotografía Lipmann o como la imagen láser, mediante rayos de referencia? ¿Tendrían algo que ver con esa codificación las ondas de recombinación de vientres y senos que vimos al otro lado durante el paso de la luz por las “rendijas” y recovecos del haluro? ¿Podrán ser las motitas de átomos de plata los centros de referencia de codificación, tipo gen, o bien tipo láser? Porque, si los átomos de plata metálica de color más oscuro que el resto del haluro, se forman tras la entrada de luz y se forma una supuesta imagen latente, ¿en dónde está ésta si el resto del haluro no se tiñe con el mismo tono de las motitas de átomos de plata? Y si las motitas son la imagen latente, ¿por qué no se hallan distribuidas por todos los cristales y se ven formando espacios de coloración diferente al haluro y parecido o igual al de las motitas? ¿Por qué cada cristal se ve sin modificar excepto donde están las motitas, y por qué las motitas no son tan abundantes como los trazos de un dibujo, por ejemplo, que representara el mismo motivo fotografiado? Porque, cuando se dibuja, no se hacen grupos de puntos picando con el lápiz aquí y allá, sino que hay que trazar líneas, contornos espacios, perfiles sombras, etc.… Pues bien, ni en el interior ni en la superficie de los cristales de la red iónica del haluro de plata, hay indicios de que pueda existir por ningún lado un trazado a escala dimensional del motivo que se pueda parecer a un esbozo o a un apunte ligerísimo, o a una insinuación fantasmal de algún original fotografiado….¡Nada!: ¡Tan sólo unas motas de átomos de plata pequeñísimas, ¡y se acabó!. Motitas que, además de ser pequeñísimas, se hallan tan lejos las unas de las otras, que, aunque tienen que ser ellas, forzosamente, la imagen latente, allí no hay imagen visible ninguna, en extensión superficial, que ocupe el lugar mismo que ocupaba la imagen proyectada por el objetivo sobre el haluro de plata fotosensible.

Por lo tanto, la imagen fotográfica latente tiene que codificarse tan solo en los grupos de átomos que forman las motitas, como si fueran genes (¿ÁTOMOS-GEN, pues?), y cuando se realiza el revelado se decodifican a partir de la información allí contenida. Pero no existe ninguna imagen latente extendida, ocupando todo el fotograma y ocupando el sitio exacto de su proyección punto por punto, tal como parece sugerir la idea, tras ver que hay una proyección de luz que forma la imagen sobre la superficie del haluro del fotograma. La proyección, en efecto, OCUPÓ TODO EL LUGAR DEL FOTOGRAMA, pero la imagen latente tan sólo se codificó, al parecer, EN AQUELLA INFINITÉSIMA CANTIDAD DE UNOS CUANTOS GRUPITOS DE ÁTOMOS, RESTRINGIDOS Y MUY, MUY ESPACIADOS, ENTRE SÍ, en comparación los millones de millones de iones que forman el enrejado iónico cristalino.


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